NUEVA CONSTITUCIÓN CHILE
Tribuna
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Volver a empezar

¿Por qué un proceso que se inició con un 78% de aprobación a la idea de una nueva Constitución, hoy no pasa del 50%?

Un hombre deposita su voto en una urna en un colegio electoral en Santiago, durante el plebiscito sobre la nueva Constitución, el 4 de septiembre de 2022.
Un hombre deposita su voto en una urna en un colegio electoral en Santiago, durante el plebiscito sobre la nueva Constitución, el 4 de septiembre de 2022.JAVIER TORRES (AFP)

El resultado del plebiscito del domingo marcará un punto de inflexión en la sociedad y política chilena. Es, sin dudas, el acto electoral más gravitante desde el plebiscito de 1988, que puso fin a la dictadura militar. En un padrón electoral de más de 15 millones de electores, se espera que la participación sea muy alta, por la obligatoriedad de votar en esta ocasión, pero sobre todo por el gran interés y profundidad de lo que está en juego. En la última presidencial, votaron más de 8.3 millones, y según la información entregada por el Servicio Electoral, a cinco días de la elección, más de 14 millones de personas habían consultado su lugar de votación, una cifra inédita.

Y si el porcentaje de participación es muy importante, lo es más aún su resultado y los efectos que éste traiga. ¿Qué escenarios se vislumbran en cada caso?

Las encuestas de opinión —hasta antes de que se entrara en la veda informativa de dos semanas— daban por ganadora a la alternativa rechazo por márgenes superiores a los 10 puntos. Sin embargo, las últimas mediciones —que circulan por redes sociales y mensajes privados— muestran que esa brecha se habría acortado, pero aún favoreciendo al rechazo.

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La primera cuestión que salta a la vista es: ¿por qué un proceso que se inició con un 78% de aprobación a la idea de una nueva Constitución, hoy no pasa del 50%? Evidentemente hay múltiples factores, pero existe consenso transversal en que la radicalización de convencionales, la cancelación hacia sectores de centro y derecha, el afán refundacional y maximalista, hicieron que el votante moderado, que no se identifica con partidos políticos, se sintiera profundamente desilusionado y defraudado por cómo se dio el proceso y su resultado.

Tanto es así, que el propio Gobierno instó a su coalición a llegar a un acuerdo de modificaciones al texto constitucional que debían de hacerse antes de que ésta entrara en vigencia, como el aseguramiento de una provisión mixta en salud y educación, establecer la heredabilidad de fondos de pensiones, restringir el ámbito de la consulta y consentimiento indígena, que el nuevo Consejo de Justicia fuese integrado en su mayoría por jueces, la eliminación de la reelección inmediata, la restitución del Estado de Emergencia ante graves alteraciones de orden público, que hoy el gobierno ha usado varias veces en la Araucanía, entre otras cosas más.

¿Qué pasa si gana el Rechazo?

Una de las características de esta opción es su transversalidad política. Incluye a todos los partidos de las derechas, pero también a importantes sectores de centroizquierda. De hecho, casi la mitad de los exministros que tuvieron los gobiernos de centroizquierda desde el retorno a la democracia, votan rechazo. De los expresidentes, la única que se ha manifestado por el Apruebo es Michelle Bachelet.

Esta “coalición accidental” ha comprometido, en su inmensa mayoría, la necesidad de continuar con el proceso constituyente, para hacer una “nueva y buena constitución” como reza parte de sus frases de campaña, y ha insistido en la necesidad de generar un amplio acuerdo político —como el que se sucedió el 15 de noviembre del 2019 (15N), un mes después de iniciado el “estallido social”— y trazar el nuevo camino. Es volver a empezar, pero no de cero, y en un plazo más breve.

El Gobierno, por su parte, deberá reconocer su derrota electoral y cultural. En lo primero, puesto que fue el propio presidente quien debió liderar parte de la campaña del Apruebo, y fue uno de sus principales ministros quien sostenía que el resultado del plebiscito estaba íntimamente ligado a la realización de su programa de gobierno. En lo cultural, la autocrítica deberá ser más profunda. Puesto que habrá quedado derrotado ese espíritu que interpretó que la crisis del 2019 era más cercana a una revolución que debía refundarlo todo y buscar el reconocimiento de las diversas identidades radicalizadas, que a la demostración de un gran malestar producto de las promesas incumplidas de la modernización capitalista y las desigualdades.

A la vez, deberá contener a los grupos más de izquierda de su coalición, como el Partido Comunista y parte del Frente Amplio, que se negaron a firmar y aprobar el acuerdo del 15N y probablemente querrán interpretar el descontento radical.

Finalmente, tendrá la oportunidad de ser parte de un nuevo gran acuerdo para ese “volver a empezar”, volcándose más hacia el socialismo democrático y la experiencia de la antigua Concertación, consensuando también con la mayoría de las derechas.

En suma, sería una gran derrota, pero no el final. El presidente Boric ya ha mostrado en otras ocasiones la habilidad para empujar acuerdos, aún con alto costo en su propio sector.

¿Y si gana el Apruebo?

Indudablemente sería muy fortalecido el presidente Boric y su coalición del Frente Amplio y el Partido Comunista. Esto le daría el liderazgo necesario para contener los deseos impetuosos de aplicar las nuevas normas sin modificarlas, y cumplir el compromiso de los partidos del Apruebo, llegando a acuerdos con las derechas y el centro en el Congreso.

La propuesta de nueva Constitución incorpora un largo itinerario de reformas, transiciones y modificaciones, que harían que el Gobierno deba estar abocado al trabajo en el Congreso y su coalición. Probablemente ocurra que las derechas más radicales endurezcan su acción y que algo similar ocurra con las izquierdas.

El triunfo de la elección deberá transformarse en un éxito en las negociaciones y en que las normas de la Constitución las puedan sentir propias ambas mitades del país que quedarán divididas después del plebiscito.

La democracia liberal está pasando por crisis en todo el mundo, la política de las identidades, la pérdida de referentes y su consecuente anomia, así como el retiro de las ideologías omnicomprensivas del bien —reemplazadas por un verdadero mosaico de causas o un “modelo para armar” individual— hacen que la incertidumbre sea la tónica.

Pero con más y mejor democracia, gane el apruebo o rechazo, siempre se puede volver a empezar.

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