Columna
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Gustar a las amigas

Si descompongo mis preocupaciones en todo lo relacionado con la apariencia y la estética, a la imagen, el cuerpo y el vestir, tengo que admitir que me importa mucho más la opinión de ellas que la de ellos

Tres mujeres, de compras en una tienda de ropa de Madrid.
Tres mujeres, de compras en una tienda de ropa de Madrid.Andrea Comas

Cuando me arreglo (qué palabra más fea, como si estuviera estropeada) para quedar con una amiga me doy cuenta de que me esmero mucho más que cuando quedo con un hombre. Me repaso, me analizo, me miro mil veces en el espejo, pienso en sus gustos y en su forma de entender la belleza. Si descompongo mis preocupaciones en todo lo relacionado con la apariencia y la estética, a la imagen, el cuerpo y el vestir, tengo que admitir honestamente que me importa mucho más la opinión de ellas que la de ellos. Soy consciente de lo que van a juzgar en mí porque es lo que yo misma juzgo, sé lo que van a valorar y apreciar porque es lo que yo valoro y aprecio. Gustar a una mujer es mucho más difícil que gustar a un hombre porque cuando no media el factor de la atracción sexual todo se vuelve más exigente. Aunque los hombres han evolucionado y pueden llegar a sofisticar su gusto, la mayoría se sigue fijando en lo de siempre: tetas, culo, una apariencia típicamente sexi. Estoy hablando, por supuesto, desde la perspectiva que mejor conozco, la de la heterosexualidad.

Empecé a darme cuenta de la importancia del juicio de otras mujeres sobre mi aspecto cuando, siendo adolescente, tenía que asistir a fiestas en las que había muy pocas posibilidades de interactuar con hombres porque el entorno imponía una férrea segregación entre sexos. Las primas nos amontonábamos ante el espejo y nos acicalábamos siguiendo infinidad de normas: había que estar guapa, pero sin abusar de los artificios, ser elegantes, tener la piel inmaculada, el pelo liso y largo. Cuando entraba en el salón repleto de señoras me daba la sensación de que cada milímetro de mi cuerpo era escrutado con lupa. Tus dientes, tu nariz, tu culo, tus pechos, tu cintura, lo que te queda bien, lo que mal, cómo bailas, cómo te mueves. Llegaba a ser asfixiante y si conseguía salir y cruzar una mirada con algún chico que no reparaba en tantos detalles, me sentía aliviada. Tal vez por eso se censuraba a aquellas cuyos esfuerzos parecían destinados a atraer la mirada masculina. A día de hoy algo así sigue pasando: juzgamos de un modo implacable a las que se visten de forma demasiado sexual, en vez de optar por la sofisticación, la pulcritud y la contención que no represente un peligro para las demás.

Hay que tener este factor en cuenta cuando hablamos de la imposición de los cánones de belleza: nosotras somos parte del engranaje.

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