LA BRÚJULA EUROPEA
Columna
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Doblegar la infamia del Kremlin

No es el momento de empujar a Ucrania hacia la mesa negociadora; ahora toca reforzar el apoyo

Una pareja se besa en un bar de Kiev durante un apagón, el pasado jueves.
Una pareja se besa en un bar de Kiev durante un apagón, el pasado jueves.BULENT KILIC (AFP)

Asistimos en estos días a la infame escalada bélica impulsada por el Kremlin en Ucrania, con una estrategia de ataques sistemáticos dirigidos a dejar a la población civil sin calefacción, electricidad y agua corriente, en lo que tiene todos los visos de ser un crimen de guerra. Ante las constantes derrotas en el campo de batalla, Moscú recurre a la más baja de las opciones: intentar quebrar la voluntad de la ciudadanía lejos del frente. En paralelo, se detectan en el mundo múltiples impulsos —en forma de llamamientos, protestas y movimientos en la penumbra— para detener la guerra.

En el G-20 de Bali quedó evidente la frustración de los países del sur global, del mundo no alineado, que sufren las consecuencias indirectas del conflicto en términos de disrupción económica y subida de precios. La frustración es comprensible; la equidistancia de muchos, no. Hay quienes reprueban por igual el ataque ruso y las sanciones occidentales. Y quienes llegan a extremos que dejan atónitos: según Lula da Silva, Volodímir Zelenski es “tan responsable de la guerra como Vladímir Putin” (entrevista con la revista TIME, mayo de 2022). La historia será probablemente muy inclemente con ese posicionamiento. Convendría no olvidarlo en el tiempo presente.

En EE UU, los republicanos dejaron claro en la campaña electoral que de obtener el control del legislativo promoverían una reconsideración de la ayuda a Ucrania para dedicar más recursos a atender la crisis económica nacional. Afortunadamente, solo ganaron una de las dos Cámaras.

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En Europa, se registran protestas contra la guerra por su impacto en las distintas sociedades. En Alemania, congregan a representantes de izquierda y derecha radical; en la República Checa hubo una manifestación con decenas de miles de participantes, y en Austria, los ultraderechistas cabalgan el descontento. En Italia lo intentó la Liga, pero el partido mayoritario en el poder, Hermanos de Italia, ha frenado eso con un inequívoco apoyo a Kiev.

En España, Unidas Podemos, que con toda la razón reclama unión democrática ante la indignante agresión verbal sufrida por la ministra Irene Montero en el Parlamento por parte de una ultraderecha con tendencias inaceptables, se opuso al suministro de armas para ayudar a Ucrania a repeler la agresión bélica del régimen de Putin. No era difícil ver que la falta de ese apoyo habría conllevado la completa victoria del Kremlin y la sumisión de los más de 40 millones de ucranios a un régimen antidemocrático que aplasta tantos de los derechos que con razón Unidas Podemos defiende (esta misma semana, con la ampliación de una ley de represión de la comunidad LGTBI por 397 votos a favor y cero en contra en la Duma).

También en España, el portavoz parlamentario de ERC señaló el jueves que, a su juicio, la reforma del delito de sedición le ha “quitado el juguete a los jueces fascistas”. Se trata de otra cuestión, pero es útil para reflexionar sobre el recurso a un concepto tan grave como el del fascismo, que quizá convendría ponderar un poco más. Pero si hay un caso en el que se puede utilizar sin sombra de duda hoy, es precisamente el régimen de Putin. Crímenes de guerra, supresión de la oposición, acoso a las minorías, adoctrinamiento de la población: no falta nada del negro catálogo.

Por eso, si países del sur global optan por una cómoda (y moralmente equivocada) neutralidad; si los regímenes autoritarios echan una mano o desean buena suerte a su símil; si algunas ultraderechas europeas se instalan en el egoísmo nacionalista miope, es de esperar que los demás (entendiendo por ello la comunidad de las democracias avanzadas y, dentro de ellas, todas las grandes familias, incluido el conjunto de las fuerzas progresistas) opten hoy por reforzar el apoyo a Ucrania frente a la infamia fascista del Kremlin. Reforzar con más armas, más ayudas financieras, más apoyo logístico-técnico para sobreponerse a los bombardeos contra las infraestructuras. Tras la Segunda Guerra Mundial, el decidido puente aéreo occidental logró doblegar el bloqueo que la URSS impuso a Berlín. En paralelo, hay que apoyar de forma contundente y focalizada —no con subsidios generalizados a la gasolina— a los más expuestos a las consecuencias de la guerra dentro de las democracias.

Probablemente, no es realista pensar que la guerra pueda concluir con una derrota total de Rusia, potencia con armas de destrucción masiva. Pero, si los ucranios quieren seguir luchando —y todo apunta que es así—, ahora no es el momento de forzarles a la mesa negociadora titubeando en el apoyo. No puede ser ahora, como si fuera una rendición ante los golpes rusos a las infraestructuras civiles. No puede ser ahora, cuando el Kremlin, pese a las derrotas, sigue ocupando más territorio que antes de la invasión. Intentar que el fascismo putinista no gane ni un centímetro no es un estandarte atlantista; es un objetivo democrático y de derechos humanos.

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Sobre la firma

Andrea Rizzi

Corresponsal de asuntos globales de EL PAÍS y autor de una columna dedicada a cuestiones europeas que se publica los sábados. Anteriormente fue redactor jefe de Internacional y subdirector de Opinión del diario. Es licenciado en Derecho (La Sapienza, Roma) máster en Periodismo (UAM/EL PAÍS, Madrid) y en Derecho de la UE (IEE/ULB, Bruselas).

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