Columna
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La reina vista desde España

En el Reino Unido la autoridad judicial no está cuestionada, como sucede en nuestro país, porque sus representantes han sabido entender, y en esto la monarquía ha resultado capital, su lugar decisivo

Libro de condolencias e imagen de la reina Isabel II, en la Embajada del Reino Unido en Madrid.
Libro de condolencias e imagen de la reina Isabel II, en la Embajada del Reino Unido en Madrid.Eduardo Parra (Europa Press)

Más allá de la cobertura mediática desmesurada, que incluye esa cosa tan rara de que Madrid le consagre a la Reina de Inglaterra casi los mismos días de luto oficial que Gibraltar, la pregunta que queda en el aire es si la biografía de Isabel II dice algo concreto a los españoles. Convertirse en un personaje de ficción gracias a la serialización de sus experiencias más traumáticas es algo que la ayudó a infiltrarse en la emoción colectiva. Sucedió al contrario con el rey Juan Carlos, que se cargó su ficción al imponer un personaje demasiado real para ser soportable, en lugar de haber dejado volar a la prensa libre y la ficción crítica, que con el paso del tiempo son siempre beneficios más que perjuicios para las instituciones. Pero la clave española tiene que ver con el papel que jugó políticamente, a lo largo de siete décadas, la monarca británica. Y ahí todo el mundo reconoce el mérito de domesticar sus vísceras y acomodarse con generosidad a lo que le venía dado desde el poder emanado de las urnas. Por ello, su papel de jefa de Estado neutral le permitió alcanzar la ancianidad sin estridencias. Los ciudadanos entendieron, como escribió Martin Amis recientemente al reseñar tres biografías sobre la reina, que la monarquía era una fuga de la realidad, pero quizá la menos dañina que se podía practicar en nuestros días.

La monarquía se identifica con la Union Jack, que ondea en los mástiles de los buques de guerra, y es combinación de las cruces de los santos patronos de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Por eso la institución prefiere instalarse por encima del conflicto partidista, del personalismo de sus primeros ministros y hasta de las ambiciones separatistas de cada nación. Sabe que bajar a la arena es perder el sitio. A los españoles esa rabiosa ausencia de partidismo les parece un fabuloso beneficio para los británicos. Y aunque tengamos una monarquía que aspira a idéntica posición no siempre se ha conseguido. Porque en el universo británico no está sola y otras instituciones funcionan con ese mismo compás de elevación y neutralidad bastante bien afinado. La BBC o el Servicio Nacional de Salud fueron capaces de domar el delirio populista que llevó al fracasado Boris Johnson a triunfar momentáneamente en las urnas cargando contra ambas. Hay que nombrar también la representación parlamentaria, que es una conflictiva muestra de salud democrática, muy distinta a nuestra lista cerrada bajo un liderazgo caudillista en cada partido. Y, por supuesto, los jueces superiores.

En el Reino Unido la autoridad judicial no está cuestionada, como sucede en España, porque sus representantes han sabido entender, y en esto la monarquía ha resultado capital, su lugar decisivo. Mientras asistimos al funeral de la reina británica, el mecanismo judicial español perece por descrédito al permitir que un partido interrumpiera durante una legislatura completa el relevo natural en los organismos superiores. Un desastre de proporciones gigantescas que se ha llevado por delante la credibilidad de uno de los órganos de control político. Jamás el Reino Unido se hubiera permitido ese bloqueo demencial, entre otras cosas porque la reina estimuló con su ejemplo a quienes asumían altas responsabilidades institucionales a aceptar los vaivenes electorales, tener sentido de Estado y a entender que el servicio al país incluye algunas renuncias.

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