editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Sin visados para rusos

La restricción acordada por la UE castiga a la ciudadanía sin dañar de forma relevante a Putin

Una joven rusa tramitaba en 2019 la expedición de un visado en la Embajada del Reino Unido en Moscú.
Una joven rusa tramitaba en 2019 la expedición de un visado en la Embajada del Reino Unido en Moscú.

Entre las medidas de presión contra Putin activadas por la UE en los últimos días figura la suspensión total del tratado que firmaron Bruselas y Moscú en 2007 para facilitar el acceso de los ciudadanos rusos a la zona Schengen. La decisión adoptada en la República Checa por los ministros de Exteriores de la UE deberá ser ahora aplicada por las embajadas de los países miembros en Bruselas. La consecuencia inmediata será la demora del proceso de concesión de los visados y su encarecimiento (de los 35 euros actuales a 80). El equilibrio para mantener la unidad de la UE esta vez se ha vencido del lado de quienes más razones tienen para temer llegadas de visitantes que puedan ser espías o trabajar para los intereses rusos. La efectividad de la medida para los Estados fronterizos es difícil de cuantificar pero permitirá regular un flujo de ciudadanos procedentes de Rusia que ha sido creciente en los últimos meses.

La propuesta conlleva también consecuencias adversas para las esperanzas de muchos otros rusos que pueden sentirse abandonados por la UE. La suspensión del tratado de 2007 deja abierta la puerta a que cada país pueda imponer sus propias restricciones y condiciones de ingreso a los solicitantes. Menos convincente es que la UE se haya visto arrastrada a adoptar una misma medida para países menos expuestos a un riesgo de seguridad, como sí lo están Finlandia o los países bálticos. Establecer la tipología específica de aquellos solicitantes de visado sobre quienes debe extremarse el control (funcionarios, militares, miembros de partidos políticos que apoyan la guerra) ayudaría a evitar el efecto de un castigo indiscriminado a la población rusa. La potencial capacidad de generar una presión interna contra Putin parece lejana ante un régimen de terror autocrático, donde la libertad de prensa no existe y la expresión de cualquier forma de disidencia se paga con la cárcel (incluido llamar guerra a la guerra que Rusia ha iniciado contra Ucrania). El enclaustramiento de la población en sus fronteras puede convertirla en doble víctima sin que se alcance el presunto objetivo de reforzar la presión a Putin.

El gélido perfil del Kremlin ante la muerte de Gorbachov y la ausencia de Putin del funeral emiten un mensaje de largo alcance: está muy lejos la Rusia de hoy de la voluntad de reimplicación y mestizaje entre Rusia y el resto de Europa que promovió Gorbachov hace 30 años. Hoy, Putin lleva la dirección contraria. La suspensión del tratado de 2007 podría converger involuntariamente en la lógica del aislacionismo que ha alimentado Putin y redundar en una frustrante barrera insalvable para quienes se sienten en casa en la UE. Quizá no sea la opción “más miserable” que quepa imaginar, como ha defendido el periodista Aleksandr Podrabínek, pero deja en la orfandad a los sectores más prooccidentales de un país que un día u otro restituirá sus vínculos con el resto de Europa.

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