Tribuna
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Rosario de Velasco, estrella fugaz del arte español

Tras “una entrada de caballo siciliano” en el mundo artístico anterior a la Guerra Civil, después del conflicto se replegó a una creación más doméstica. Merece a todas luces ser redescubierta

'Adán y Eva', de Rosario de Velasco, expuesto en mayo de 2004 en Barcelona.
'Adán y Eva', de Rosario de Velasco, expuesto en mayo de 2004 en Barcelona.Joan Sánchez

¿Por qué ha sido olvidada Rosario de Velasco? También Ángeles Santos lo fue, hasta la tesis doctoral de Rosa Agenjo en 1986, el libro de Vinyet Panyella en 1992 y la adquisición del cuadro Un mundo por parte del Museo Reina Sofía en 1992. Sin embargo, Rosario de Velasco (1904-1991) había hecho “una entrada de caballo siciliano” en el arte español de la preguerra al decir de un crítico, y no le faltaba razón.

Nacida en Madrid, era hija de Antonio de Velasco, oficial de caballería y de Rosario de Belausteguigoitia. Se formó artísticamente con Fernando Álvarez de Sotomayor, pintor académico y director del Museo del Prado y a los 20 años ya concurrió a la Exposición Nacional de Bellas Artes (1932), un certamen donde la reciente II República quería modernizar el panorama artístico español. Allí obtuvo la segunda Medalla de Pintura por su óleo Adán y Eva. En esta magnífica obra, hoy en el Reina Sofía madrileño, vemos a un hombre y a una mujer jóvenes, descansando en la hierba en un día de verano; poseen una perfección intemporal, basada en el clasicismo y su factura corre paralela a la llamada Nueva Objetividad alemana, cuyos homónimos son el Novecento italiano o el Noucentisme catalán. Como en ellos, hay una voluntad de renovar la tradición, no copiarla, y crear arquetipos como la familia, la maternidad, las profesiones liberales o los oficios manuales, con una expresión muy contenida y un dibujo de límpida claridad. Las plantas y flores sobre las que se apoyan estosríomodernos Adán y Eva se inspiran, por su detallismo, en los primitivos italianos. Otra obra típica de este estilo es Las lavanderas (1934), con sus vestidos sencillos y sus rostros jóvenes y tersos, que bañan los pies en un río transparente como el cristal. También La matanza de los inocentes —durante años atribuida a Ricardo Verde Rubio— pertenece a este momento, donde la expresión de los rostros aparece muy contenida con relación a la brutalidad de la escena en la que se inspira y sus antecedentes pictóricos.

Rosario de Velasco fue muy alabada por la crítica de preguerra y participó en exposiciones internacionales tan importantes como la del Museo Carnegie de Pittsburg (EE UU) en 1933 y la dedicada al arte español contemporáneo del Jeu de Paume parisiense (1936). Sus dibujos aparecieron en publicaciones de corte político tan opuesto como los Cuentos para soñar, de María Teresa León (1928), la esposa del comunista Rafael Alberti, como en la revista falangista Vértice (1937-1946).

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En 1936, se desplazó a Barcelona para retratar a la familia del editor Gustavo Gili en Llavaneras, y allí conoció al que sería su marido, Xavier Farrerons Co, reputado médico alergólogo. Fue él quien le salvaría la vida durante la Guerra Civil, ya que Rosario en su juventud se había sentido próxima a las ideas de la Falange y fue denunciada, estando a punto de ser fusilada. Entonces, el matrimonio Farrerons , acompañado de los Gili, huyó a pie a la zona nacional y regresó a Barcelona al finalizar la contienda.

De Velasco se rodeó en la Ciudad Condal de un restringido círculo de amigos pintores e intelectuales: Eugeni d’Ors (el impulsor del Noucentisme, que siempre la apoyó), Dionisio Ridruejo, el pintor Pere Pruna, las escritoras Carmen Conde y Elisabeth Mulder, el matrimonio Gili, el crítico de arte Cesáreo Rodríguez Aguilera y su esposa Mercedes de Prat, Antonio Tovar, Rafael Zabaleta.

Eugeni d´Ors la había calificado de “Pola Negri de la pintura”, y en la primera posguerra, cuando expuso en las Galerías Augusta o en la Sala Pictoria, ambas de Barcelona, nos es descrita como “espíritu señorial y refinado” y como “altiva y sonriente”. Su amiga Mercedes de Prat la calificó de “viva y chispeante”, “sutil y algo caótica”. Su hija María del Mar y su nieta Belén me la definieron como muy independiente, educada y deportista (jugaba al golf y era amiga de la gran tenista Lilí Álvarez) y, sobre todo, muy poco interesada por el éxito.

Su producción de posguerra fue vastísima y hacia los años cincuenta dio un giro estilístico. Junto a numerosos retratos de factura bastante tradicional su realismo se volvió más sintético. En una época que podríamos denominar “pompeyana”, los colores de sus bodegones y paisajes se hicieron terrosos y dio mucha importancia a la textura, preparando mucho los fondos.

Expuso en el salón de los Once (1944) y en excelentes galerías como Argos, Gaspar, Biosca, Syra y Parés, aunque a veces con 15 años de intervalo entre una y otra exposición.

Su arte de posguerra tiene concomitancias sociológicas con el de Ángeles Santos: ambas pintaron floreros, retratos y paisajes, géneros tradicionales, ambas se replegaron en un arte más doméstico y más “femenino”, al decir de algunos críticos. Las contingencias de la vida familiar y el arte favorecido por la dictadura de Franco hicieron el resto. En todo caso, Rosario de Velasco fue una estrella fugaz en el arte español de los años treinta y se merece a todas luces ser redescubierta.

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