Tribuna
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Entre animales anda el juego

Estoy segura de que quien ha redactado el proyecto de ley de bienestar animal es urbanita, aunque puede que tenga mascota. Por eso está redactado desde una óptica desconocedora de la vida de las demás especies

Una mujer acaricia a un perro, en una imagen de la asociación Terapican.
Una mujer acaricia a un perro, en una imagen de la asociación Terapican.

Os confieso que me he enterado hace unos días de que estaba en marcha un proyecto de ley de protección y bienestar animal. Y eso que esta nueva ley colea, y con bastantes críticas, desde marzo. He leído que hasta hubo en la capital por esas fechas una manifestación convocada por el mundo rural y que también andaban en contra desde el ámbito científico.

También estos días me he enterado de que hay una Dirección General de Derechos de los Animales que depende del Ministerio de Derechos sociales y Agenda 2030, y que tiene seis millones de euros de presupuesto que maneja su director, Sergio García Torres.

Y a toda esta información he llegado tras un tuit del propio Torres, que presentaba el proyecto de ley con un vídeo —está muy extendido ahora esto de los vídeos, cualquier cosa mejor que leer—.

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Parece, según dice el texto del proyecto, que “en nuestro país se hace cada día más evidente la creciente sensibilización de la ciudadanía ante la necesidad de garantizar la protección de los animales en general, y particularmente de los animales que viven en el entorno humano, en tanto que seres dotados de sensibilidad cuyos derechos deben protegerse”.

Aclaremos que entorno humano es, sin duda, sinónimo de urbanita y que piensa el redactor de la ley sobre todo en perros y gatos, porque liebres, perdices, codornices, patos, tordos, tórtolas… y mil más quedan fuera.

Vayamos por partes.

En primer lugar, y como viene siendo habitual, la mayoría de los puntos de la ley legislan lo que ya estaba legislado, con algunos incrementos en las multas y poco más. Y lo que no estaba legislado, en cuanto se ha hecho público, se ha visto regado de críticas de especialistas que aseguran que la ley no solo es perjudicial para el mundo rural, sino que también afecta, para mal, a la biodiversidad.

Sigamos.

Uno de los artículos que más sorprende, el 30, establece multas para los mendigos que pidan con animales. Hasta 10.000 euros les pueden caer. En realidad, tampoco hace falta que el mendigo pida acompañado de su perro para ser multado; bastará con que no haya hecho el curso que se exigirá para poder tener mascota. Curioso que el sistema legal que niega derecho a la vivienda a un humano se acuerde de él para multarle en nombre de los derechos de un animal.

También presumía Torres de que iba a haber “protección de las colonias felinas”. “Sabemos”, añadía, “que son un hábitat particularmente sensible y por ello van a recibir un trato especial”. No han tardado en llegar las quejas de quienes recuerdan que el gato doméstico, cuando se desenvuelve en grupos callejeros, es una especie invasora que está acabando con especies endémicas.

También han puesto el grito en el cielo madres y padres tras leer que se elimina la categoría de perros potencialmente peligrosos y, con ello, la obligación de que determinadas razas lleven bozal. Ojalá no tengamos que lamentar consecuencias.

Otra de las novedades de la ley es la prohibición de cría entre particulares, lo que, claro, obliga a la esterilización de animales domésticos. Y a mí, leyendo esto, solo se me ocurre pensar qué van a hacer los dueños de peces, galápagos o canarios, por poner tres ejemplos.

El caso es que ni al PACMA le ha gustado: “El anteproyecto aprobado por el Consejo de Ministros va a suponer un retroceso de décadas en la protección animal en nuestro país. Esto se debe a que las leyes autonómicas que, en la actualidad, sí protegen a todos los animales, empezarán a sufrir modificaciones para adaptarse a la ley que propone el Gobierno, que solo protege a los animales considerados de compañía y a los silvestres en cautividad, dejando fuera expresamente a los animales utilizados en experimentación, a la fauna silvestre y a los considerados de producción”.

Al señalarle a Torres en una entrevista las críticas desde algunos sectores, este zanjaba la cuestión respondiendo que desde la “dirección general, y desde el ministerio, tenemos que velar por el bienestar de los animales”. Esa afirmación supone que su departamento y su ley tiene como objeto de derecho no a las personas, sino a los animales. Independiente de que discrepemos o no con esa afirmación, lo curioso es que se proclame él (humano) como el portavoz y representante legítimo de los derechos animales, y que otro humano no pueda criticar la ley. Lo bueno de declararte portavoz de los derechos de las mascotas es que ninguna va a levantar la mano para llevarte la contraria.

Visto lo visto, os confieso que acabado de leer el proyecto de ley, estoy segura de que quien lo ha redactado es, como yo, urbanita, aunque puede que tenga mascota, perro o gato. Por eso está redactado desde una óptica desconocedora de la vida de los demás animales, sobre todo en las zonas rurales. Así que tal vez es mejor evitar la “diarrea legislativa”, de la que presumía Ángela Rodríguez, Pam, porque no por mucho legislar amanece más temprano.

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