Columna
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La primera dama y el diablo

Michelle Bolsonaro presenta a Lula como un demonio y de esa forma exige adhesión a la política a través de la fe

Michelle Bolsonaro, el 24 de julio en un mitin en Río de Janeiro.
Michelle Bolsonaro, el 24 de julio en un mitin en Río de Janeiro.RICARDO MORAES (REUTERS)

Michelle Bolsonaro, la actual primera dama de Brasil, ha entrado en la campaña dispuesta a convertir al expresidente Luiz Inácio Lula da Silva en el demonio encarnado. Como Lula lidera los sondeos, Michelle ha anunciado una guerra religiosa. Arrodillada junto al presidente en un mediático culto evangélico, inauguró la temporada de bajezas afirmando que el palacio presidencial, antes de que su marido fuera investido, estaba “consagrado a los demonios”. Dos días después, compartió la publicación de un vídeo de Lula en un ritual de umbanda en el que las religiones de matriz africana se asociaban a “las tinieblas”. Michelle añadió: “Esto está permitido, ¿no? Pero que yo hable de Dios, no”. Un pastor y político aliado, Marco Feliciano, diseminó la mentira de que, si sale elegido, “Lula cerrará iglesias”. La campaña solo ha empezado oficialmente el martes, pero hasta los más laicos creen que será el propio infierno ahora que la primera dama ha decidido transformarla en una batalla del Antiguo Testamento.

Tercera mujer de Jair Bolsonaro, Michelle es evangélica, vinculada a las vertientes pentecostales y neopentecostales, las que más crecen en Brasil y han cambiado la fisonomía del país. Él, en cambio, se declara católico, aunque haya sido literalmente bautizado en el río Jordán. Lo bautizó el pastor Everaldo, un político que más tarde sería detenido por corrupción relacionada con el desvío de fondos de Sanidad durante la pandemia de covid-19, una de esas secuencias que hace que la realidad brasileña sea más fantástica que cualquier ficción. Así, uno católico y la otra evangélica, el matrimonio Bolsonaro enciende una vela a las dos grandes vertientes religiosas de Brasil: la primera en declive, la segunda en ascensión y con cada vez más influencia en los centros de poder político.

La incorporación de Michelle a la primera línea de la campaña está muy calculada: busca el voto de las mujeres y de los evangélicos. Las mujeres son las que más rechazan a Bolsonaro, y los evangélicos son una parte crucial de su base de apoyo. Al iniciar una batalla religiosa, Michelle obliga a Lula a posicionarse. Defensor del Estado laico, como determina la Constitución brasileña, Lula se mueve mejor por los círculos católicos que por los evangélicos —las comunidades eclesiales de base fueron importantes para la formación del Partido de los Trabajadores— y tiene buena relación con las religiones de matriz africana.

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Al poner a la primera dama en el campo de batalla, el bolsonarismo muestra que comprende bien Brasil. Con el crecimiento de las iglesias evangélicas fundamentalistas y su narrativa del mundo a partir de una lectura literal —y brutal— de la Biblia, por lo menos dos generaciones de brasileños han sido formadas para entender el mundo como una disputa entre el bien y el mal. En este caso, la verdad no está conectada a los hechos, sino a si el que habla es considerado parte del bien o del mal. Al presentar a Lula como un demonio, Michelle Bolsonaro exige adhesión a la política a través de la fe: la creencia se anticipa a los hechos, por lo que estos ya no importan. Michelle pide a los brasileños que empiecen a leer la realidad de la misma manera que leen la Biblia. Es mucho más grave de lo que parece: la religiosización de la política es el fin de la política y la muerte de la democracia. Este es el proyecto de Bolsonaro.

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