Columna
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El tío ‘Vlad’

El reciente discurso de Putin ayuda a recordarnos quiénes han sido sus amigos en el mundo occidental, ahora que muchos pretenden esconder su afinidad con el líder ruso

Una pancarta con la cara de Putin caracterizado como Hitler, durante una protesta en Praga el domingo.
Una pancarta con la cara de Putin caracterizado como Hitler, durante una protesta en Praga el domingo.MICHAL CIZEK (AFP)

Hay que agradecer que Vladímir Putin se dirigiera al mundo en su última alocución para clarificar los términos de su guerra declarada. Es tanta la desinformación y la opinión interesada que uno puede perderse en el laberinto. Que Putin hablara claro y para todos fue un gesto de generosidad por su parte. Y se hizo entender. Cuando aseguró que su lucha en Ucrania no se limita a una batalla por los límites territoriales de un país cuya existencia niega, sino a una lucha por las costumbres y los modos de vivir occidentales, aclaró lo que ya sospechábamos. Era raro que llamara nazis a los ucranios si él mismo comparte con el nazismo varios afanes. El primero de ellos es el de limpiar la raza. El segundo es el de conformar a su gusto cómo han de regirse las vidas íntimas de las personas. El tercero es el de luchar contra la decadencia moral de las democracias. Su obsesión es acabar con la homosexualidad y reconducir la falta de valores religiosos hacia la ortodoxia dogmática, pues teme que el efecto contagio se lleve por delante su misión imperial. Podría parecer una posición psicótica, pero es transparente.

Desde que estalló la guerra, su crueldad añadida de bombardear a los ciudadanos mucho más frecuentemente que a los ejércitos, y el empeño de escasa nobleza por dejarlos sin calefacción ni luz durante el invierno, afianza la idea de genocidio, pero puede despistarnos sobre la profundidad de su pensamiento. Su discurso claro y rotundo ayuda a recordarnos quiénes han sido sus amigos en el mundo occidental. Y esto es importante porque los admiradores de Putin en Occidente han corrido a esconder la verdadera afinidad con él. Es obvio que su ataque contra Ucrania se fraguó convencido de la debilidad del orden mundial causada por el mandato de Donald Trump. De ahí su sorpresa ante la reacción internacional de solidaridad con Ucrania. El sutil entendimiento con Trump le proporcionaba un mapa por dominar. También Silvio Berlusconi ha tardado en venir a recordar su sintonía personal con Putin, pero finalmente, amparado por el poder recuperado, lo ha expresado en conversaciones que suponía que no llegarían a la luz pública. Y así todos los ultranacionalistas europeos que llevan décadas defendiendo la misma argumentación que Putin tendrían que correr a aplaudirlo.

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Los partidos que en las democracias abogan por la persecución de los homosexuales, la marginación de los transexuales, la obligatoriedad de los valores religiosos en la vida pública, la manipulación escolar y la idea de limpieza étnica preventiva son socios de Putin en algo más que una guerra local. Comparten su guerra cultural. Proteger las fronteras físicas y metafóricas de su territorio de dominación justifica cualquier tipo de violencia y lleva a perseguir las manifestaciones de protesta con penas de prisión y fuego abierto contra su propia población, como han hecho dos países amigos de Putin, Bielorrusia e Irán. Las palabras de Putin ayudan a sacar de sus madrigueras a tantos socios que no se han atrevido a respaldarlo abiertamente porque quedaba poco fotogénico hacerlo mientras mueren niños y ancianos en Ucrania. Pero es evidente que difunden y propagan en sus planteamientos políticos la misma rabia reaccionaria expresada por el líder ruso. Ha tenido que ser el propio tío Vlad quien señalara con precisión a sus ingratos sobrinos ideológicos

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