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¿Por qué es imposible reformar la Constitución?

La polarización no es una idea, sino la consecuencia de no contrastarlas. Hemos confundido el debate público con el debate partidista, a los intelectuales con los expertos y a la realidad con las encuestas o los datos

Pleno del Congreso de los Diputados durante una sesión de mayo de 2021.
Pleno del Congreso de los Diputados durante una sesión de mayo de 2021.FERNANDO VILLAR (EFE)

Se han cumplido 109 años del nacimiento de Albert Camus y en las librerías se siguen vendiendo sus libros, que son de una vigencia que asombra y asusta. Camus era filósofo y escritor y dramaturgo e intelectual de los que polemizaban con Jean-Paul Sartre y con otros en artículos o en cartas abiertas en los periódicos franceses. Ocurrían antes cosas así, que ahora ocurren apenas porque el debate va por otros sitios o está en otras partes. Existe en esto el riesgo de la nostalgia y sus sesgos, pero vale la pena asumirlo si es al precio de mirarnos en el espejo y preguntarnos si nuestro país afronta o declina discusiones que trasciendan a una generación, que nos remuevan y contraríen: si nos atrevemos a afrontarlas nosotros mismos, dejando al aire nuestras contradicciones. No todo puede ser culpa de las redes sociales, si los llamados a entendernos somos nosotros, no el Twitter.

¿Es posible que en la sociedad más ideologizada se hable poco de ideologías, que nos aislemos en burbujas de opiniones en que las críticas suenan como ruido de fondo? La La polarización no es una idea, sino la consecuencia de no contrastarlas, y hemos acabado en una realidad que el filósofo Byung-Chul Han describe con una pregunta, lo que supone en sí mismo una afirmación: “¿Por qué no es posible la revolución?”. Lo que pasa, y parte de la culpa es nuestra, es que hemos confundido el debate público con el debate partidista, a los intelectuales con los expertos y a la realidad con las encuestas o los datos: para saber del tiempo miramos antes al móvil que al cielo.

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Me dirán y con razón que no todos los Camus murieron con Camus y que por supuesto quedan intelectuales. Solo faltaba. Pero en la agenda actual los partidos mantienen una posición preeminente. Sabemos antes lo que opinan el PSOE o el PP de tal asunto que los pensadores más brillantes, que dan menos audiencia. Sí, ya lo sé. Los periodistas no somos ajenos y nos corresponde enfocar el interés hacia las ideas, para que se distinga bien que la libertad, por poner un caso, no es un eslogan sino una conquista. Pero el esfuerzo habrá de ser compartido: el debate general no está solo en aquello que se publica, sino en aquello que una sociedad civil articulada logra situar como su preocupación. La calidad de la democracia y del Estado de bienestar es el ejemplo más urgente.

Existe el riesgo de la nostalgia y los complejos por admitir, sin idealizar nada, que hubo una generación capaz de construir una idea de país y hablar de la comunidad sin apriorismos de partido. Por eso, antes de que venga el 6 de diciembre y sean los partidos los que propongan la cantinela, adelantémonos a la cuestión: ¿podríamos reformar o elaborar una nueva Constitución en este momento? ¿Sería posible hacerlo en España si algunos han decidido renunciar a los consensos? ¿Está nuestro debate en eso?

La respuesta es clave, porque si se acaban los consensos básicos significa que incluso la democracia se podrá presentar como una opción, de lo que resultará una sociedad militante en la que quedarse quieto o callado será ya tomar partido. Para esa tarea es para la que cada generación convoca y precisa a sus voces más lúcidas, cada una en su puesto. El nuestro también lo dejó escrito Camus: “Un país vale lo que vale su prensa. Y si es cierto que los periódicos son la voz de una nación, estábamos decididos a alzar este país elevando su lenguaje”. Sus libros se siguen vendiendo a miles. Será por su vigencia, que asombra y asusta.

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