editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Turbulencias europeas

La caída de Draghi, la salida de Johnson y las dificultades internas de Macron y Scholz generan inestabilidad en tiempos de grandes desafíos

De izquierda a derecha, Emmanuel Macron, Mario Draghi y Olaf Scholz, en Kiev el pasado mes de junio.
De izquierda a derecha, Emmanuel Macron, Mario Draghi y Olaf Scholz, en Kiev el pasado mes de junio.POOL (REUTERS)

Europa occidental afronta importantes cambios políticos. El colapso del Gobierno de Mario Draghi en Italia y la verosímil perspectiva de que las urnas alumbren en el país transalpino un nuevo Ejecutivo liderado por la ultraderecha constituyen el episodio más extremo de esta inquietante fase, pero no es el único. En el Reino Unido, el Partido Conservador desarrolla un proceso de primarias para elegir al sucesor del defenestrado Boris Johnson que definirá el alma de la formación tras años de entrega a impulsos de corte populista. En Francia, Emmanuel Macron ha empezado un nuevo ciclo político marcado por la pérdida de la mayoría absoluta en el Parlamento. En este caso también se registra un considerable auge del populismo de ultraderecha. Son episodios de distinta naturaleza, pero que muestran la dificultad de gobernar en una época de extraordinarias dificultades y el peligro que el populismo, en sus distintas formas, entraña para las democracias.

Junto a Londres y Roma en situación de interinidad, y París en la compleja búsqueda de mayorías parlamentarias, completa el cuadro de los cuatro principales países de la región la Alemania de Olaf Scholz, quien al frente de una coalición tripartita de Gobierno ha respondido hasta ahora con cierta cohesión a las duras pruebas de la guerra en Ucrania, pero que tiene rasgos heterogéneos que pueden ser un obstáculo para una gestión ágil y eficaz en tiempos como estos. El laboriosamente negociado pacto de Gobierno sellado por las tres fuerzas no sirve prácticamente de nada en las actuales circunstancias y ante cada nuevo paso imprevisto.

El panorama en el seno de la UE también muestra algunas turbulencias. Las discrepancias de varios países del sur —con España a la cabeza— ante los planes de la Comisión para afrontar la crisis del suministro del gas señalan grietas que, si bien no cuestionan el principio de solidaridad, cuando menos evidencian las dificultades en la aplicación de medidas en tiempos de sufrimiento. Las tendencias de los gobiernos a proteger los intereses nacionales y a evitar políticas comunes que erosionen sus bases electorales serán más intensas cuando la crisis se agrave. Y lo que ahora son tensiones contenidas podrían convertirse en auténticos dramas políticos si una ultraderecha que simpatiza con el Kremlin alcanza el poder en Roma.

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Tras una reacción inicial lamentable al empezar la pandemia, la UE ha mantenido una importante cohesión en los últimos dos años. La gestión conjunta de las vacunas y la mancomunación de la deuda para financiar el plan de ayuda han sido pasos decisivos en la buena dirección, y la respuesta a la guerra ha sido hasta ahora unitaria y razonablemente eficaz, con seis rondas de sanciones a Rusia y, estos días, con la creación del programa del BCE para afrontar posibles problemas en las primas de riesgo. Es la hora, más que nunca, de abandonar nacionalismos o partidismos miopes y egoístas. El sentido de la responsabilidad debería estar a la altura del riesgo que afrontamos, que es existencial.

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