Lula da Silva
Columna
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El nuevo Brasil de Lula y sin Bolsonaro

El presidente electo no puede olvidarse de que no fue elegido solo por la fuerza de su partido sino por haber creado un bloque de fuerzas capaces de hacerle frente al bolsonarismo

Lula da Silva, presidente de Brasil, durante un evento en Brasilia, el 10 de noviembre.
Lula da Silva, presidente de Brasil, durante un evento en Brasilia, el 10 de noviembre.Andressa Anholete (Bloomberg)

¿Ha desaparecido el turbulento Brasil de Bolsonaro con sus ribetes fascistas? ¿Ha vuelto el Brasil luminoso de Lula con sus conquistas sociales? ¿Existe hoy un nuevo Brasil inédito cuya meta final aún es desconocida? Son estos algunos de las interrogativas que se hacen los brasileños que estaban temblorosos ante un posible golpe militar.

No es fácil responder aún con seguridad a dichas preguntas, ya que la situación de Brasil se desarrolla bajo las arenas movedizas de la incertidumbre. Bolsonaro ha perdido las elecciones, pero sus huestes siguen aguerridas y no se conforman con la derrota. Lo demuestran las manifestaciones de los cientos de camioneros acampados en Brasilia frente al bastión militar exigiendo un golpe de Estado.

Es verdad que los militares, de los cuales más de 6.000 fueron colocados en los estamentos del Estado por Bolsonaro, han aceptado la derrota del excapitán ultraderechista, pero siguen manteniendo una actitud de una cierta ambigüedad.

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Los seguidores del líder derechista confiaban en que la vigilancia que, incluso contra la Constitución, mantuvo el Ejército ante las elecciones podría arrastrar a la anulación del plebiscito que confirió la derrota del mito.

La reacción de los militares era la última esperanza de Bolsonaro y sus seguidores. Esperaban que pudieran haber encontrado algún filón para impugnar el resultado de la derrota electoral. No ocurrió, ya que el documento de 70 páginas elaborado por las Fuerzas Armadas reveló que no se habían encontrado fallos importantes como para anular el resultado de las urnas. Los seguidores de Bolsonaro no se conformaron y exigieron un nuevo posicionamiento de los militares movilizando cientos de camioneros en Brasilia.

En un segundo documento, el Ejército quiso hacerles un regalo a los bolsonaristas alborotados y declaró que aunque no se habían detectado fallos en las urnas ello no significaba que no pudieran ser vulnerables. Fue una respuesta diplomática, que no decía nada.

Todo ello ha dado al equipo vencedor de Lula firmado por diez partidos que cubren desde la extrema izquierda a la derecha liberal no golpista una nueva fuerza para mostrarse eufórico y con las manos libres para hacer las reformas, sobre todo las sociales. De ahí que fueran vistas con buenos ojos las lágrimas reales de Lula cuando afirmó que su sueño es que al acabar su mandato no haya un solo brasileño que no pueda hacer tres comidas al día.

Y si no existen dudas de que el nuevo Gobierno de Lula será fuertemente marcado por su índole social más que ideológica. Donde podría aún estallar la polémica es en la formación de su nuevo Gobierno, que no podrá ser fundamentalmente de su partido, el PT, sino de un abanico de partidos que cubren desde la izquierda al centro y a la derecha liberal.

De ahí las dificultades que Lula está teniendo para escoger algunos de sus ministros claves, desde el de Economía al del Medio Ambiente pasando por el de Exteriores, ya que pretende restablecer relaciones con el resto del mundo tras el aislamiento al que lo había condenado Bolsonaro.

De ahí la importancia de la acogida que pueda tener los próximos días Lula en la Cumbre sobre el Medio Ambiente en Egipto. Será su primera prueba internacional, ya que en dichas cumbres, Bolsonaro más bien era evitado por el resto de los jefes de Estado para no comprometerse con sus alucinaciones golpistas y de extrema derecha fascista.

Todo ello es importante en este momento para Lula, quien no puede equivocarse ni olvidarse de que no fue elegido solo por la fuerza de su partido sino por haber creado un bloque de fuerzas todas ellas democráticas capaces de hacerle frente al bolsonarismo de raíz.

Como ha destacado en su columna del diario O Globo Catarina Rochamonte: “No existe carta blanca para el nuevo Gobierno. Si la mayoría de los brasileños hizo tabla rasa de los enormes equívocos de los gobiernos petistas, no fue por amor a Lula sino por horror a Bolsonaro”.

De hecho, se trata de una verdad que empieza a revelarse importante en la formación del nuevo Gobierno de Lula. En él lo que quizás menos importa en este momento es que el PT lo aproveche para colocar al mayor número posible de sus huestes, sino para hacer un frente fuerte contra el bolsonarismo que es la gran amenaza a la democracia.

Son esos momentos de la Historia en los que surgen los verdaderos estadistas capaces de espantar los monstruos de la disgregación política y de las tentaciones autoritarias. Lo cierto es que para Lula, que jura que esta será su última aventura política, podría ser el momento en que se consagre como verdadero estadista capaz de sacar a Brasil del infierno.

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