EDITORIAL
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

El PRI se deshace

Las acusaciones de corrupción contra el presidente del partido, Alejandro Moreno, abocan a la formación a la peor crisis de su historia

El presidente del PRI, Alejandro Moreno, el 28 de junio en una conferencia de prensa en la sede del partido en Ciudad de México.
El presidente del PRI, Alejandro Moreno, el 28 de junio en una conferencia de prensa en la sede del partido en Ciudad de México.Moisés Pablo (Cuartoscuro)

La descomposición del Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha empezado a la vista de todos sin que nadie sepa a ciencia cierta dónde estará su final. Gobernó México durante más de 70 años consecutivos, hasta que perdió su poder con la llegada del siglo XXI. Desde el mandato de Enrique Peña Nieto, entre 2012 y 2018, el PRI no ha dejado de vaciarse en las urnas. La transfusión de militantes y cargos públicos hacia las filas del actual Gobierno está desangrando al partido. Los que no se integran en Morena, la formación del presidente Andrés Manuel López Obrador, se refugian en una alianza opositora que no logra sacar cabeza. La difusa ideología del PRI propicia esta doble diáspora que manda a unos a la izquierda y a otros al lado del conservador Partido de Acción Nacional, su eterno rival y ahora aliado. Esa división interna es la puntilla para el gran paquebote que nació de la revolución mexicana y ejerció un poder hegemónico durante décadas, gracias a su férreo sistema de sucesión presidencial.

Hasta hace una década, el partido mantenía firme su poder territorial, con una veintena de los 32 Estados mexicanos bajo su bandera. Las redes caciquiles atrapaban entonces el voto de dos tercios de la población. Pero el poder territorial se ha ido apagando elección a elección. Hoy, solo conserva Coahuila y el Estado de México, la joya de la corona, emblema y cantera de presidentes.

Las últimas semanas no han dado tregua al partido. Acorralado por la justicia debido a un presunto enriquecimiento ilícito, el presidente del PRI, Alejandro Moreno, ha metido la cabeza en las fauces del león. Los suyos y los adversarios dan por buena la tesis de que ha negociado un arreglo con el partido del Gobierno para no quedar en manos de los tribunales. A cambio, ya ha tenido gestos a favor de las políticas que defiende el presidente, lo que ha profundizado aún más la brecha que divide al partido y le ha granjeado amenazas de ruptura en la alianza opositora con la que pretenden concurrir a las elecciones.

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Nadie puede saber con certeza qué pasará con el PRI, pero un cambio en la presidencia no será suficiente para alzarse de nuevo como un partido de gobierno. En las últimas elecciones presidenciales fue la tercera fuerza política y el enorme arrastre de votos que todavía gestiona Morena mantiene a la oposición con la cabeza debajo del agua. La corrupción que lastra al PRI en nada ayuda. No son pocos los cargos del último Ejecutivo de Peña Nieto que están presos, procesados o huidos de la justicia. El PRI pasó de ser el partido que nacionalizó el petróleo con Lázaro Cárdenas a constituirse en el imaginario colectivo de los mexicanos como el que arruinaba al país a base de saquear la gran petrolera estatal. Sea cual que sea la salida a la actual crisis, sus constantes vitales están maltrechas.

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