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Sola y amargada, pobrecita

Estar solo es una metáfora de la vida: vinimos y nos iremos desnudos

Un grupo de turistas hace cola a la entrada del Palacio de Versalles, en julio de 2017.
Un grupo de turistas hace cola a la entrada del Palacio de Versalles, en julio de 2017.Stefano Rellandini (Reuters)

Vivimos en una sociedad que contempla con gratuita y casi ofensiva compasión la soledad de las personas, aun sin saber sus motivos. Visitaba el Palacio de Versalles hace unos meses cuando una pareja de mi quinta me deslizó afligida: “¿Estás sola? Vente con nosotros…”. Entre risas, desdramaticé confesando que mi soledad era elegida, y hasta mi mejor amigo estaba mosca porque no le había traído. Luego me apenó rechazar tal amabilidad, que acabé cediendo a su compañía solo por no parecer una borde o rarita.

Así que aquel episodio pasó como la metáfora de hasta qué punto el individuo está sometido y maleado, en el mundo actual, por una profunda hipocresía. Los días pares, nos inculcan la psicología del “conócete, quiérete, pasa tiempo contigo”, conscientes de los graves problemas de salud mental o autoestima. Los impares, cuesta aceptar que un espíritu libre se sienta realizado en solitario, estigmatizándole con lo peor que se puede ser a ojos del otro: alguien digno de pena, de compasión o de casito.

Sin embargo, se ha vuelto difícil desenmascarar ese prejuicio porque muchas personas mayores sufren de aislamiento involuntario, con graves dolencias para su salud emocional o física. Otros aprovechan el tabú para perpetuar los rancios estigmas de la solterona, o el divorciado como sinónimo de amargura. Aunque ese desprecio no daña tanto al aventurero en la treintena. Reducir la soledad al estigma, cuando es elegida, solo sepulta cruelmente la fortaleza, la valentía, de aquellos individuos que lucharon por zafarse del grupo que no les hacía feliz, o les oprimía.

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Basta pensar en el chaval que no vuelve a casa en Navidad porque su familia no simboliza para él un hogar, sino un infierno de dolor, o reproches hostiles. Está el cónyuge que no aguanta más infidelidades, pese a arrastrar culpa por romper el hogar de sus niños. Imaginemos la chica que pidió ayuda para jamás aceptar otra mala palabra del novio, o sus celos enfermizos, pese a que le amaba con locura. E incluso, los chavales que cambiaron de colegio para poner límite a los desalmados que les hacían bullying.

En todos esos casos, el individuo no es culpable, ni ningún apestado de su sino. Como sugería la escritora Sara Mesa en las páginas de EL PAÍS, debemos desacralizar palabras como “familia”, y por extensión, cualquier círculo de pertenencia, creyendo que tienen solo connotación positiva. Mesa no pinchó en hueso, pues al instante se incendiaron las redes, invitándola a tomarse un antidepresivo, a comprarse un gato, y quién sabe qué más majaderías. Negar a otros su sufrimiento también es una forma de privilegio.

El desprecio hacia el solitario aparece incluso como un sentimiento egoísta porque no sirve para ayudar a nadie, sino para expiar algo que se esconde dentro de nosotros mismos. ¿Tanto pánico les da la soledad a quienes la critican? Otras veces, dicho recelo no es más que una especie de venganza hacia quien no nos necesita, por haberse tomado la licencia de prescindirnos. Afear el hecho de estar solo quizás sea una forma de proyección interna, rebajando a quien rompe las cadenas que otros, o nosotros mismos, no pudimos.

De lo contrario, la moraleja es que nuestra sociedad quiere caritas sonrientes, cuentos de hadas amorosos, relatos aspiracionales de hogares felices, y le da igual que no lo seas, mientras no estés solo físicamente. Pero nada podría ser más terrible que soportar un grupo que pervierte nuestros anhelos, que nos diluye. La soledad a veces es un símbolo de nuestros límites, al no aceptar que nos inhiban, que nos vulneren. A esos solitarios les debemos admiración y la más alta estima, porque escriben una biografía de héroes que con dignidad se autoafirman.

Aunque la soledad también puede ser fruto de una elección alegre, cuando no cargamos el averno en la mochila. Tampoco supondrá ahí un “amargada y pobrecita”, sino el afán de los espíritus fuertes, incorregibles, de ponerse a prueba ante cualquier circunstancia sobrevenida. Estar solo es una metáfora de la vida: vinimos y nos iremos desnudos. Surrealista que podamos pasearnos por el Salón de los Espejos y conocer la historia del rey Luis XIV, de la Primera Guerra Mundial, o de María Antonieta para acabar siendo luego nuestro mayor, o peor desconocido.

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