DEFENSOR DEL LECTOR
Tribuna
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Menores y desiguales

El periódico tiende a pixelar fotos de niños en situaciones dramáticas solo cuando se hacen en España

Kim Puc, entonces con 9 años, huía desnuda tras sufrir un bombardeo estadounidense con napalm el 8 de junio de 1972.
Kim Puc, entonces con 9 años, huía desnuda tras sufrir un bombardeo estadounidense con napalm el 8 de junio de 1972.

El derecho de los menores al honor y a la imagen quedó blindado hace décadas de forma especial en la legislación española y EL PAÍS lo incluyó en su Libro de estilo para evitar la difusión de fotografías que puedan lesionar ese principio. El periódico, a veces escarmentado por una serie de veredictos judiciales en su contra, procura actuar siempre con prudencia y mesura. Sin embargo, un mensaje de la lectora Ana María Isidoro Sánchez ha puesto de relieve que aplicamos una diferente vara de medir si los menores están en España o si están en el extranjero, una práctica que no tiene ninguna base legal o ética.

La lectora preguntó por qué se habían publicado sin pixelar (manipular para evitar el reconocimiento) las caras de niñas vendidas en Afganistán o a punto de ser vendidas. El impactante reportaje se anunció en la portada impresa del pasado día 5 con la foto de una niña vendida de ocho años en primer plano e identificada con su nombre de pila.

De acuerdo con la ley de Protección del Menor de 1996, que protege ese derecho desde el nacimiento con independencia del consentimiento de los padres en situaciones negativas para los niños, el Libro de estilo señala que no se debe fotografiar a menores que puedan ser identificados “si la escena recogida puede perjudicar a su intimidad o a su propia imagen, ya sea en la actualidad o en un futuro”. ¿No era aplicable la norma a esas niñas afganas, aun a costa de que el impacto buscado fuera menor?

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En esa línea, el redactor jefe de la sección de Fotografía, Moeh Atitar, asegura que, de haber pixelado las fotos, “el valor de la denuncia hubiera perdido peso informativo”. Al respecto, recuerda la icónica imagen no pixelada de la niña vietnamita desnuda y quemada por el napalm en 1972.

Una tesis similar tiene Javier Urra, primer Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, quien argumenta que, aunque se debe preservar la imagen de los menores, “en un caso como ese, tan lejano, ver el rostro de la niña puede servir para que la ciudadanía impulse un movimiento político para que estos hechos no se repitan”. Pese a esto, Urra no niega que exista un riesgo en el futuro para esas niñas por difundir esas imágenes.

Raquel Seco, periodista y editora del área Planeta Futuro, confirma que las imágenes se tomaron con el consentimiento de sus progenitores y asegura que EL PAÍS es “absolutamente respetuoso” con los derechos de los menores. Las fotografías, dice, se publicaron así “para dar visibilidad” a la tragedia y la sección aplicó el “habitual criterio de seguridad” para no poner en riesgo a las menores, motivo por el cual, agrega, se omitieron apellidos y denominación de las aldeas.

Un fotorreportero muy acostumbrado a trabajar con ese tipo de imágenes es Javier Bauluz, primer premio Pullitzer español y premio Gabo el año pasado por los trabajos sobre la crisis migratoria en Canarias que publicó en EL PAÍS junto con la reportera María Martín, también premiada. Cuenta Bauluz que procura hacer fotos que “vayan al corazón y a la cabeza, no al estómago”, porque siempre hay que respetar la dignidad de los menores y calibrar el daño que se pueda causar. Pese a todo, asume que no hay una regla única y que cada caso es diferente, por lo que concluye: “Si nos borraran las imágenes de niños que guardamos en nuestras cabezas y corazones, la humanidad sería mucho más pobre y peor”. Sin duda.

Hasta aquí, todo vale para que el lector tenga elementos para formarse su propio criterio en ese caso concreto. Sin embargo, no hay argumentos para explicar que no pixelemos casi ninguna imagen de niños en situaciones deplorables o dramáticas cuando se toman en el extranjero (ejemplos recientes de los pasados días 5, 8 y 9) y, en cambio, lo hagamos sistemáticamente si las instantáneas se captan en territorio español (9 y 15 de junio).

Algún ejemplo es muy elocuente: no pixelamos rostros de niños que huyen de Ucrania cuando las fotografías están hechas en ese país (27 de marzo o 5 de mayo) y, en cambio, lo hacemos si las capturas se realizan en España (9 de junio).

El redactor jefe Atitar asegura que “una cara pixelada diluye la empatía hacia la víctima”. Cierto, pero a veces lo hacemos. Y no menos cierto es que el periodismo tiene límites legales y éticos aplicables a todos con independencia de su origen o ubicación. ¿Por qué distinguir entre menores españoles y extranjeros, o entre fotos hechas en España y en el exterior? No hay respuesta por ahora, pero el periódico debiera revisar sus hábitos en este terreno.

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Sobre la firma

Carlos Yárnoz

Es Defensor del Lector, llegó a EL PAÍS en 1983 y ha sido jefe de Política, subdirector o corresponsal en Bruselas y París. El periodismo y Europa son sus prioridades. Como es periodista, siempre ha defendido a los lectores. Ahora, oficialmente.

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