COLUMNA
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Los bebés de mis amigos me aburren

Hay muchas formas de realizarse en la vida y todas son legítimas: con pareja, con hijos, o sin ellos

Tres mujeres pasean con sus bebés.
Tres mujeres pasean con sus bebés.Felix Kästle (EFE)

Me llamó un amigo, tras tiempo sin vernos, y antes de colgar me deslizó una confesión de esas muy políticamente incorrectas: “No veas el aburrimiento del otro día. Estuve en casa de unos antiguos compañeros de la Universidad y me tuvieron tres horas haciéndole cuchicú al bebé. Ya sé que es la persona más importante para ellos, pero me habría gustado tener un rato al menos para poder hablar como hacíamos antes”. El sentido de la vida se cuela por cualquier resquicio en la treintena cuando hay muchas decisiones por tomar todavía.

Así que aquella anécdota pasó por mis oídos con una doble lectura. Primero, la obvia añoranza de quien se siente descolocado en la relación con sus amigos tras el cambio a una fase nueva. Y la más cruda, que aquel bebé inocente, babeando en la tarde de domingo, se convirtió en un espejo donde proyectar las propias dudas. Quizás sea la constatación de que, en verdad, uno no va a ser padre o madre nunca e, incluso, de aceptar frente al mundo que no quiere serlo.

Y, a medida que muchos mileniales se ven llegando a la edad reproductiva, tal vez se lo encontrarán de frente. Suprimido el ideal de familia clásica, no tener descendencia puede ser también algo elegido en aras de la propia independencia o autodescubrimiento. En mi entorno ya hay amigos que ven los hijos como el fin de su libertad en este momento. Piensan como el columnista del Financial Times Janan Ganesh: “Para una minoría, la autorrealización vendrá de los viajes, el contacto social, el cultivo mental: todo eso se ve obstruido por un cochecito en el pasillo”.

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Ganesh se muestra extremo en su exaltación de la identidad personal frente al colectivo, pues la descendencia no es excluyente de una vida diversa. Qué es ser libre sino poder elegir el proyecto personal que a uno le llena. El problema es que la precariedad de muchos jóvenes les impide escoger entre las opciones existentes. Pero otro grupo, el que podrá decidir, tampoco será a coste cero. Quedarán al amparo de su libre albedrío: esas alas que les hacen dueños de sus vidas para elegir camino, con el peso de ser los únicos responsables de tener o no hijos y celebrarlo o arrepentirse en el futuro.

El quid de la cuestión reside ahí, en esa tendencia generacional a reflexionar tan intensamente sobre qué le realiza a uno. Dicen que es propia de los mileniales. Hasta quienes viven de forma precaria comparten la inquietud existencial sobre si uno está aprovechando la vida o si su pobreza se lo impide. Aunque preguntarse a diario si uno es feliz no es narcisismo. Es el signo de los tiempos, desde que se puede elegir romper con patrones más tradicionales sin miedo.

Tal vez haya parte de cambio generacional latente. Tener hijos en los años sesenta era algo arraigado en la mentalidad tradicional, pese a excepciones legítimas. En los ochenta y noventa era difícil que mis padres no tuvieran gran cantidad de amistades que fuesen progenitores. Pero en pleno 2021, la baja natalidad (7,1‰) invita a la comprensión de los nuevos modos de vida de quienes no son padres, sin estigmatizar ni juzgar sus motivos. Más todavía con las dificultades para la conciliación que todavía persisten o la necesidad de ayudas o rebajas fiscales.

Así que si mi amigo salió repelido de aquella escena en parte fue porque a él ese tipo de vida familiar no le realizaría. Es la misma cara de póquer que se les queda a algunas amigas cuando, en el WhatsApp conjunto, las que ya son madres nos envían fotos de sus criaturas. O, incluso, cuando imaginan lo que supone planificar una rutina alrededor de una personita que tiene que ir al colegio, lo que implicaría renunciar a su cotidianeidad más espontánea o a su plenitud satisfecha por otras vías.

Aunque lo más curioso de todo fue la conversación que mantuve hace poco con otra chica del grupo, que es madre y me soltó: “A mí los hijos de otros me siguen aburriendo, no creas. Sólo disfruto mucho con la mía”. Al final, con un poco de empatía, uno acaba descubriendo que hay muchas formas de realizarse en la vida, y que todas son legítimas: con pareja, con hijos, o sin ellos. Quién es nadie para decidir por la felicidad de otros o qué les aburre, siempre que pueda ser elegido.

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