Columna
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Las derrotas en cadena de Vladímir Putin

Todo le sale mal a l líder ruso, debilitado por sus fracasos militares y diplomáticos y estigmatizado como perdedor

El presidente ruso, Vladímir Putin.
El presidente ruso, Vladímir Putin.Gavriil Grigorov (AP)

Después de las militares, las diplomáticas. Tras la reprimenda de Samarcanda, el aislamiento en Naciones Unidas. A nadie le gustan las amenazas, y menos nucleares, ni la anexión de territorios ajenos. Las repúblicas de Asia Central que pertenecieron a la Unión Soviética no se toman a Putin a broma. Cuentan con poblaciones rusófonas que podrían dar pie a su inclusión en el mundo ruso y con un tratado de seguridad colectiva que permitiría una invasión militar. Por eso se acogen a China, celosa defensora de la integridad territorial de los países.

Vladímir Putin no acierta ni una. Ni siquiera le ha salido bien el canje de prisioneros, al que se ha visto obligado por dos mandatarios con vocación de árbitros como Erdogan y Bin Salman. Las desgracias se le han acumulado en la semana crucial en la que la distribución del poder mundial se exhibe en Nueva York, en la sesión anual de la Asamblea General de la ONU. La estrella este año ha sido Zelenski, autorizado excepcionalmente a intervenir por videoconferencia en una votación que también lo fue de repulsa para el debilitado Putin, ausente de la conferencia y ya marcado por el estigma del perdedor. Le ha representado el fugaz Serguéi Lavrov, incapaz de sostener el mal ambiente ante la escalada de la movilización de reservistas, la celebración de cuatro referéndums ilegales en provincias ucranias y la vergonzosa ostentación del arma nuclear.

El Sur Global, el antiguo Tercer Mundo, tiene motivos para desconfiar de las que fueron las potencias coloniales, pero todos ponen las barbas a remojar ante la invasión de un país soberano y la arrogante y repetida violación de la Carta de Naciones que significan la guerra, la amenaza nuclear, las matanzas de civiles y la destrucción de infraestructuras. Perviven en sus opiniones públicas profundos sentimientos antiamericanos y antioccidentales, justificados por las guerras de Bush y las provocaciones de Trump, que se suman a los beneficios indirectos procurados por la guerra en el acceso a gas y petróleo a precios de saldo. Todo les induce a buscar la equidistancia entre Moscú y Washington, mientras recuperan los suministros de cereales y frenan las alzas de precios, los datos básicos en el origen de las revueltas sociales.

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En esta semana tan catastrófica para Putin ha empezado un cambio atmosférico. Falta un empujón para que se sumen al aislamiento de Putin los países más reticentes, hasta ahora menos preocupados por la guerra de agresión que por la presión occidental sobre los derechos humanos y la democracia, a la que atribuyen el origen de las revueltas y revoluciones de colores. Este paso será más fácil si se les convence de que la solidaridad con Ucrania no significa la defensa de un sistema político, la democracia, y sus valores liberales, sino que atiende a la sencilla e imprescindible regla de juego común que permite convivir en paz en el mundo. Los aliados de Kiev ya han empezado a darlo.

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Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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