Columna
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Un robo y una realidad

El lujo de ser uno de los países más seguros del mundo puede desbaratarse si infravaloramos la extensión de las redes mafiosas y si no contenemos la desigualdad

El domicilio del delantero del FC Barcelona Pierre-Emerick Aubameyang en Castelldefels (Barcelona).
El domicilio del delantero del FC Barcelona Pierre-Emerick Aubameyang en Castelldefels (Barcelona).Alejandro García (EFE)

Ignoro si a estas alturas el president de la Generalitat o el ministro del Interior se han puesto en contacto con la familia del futbolista Aubameyang después de que haya sufrido dos robos consecutivos en su domicilio de Castelldefels. En el segundo, además, fueron retenidos y golpeados cobardemente en presencia de familiares, empleados y dos hijos aún niños. Es evidente que la imagen de nuestro país que se lleva este futbolista de Gabón con nacionalidad francesa y española no va a responder al ideal de convivencia grata que perseguimos. Al parecer, en los días anteriores, alguien había pinchado las cuatro ruedas de su coche deportivo en el aparcamiento del aeropuerto. Ni avisos anteriores, ni los hiperpublicitados sistemas de alarma y salvaguarda, sirvieron para evitar esta desoladora noticia. Es curioso, en nuestro país los tiroteos entre bandas y los ajustes de cuentas pasan sin relevancia. Como si el hecho de que estén instalados entre nosotros delincuentes internacionales sea, más que un peligro latente, una muestra de que en España se vive fenomenal. Los tentáculos del dinero sucio por las redes de prostitución y hostelería dicen sumar al PIB. El lujo de ser uno de los países más seguros del mundo puede desbaratarse si infravaloramos la extensión de las redes mafiosas y si no contenemos la desigualdad.

En este caso, como en otros, se entrecruzan algunos detalles macabros. La exhibición de riqueza que fomentan las redes sociales convierten a las personas en un escaparate humano de tienda de lujo listo para el alunizaje. Los españoles, además, por su larga tradición judeocristiana, reñían con el presumir de poderío y ahora viven un conflicto íntimo desgarrador. Porque, seamos sinceros, los coches de alta gama desataban sospecha más que envidia, quizá hasta hoy. La cultura del forrarse en oro y alhajas ha sido más bien característica del recién enriquecido o del delincuente con descaro. Aunque es muy posible que la narcocosmética haya venido a cambiar esto para siempre gracias al brazo armado del reguetón y la serie. Nunca antes el dinero se sacó tanto a pasear para regocijo general, un poco como los artistas aspirantes al éxito lucen en sus videoclips los placeres de no ser como los demás. Placeres consistentes en el yate, las parejas sumisas y el fajo de billetes en la mano, que son aderezos que uno apenas ve entre oficinistas. Muchos asaltantes ya utilizan desde hace años el algoritmo y su inteligencia nada artificial les lleva a elegir como víctimas a aquellos que les garantizan un joyero pleno, relojes caros y una caja fuerte rebosante de dinero en metálico.

Es importante que los Mossos d’Esquadra den caza a esta banda, pues el revuelo mediático tras el asalto a un hogar requiere resultados positivos para calmar a la gente. Si no, seguirán siendo presa de la misma estrategia de venta que les convence de que viven entre peligros inminentes aunque no sea cierto. La estadística nos señala como un país tranquilo, pero es precisamente en lugares así donde un robo con violencia es noticia de portada y no pan nuestro de cada día. Las vallas fronterizas actúan de cerco de seguridad subliminal, pero la amenaza verdadera no entra por ahí sino por la autopista subterránea abierta a la delincuencia. Conviene tenerlo en cuenta cuando vendemos la nacionalidad al rico. El dinero es la gracia, pero también la desgracia

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