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Los chavales que votan a Pedro Sánchez

Cuarenta años después de la victoria de González, sigue habiendo futuro si la izquierda es capaz de tejer un relato nacido de la realidad de los pueblos, de las familias, de las personas de la calle

Pedro Sánchez, en septiembre de 2019 en un acto con jóvenes en la localidad madrileña de Fuenlabrada.
Pedro Sánchez, en septiembre de 2019 en un acto con jóvenes en la localidad madrileña de Fuenlabrada.Uly Martín

Me invitaron a Badajoz a dar una charla a militantes y simpatizantes de las juventudes del partido de Pedro Sánchez, en calidad de politóloga ajena. Iba repasando mis ideas en el tren, observando los campos extremeños, cuando recordé que este viernes hará 40 años de la victoria del PSOE en las generales de 1982. Imaginé esa España del todo por hacer, del cambio, frente a la España de mi generación, donde la desesperanza sacude almas, aunque en aquellos chavales encontré un relato de creencia en el futuro, el suyo, que quizás valdría para ganar otras elecciones generales.

Tres de cuatro me preguntaron por la Formación Profesional dual, una cuestión que había citado casi de pasada para centrarme en otros temas como la vivienda. Pero a ellos parecía entusiasmarles más el debate de cómo generar prosperidad que el mero análisis de sus condiciones presentes. Una chica se extrañaba de que en su pueblo falten trabajadores manuales, mientras hay varios licenciados en humanidades; otro apuntaba que tenemos menos industria que otros países; el último se preguntaba cómo atraer a los oficios a jóvenes que no tienen estudios.

Así que aquellos muchachos extremeños, manchegos, andaluces, madrileños… de entre 20 y 30 años tal vez encontraron en hablar de la FP una vía de escape, o la excusa para la revelación de ciertas inquietudes políticas más profundas. Es propio de esta generación sin nada a lo que aferrarse eso de desacralizar dogmas, como cuestionar sin miedo el modelo productivo que motiva sus bajos salarios. Los chavales que votan a Pedro Sánchez demostraron ahí un notable interés en eso que pone y quita gobiernos: la economía, o la ambición por transformar España.

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Aquella estampa me pareció entonces una alegoría del relato con el que la izquierda podría concurrir a las elecciones generales de 2023. Si en Extremadura, una tierra que aún aspira a una “cuarta revolución industrial”, hay esperanza de prosperidad entre los jóvenes, por qué no en otros lados. Es quizás la posible inversión de Volkswagen en Sagunto; es mañana una planta de Amazon en Badajoz; fue ayer el centro audiovisual que abanderaba la vicepresidenta Nadia Calviño, o son las posibilidades de la transición verde.

Me acordé entonces de mi colega Joaquín Estefanía, con quien grabé un episodio que la SER emitirá esta semana sobre los 40 años de la victoria de Felipe González. Me contó la génesis del felipismo, el proyecto de la modernización, la idea de una España que iba a desarrollarse. Una parte de la derecha sociológica compró ese relato, impulsado también por el cambio cultural que permitió la Transición. El contexto no es el mismo que antaño, pero pervive en el ser humano un ansia por creer en algo, una fe, y eso tal vez trascienda generacionalmente.

La izquierda debería reflexionarlo. Primero, porque para combatir el marco mental de la inflación, el desasosiego que produce, hace falta más que una lista fría de las medidas implementadas en pandemia o por la guerra en Ucrania. No moviliza demasiado decir a los ciudadanos que capearemos el duro invierno: vivir en modo supervivencia jamás conmovió a nadie. Falta quizás un horizonte de futuro, el gancho idealista de un mañana posible, mientras uno se enfrenta a los quehaceres de un presente menos agradable.

Segundo: prometer la defensa de lo conquistado tampoco será suficiente en adelante, pese a tener enfrente a la ultraderecha que promete derogarlo. La izquierda ha abordado a lo largo de la legislatura un grueso de su programa en derechos y libertades (ley trans, la ley del sólo sí es sí, eutanasia…) o de medidas sociales (ingreso mínimo vital, salario mínimo…). Siempre queda por hacer, pero es un arma de doble filo que el votante progresista asuma que lo más relevante ya ha pasado. A menudo, se vota por lo que no está; uno se moviliza por lo que aún le falta.

Aunque quizás todo esté por hacer, si ese todo es transformar España. Cuarenta años después, sigue habiendo futuro si la izquierda es capaz de tejer un relato de impulso industrial y tecnológico nacido de la realidad de los pueblos, de las familias, de las personas de la calle. La justicia social repara. Los derechos y libertades son democracia. Una idea robusta de crecimiento económico que abunde en el valor añadido y una mayor calidad de las oportunidades es lo que aún falta. Me pareció verlo así en la indomable juventud de los chavales que votan a Pedro Sánchez.

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