Columna
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Golpe de calor

Si los pájaros caen al asfalto como si cayeran a la sartén, los trabajadores invisibles han sido rendidos por esa asfixia sin huella de la alta temperatura

Un trabajador de la construcción trabaja bajo el sol en Ourense.
Un trabajador de la construcción trabaja bajo el sol en Ourense.Brais Lorenzo (EFE)

Hay expresiones afortunadas. La de golpe de calor funciona como metáfora de mil cosas. En la alta cocina, representa esa caricia final antes de servir el plato. El comensal lo encuentra recién templado y listo. Ignora en muchas ocasiones todo el proceso anterior que lo llevó al punto. De la misma manera, en los últimos días, en mitad de este verano espantoso, el golpe de calor ha venido a representar el descabello de los más desfavorecidos. Si los pájaros caen al asfalto como si cayeran a la sartén, los trabajadores invisibles han sido rendidos por ese golpe traidor de la alta temperatura. Repartidores, obreros, barrenderos, jardineros han resultado vencidos por esa asfixia sin huella. Se ha discutido si los trajes de poliéster y el turno en un horario criminal no contribuyen a la tragedia, pero más allá incluso hay que darse cuenta de que caen los más débiles del sistema. La protección, como el sindicalismo, está mal vista en nuestros días, donde todos los triunfos son individuales y todos los premios se recogen al grito de me lo merezco. No hay nadie que repare en los puntos de salida de cada cual ni el proceso inverso a la acogida que la exaltación del negocio está causando entre la población.

El golpe de calor viene a ser el punto final en la cocina de un abandono sistemático de quienes más lo necesitan. Basta un ejemplo, en medio de la negación del peligro climático ha bastado la temperatura alta para desencadenar cientos de incendios en el país en menos de tres semanas. Llegados al punto en que se subvenciona la gasolina para el coche particular mientras se reducen las frecuencias del Metro y se planifican becas para que familias con dinero culminen los estudios de sus hijos en el cole privado, no estaría de más concederle un poco de atención a quienes desde el desamparo se quedan al sol de mediodía sin un lugar donde ponerse a cubierto. No parece ir por ahí tampoco la preocupación ciudadana, que se ha comido el bombón de la competición y anda corriendo por la vida con la estúpida convicción de que hay ganadores y perdedores en lugar de escalas modestas de supervivencia. Podríamos imaginar que la crisis de precios aún fuera peor, como lo es en los países que no tienen un solo pliegue de protección social. Estaríamos entonces a las puertas de un desastre de convivencia. Por suerte, estos golpes de calor nos llegan con algunas prevenciones tomadas, aunque quizá no sean suficientes.

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El Gobierno italiano ha caído como un vencejo insolado. También se suman las revueltas en otros lugares donde las elecciones son un lujo que no pueden permitirse. En Sri Lanka los guardias han tenido que desalojar al pueblo que okupaba la residencia presidencial. La llamada al voto es una válvula para aligerar la presión. El pecado original de Mario Draghi era que nadie lo había elegido en las urnas y por lo tanto el apoyo oportuno que lo encumbró lo dejaría caer cuando llegara la ocasión oportunista. Todo indica que entre brumas de una economía de guerra los gobiernos pueden ser la pieza que salte al fundirse los plomos. Mientras tanto en la calle, lejos de la playa y el ocio, hincan rodilla los más desafortunados. A un plato precocinado donde caben el abandono de los ancianos, el rechazo de los desfavorecidos y la precariedad laboral de las subcontratas, cuando le aplicas un golpe de calor final, precipitas una conclusión letal de necesidad.

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