LA BRÚJULA EUROPEA
Opinión
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Liturgia con aroma funerario en el Kremlin

La ceremonia de anexión de nuevas provincias de Ucrania, en vez de realzar el perfil de potencia de Rusia pareció certificar su descomposición

El presidente de Rusia, Vladímir Putin, durante la ceremonia para formalizar la anexión de provincias de Ucrania.
El presidente de Rusia, Vladímir Putin, durante la ceremonia para formalizar la anexión de provincias de Ucrania.MIKHAIL METZEL (AFP)

Las democracias y la URSS doblegaron el eje nazifascista en 1945. Las democracias ganaron la Guerra Fría en 1989. Hoy se multiplican los síntomas de que las democracias van rumbo a la victoria también en la confrontación geopolítica más descarnada desde entonces, la que desató la Rusia de Vladímir Putin.

El presidente ruso escenificó este viernes la anexión de cuatro nuevas provincias de Ucrania tras la celebración de consultas populares farsa con una ceremonia en el impresionante salón de San Jorge del Kremlin. Pero la pompa tenía más aroma a descomposición funeraria que a expansión imperial.

Nadie debería dar por descontado un colapso militar ruso en Ucrania ni del régimen político en Moscú. La historia rusa está llena de episodios de asombrosa resistencia militar en la adversidad —aunque en circunstancias muy diferentes, de guerras sufridas, no lanzadas— y la historia global muestra tantos casos de regímenes que logran persistir pese a sus fracasos, hundiendo cada vez más en la miseria y la falta de libertad a sus pueblos.

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Pero a estas alturas, en paralelo a la anexión, los síntomas de catástrofe para Putin son bastante clamorosos.

En clave interna, el país sufre un éxodo de hombres que quieren evitar las conscripciones, en números probablemente superiores al de reclutados a la fuerza. El propio proceso de reclutamiento emite señales de chapuza extraordinaria que induce a líderes locales a quejarse de una manera probablemente antaño impensable. Se multiplican actos de desafío a una autoridad despiadada. La economía no ha colapsado, pero la presión de las sanciones atrofia importantes segmentos y el paso del tiempo va profundizando la corrosión.

En clave militar, sobre el terreno, las fuerzas de Ucrania avanzan, están a punto de rodear a las rusas alrededor de la localidad de Lyman, lo que deja presagiar otra mala derrota.

En clave diplomática, el secretario general de la ONU ha rechazado de plano la triste opereta de las consultas. Gigantes potencialmente amigos marcan distancia: Modi le dijo a la cara y en público a Putin que no es época para aventuras como la que emprendió; Xi Jinping debió de decírselo en privado, a la vista de lo que el propio líder ruso reconoció en público; Erdogan también fue duro en declaraciones on the record.

Al otro lado de la confrontación, los occidentales cierran filas. Se suceden los paquetes de sanciones; dos nuevos países van a entrar en la OTAN; la maquinaria para superar la dependencia de la energía rusa se mueve.

Por último, la propia actuación del líder tiene los mensajes en código de la debilidad. La fiera fuerte no necesita cierta clase de gesticulación, alardeo, amenazas. Segura de su propia fuerza, se conduce con elegancia y contención, y la usa solo cuando resulta preciso.

Es probable que la guerra se prolongue, causando enorme sufrimiento durante tiempo. Es posible que en algún momento Rusia logre atenuar la tendencia actualmente desastrosa. No se puede descartar que el Kremlin recurra a la más terrible de las perspectivas: el arma nuclear. Queda mucho por delante. Lo que queda por detrás es la imagen mundial de Rusia como potencia. A todo el mundo le ha quedado claro qué hay por detrás de las armas nucleares y los recursos energéticos: muy poco y muy podrido. Esa imagen de potencia, cuya restauración es el gran objetivo del ventennio de Putin, está enterrada. El acto ayer del Kremlin se pareció mucho a su funeral.

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Sobre la firma

Andrea Rizzi

Corresponsal de asuntos globales de EL PAÍS y autor de una columna dedicada a cuestiones europeas que se publica los sábados. Anteriormente fue redactor jefe de Internacional y subdirector de Opinión del diario. Es licenciado en Derecho (La Sapienza, Roma) máster en Periodismo (UAM/EL PAÍS, Madrid) y en Derecho de la UE (IEE/ULB, Bruselas).

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