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A la OTAN de cabeza

Putin está consiguiendo exactamente lo contrario de lo que se propone y la amenaza nuclear puede ser su último y definitivo error

El presidente ruso, Vladímir Putin, preside una reunión con profesores por vía conferencia desde la residencia oficial de Novo-Ogaryovo, este miércoles.
El presidente ruso, Vladímir Putin, preside una reunión con profesores por vía conferencia desde la residencia oficial de Novo-Ogaryovo, este miércoles.GAVRIIL GRIGOROV/SPUTNIK/KREMLIN (EFE)

A Vladímir Putin le ha salido el tiro por la culata. No quería que Ucrania ingresara en la OTAN y ahora Ucrania está más cerca que nunca del ingreso en la Alianza Atlántica, o incluso en una posición muy similar a la que resultaría de la pertenencia a la OTAN.

Su doctrina oficial, que no pocos aduladores más o menos camuflados suscriben íntegramente, es que el ingreso en dicha alianza defensiva, aspiración incluida en la actual Constitución ucrania, está en el origen de la guerra, puesto que conduciría a la instalación de misiles nucleares con territorio ruso a su alcance y llevaría a la expulsión de la flota rusa de Sebastopol y a la ocupación de la base naval por la flota de Estados Unidos.

Se trata de una fantasía de pies a cabeza, surgida de las teorías de la conspiración que tanto proliferan en el Kremlin y a la vez una mentira propagandística antioccidental con notable eficacia en la opinión internacional, especialmente entre los países del llamado sur global, antes no alineados o Tercer Mundo. El modelo de integración atlántica al que aspira Ucrania es similar al de Suecia y Finlandia, muy pronto socios de pleno de la OTAN, que confiarán la defensa territorial del país exclusivamente a sus propias fuerzas y rechazan la instalación de bases y misiles de la Alianza dentro de sus fronteras.

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Si Putin no quería que la OTAN fuera más fuerte y más cercana a la frontera rusa, gracias a la guerra está consiguiendo con creces lo contrario, puesto que finlandeses y suecos se han dado todas las prisas para encontrar inmediato cobijo bajo el paraguas defensivo atlántico. Algo similar está sucediendo con los ucranios, intimidados por las amenazas nucleares de su vecino en respuesta a la victoriosa contraofensiva que está barriendo a las tropas rusas. La reacción de Volodímir Zelenski ha sido la solicitud del ingreso urgente en la Alianza, recibida con reservas en Bruselas, pero con todo el apoyo de diez países socios, precisamente los que mejor conocen cómo las gastan los ejércitos rusos.

Según David Petraeus, el general que comandó las tropas de Estados Unidos en Afganistán y dirigió la CIA con Barack Obama, la respuesta aliada a un disparo nuclear ruso sería la destrucción de toda la flota en el mar Negro y de todas las fuerzas e instalaciones rusas en territorio de soberanía ucrania. Sin acudir al artículo 5 del Tratado sobre la garantía de mutua defensa, los aliados de la OTAN actuarían ante el ataque nuclear a Ucrania como si estuviera dirigido contra uno de los aliados.

El ejército ucranio, armado y entrenado por los aliados, ya es el más potente y eficaz de Europa, un candidato atlántico excelente. Y a no dudar, cuando su Gobierno deba sentarse a negociar el alto el fuego y sobre todo la paz, querrá con toda la razón unas garantías de seguridad equivalentes al artículo 5 del Tratado Atlántico.

Todo le sale mal a Putin. Consigue exactamente lo contrario de lo que se propone. Dispara y el tiro le sale por la culata o va a su propio pie. El nuclear puede ser el último y definitivo.

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Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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