editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Debate en el Senado

Sánchez se centra en la defensa del Estado del bienestar mientras Feijóo carga contra la deuda pública

Alberto Núñez Feijóo (en primer plano) y Pedro Sánchez, durante el debate en el Senado este martes.
Alberto Núñez Feijóo (en primer plano) y Pedro Sánchez, durante el debate en el Senado este martes.Claudio Álvarez

El debate del martes entre Pedro Sánchez y Feijóo en el Senado terminó de nuevo sin ninguna reflexión del líder de la oposición y aspirante al Gobierno sobre la excepcionalidad crítica de la situación que viven España y Europa tras los efectos de la pandemia y la guerra en Ucrania lanzada por Putin (y causa inmediata del coste disparado de la energía y del empeoramiento de la inflación). Quizá esa elusión persistente del gravísimo contexto internacional explica que exhibiese como única propuesta un brindis al sol en forma de retirada de los Presupuestos Generales del Estado, con el chiste añadido de llamarlos “hipotecas generales del Estado”. Sánchez, en una intervención sin apenas novedades, volvió a hacer una detallada enumeración de los paquetes destinados a aliviar los efectos de la guerra en la que denominó “mayoría social y la gente de a pie”. El presidente evitó esta vez el choque personal y se centró en reivindicar el liderazgo de España en la discusión sobre el modelo eléctrico en Europa, en su sintonía sobre los impuestos a las eléctricas con la conservadora presidenta de la Comisión Europea, Von der Leyen, y en el contraste de modelos de gestión y de país. Defendió insistentemente la necesidad de obtener recursos para garantizar el Estado del bienestar y ahondó en las diferencias entre la gestión de esta crisis y de la pandemia —”doblegamos la curva de los contagios y doblegaremos la de la inflación”— con la que gestionó el PP tras el estallido de la burbuja inmobiliaria. Feijóo respondió con aspereza, con un discurso más estructurado que el de su primer cara a cara con el presidente del Gobierno. Arremetió personalmente contra Sánchez, a quien llegó a acusar de hacer el ridículo o de llegar al Gobierno a lomos de una mentira —no aclaró si se refería a la moción de censura o a la sentencia de la Gürtel— y sin que elevara el debate argumentalmente más allá de considerar que todo lo que se hizo bien en la pandemia lo hicieron las comunidades autónomas y todo lo que se hizo y se hace mal corre a cargo del Gobierno central. Volvió a decirle a Sánchez que solo piensa en permanecer en la Moncloa mientras desgranaba un discurso con la vista puesta en ocuparla él. Nada invita a pensar que sea posible en nuestro país un debate sobre el momento histórico que vive el mundo, y sus consecuencias para España, con el contraste realista y pormenorizado de las alternativas para gestionarlo. Ni Sánchez respondió al modelo portugués que Feijóo esgrimía —pacto de rentas que incluye salarios y pensiones— ni Feijóo hizo acuse de recibo de la debacle financiera y política del Reino Unido con la rebaja generalizada de impuestos que el PP preconiza aquí. La onda expansiva del caos en Londres obró el milagro de que el crecimiento de la deuda pública desplazara en el discurso del líder popular el papel central que hasta ahora habían ocupado las rebajas fiscales.

La buena noticia que deja la sesión de ayer en el Senado es que no pareció romperse nada que ponga en peligro la negociación que los dos partidos mayoritarios tienen en marcha para renovar de una vez el CGPJ y el Tribunal Constitucional. El presidente llegó a mencionarlo para pedir que esa negociación trascendental se dejara al margen del fragor del debate y el líder de la oposición ni siquiera hizo alusión al asunto que puede convertirse en el primer pacto que protagonicen.

Hubo una segunda buena noticia, la revitalización del Senado. Sánchez ha renunciado a la ventaja que representa el hecho de que Feijóo no sea diputado y parece institucionalizarse que se midan en la Cámara alta, con mayor flexibilidad el martes en el uso de los tiempos por parte del presidente, Ander Gil.

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