Columna
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El desbarajuste madrileño

Ahora los ciudadanos van al centro de urgencias y se topan con un cartelito que dice “Aquí no hay médico” o con un celador náufrago que busca la llave para abrir el armarito del Betadine

Isabel Díaz Ayuso observaba cómo un robot manipulaba uvas de muestra en una de las salas del nuevo Centro Quirúrgico del Hospital público Gregorio Marañón, el 2 de noviembre en Madrid.
Isabel Díaz Ayuso observaba cómo un robot manipulaba uvas de muestra en una de las salas del nuevo Centro Quirúrgico del Hospital público Gregorio Marañón, el 2 de noviembre en Madrid.Alberto Ortega (Europa Press)

Gracias a unas buenas crónicas periodísticas hemos conocido el lamentable estado de algunos centros de urgencias extrahospitalarias en Madrid. Una transformación ni bien planificada ni adecuada a las necesidades ciudadanas tiene la culpa del desbarajuste. Entre las grandes virtudes del Gobierno de Isabel Díaz Ayuso destaca la de haber convertido cualquier crítica a su gestión en un rasgo de bolchevismo revolucionario. Pero acusar de esto al gremio médico, que es por oficio conservador, roza el dislate. Una doctora fue agredida en su centro por un usuario que achacó la larga espera y la ineficacia del servicio a la pereza de los médicos, con lo que quedó claro que el discurso funciona. No contenta con su éxito, la presidenta madrileña puso a sus chacales a buscar informaciones contra la doctora agredida que sirvieran para desacreditarla y silenciar sus críticas. Si se hubieran topado con que en el pasado la doctora agredida había, por ejemplo, conducido borracha o incluso que tuviera un hermano que se hubiera lucrado con el tráfico de mascarillas sanitarias en plena crisis de abastecimiento, la lapidación habría sido brutal. Pero para desacreditarla solo dieron con el dato de que, años atrás, la mujer había sido candidata por Ciudadanos en su municipio.

A nadie se le escapa que no solo los simpatizantes de Ciudadanos, sino que incluso muchos de sus representantes votaron por Ayuso en las últimas elecciones regionales, en lo que fue un trasvase que dejó seco al partido naranja. Sus líderes, como decidieron también en Andalucía, se entregaron a una campaña absurda que suplicaba por retomar el pacto de gobierno al partido que los había expulsado, humillado y desarmado. La estrategia fue tal desastre que es posible que el lugar de Ciudadanos en la política española se haya difuminado para siempre. La doctora denigrada y agredida confesó que se arrepentía de haber votado por Ayuso, una manera sincera de identificarse con tantos votantes que fueron seducidos por la habilidad de Ayuso para plantear las batallas electorales como elecciones simples. La presidenta, que estudió Periodismo, conoce las estrategias para atraerse la simpatía de los queridos niños, un electorado cada vez más aniñado y visceral, que reacciona a los estímulos dialécticos con mucho más entusiasmo que a las discretas virtudes de la buena gestión.

En una Administración basada en la frase altisonante y el banderillazo visceral, la presidenta madrileña se ha quedado sin rivales. Ella se jugó el pescuezo apostando por relajar las medidas preventivas en plena pandemia y por apelar a las libertades superficiales como la disposición de mesa en terraza y el ‘a mí qué me cuentas’, dicho por los sanos a los enfermos. La jugada le salió bien y se llevó la banca. El problema es que ahora los ciudadanos van al centro de urgencias y se topan con un cartelito que dice “Aquí no hay médico” o con un celador náufrago que busca la llave para abrir el armarito del Betadine. No todo votante se va a poner malo de aquí a mayo ni a todo el mundo se le va a abrir la ceja su hijo en los columpios antes de las elecciones locales. Al que le pase, por lo que parece, solo le queda callarse y bajar la cabeza ante la seducción pop. Pero el diccionario define la palabra desbarajuste como la falta de orden y dirección en un conjunto de personas. Y los médicos, por ahora, también son personas, no lo olviden.

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