tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Los retos del Partido Conservador británico

Truss confía en que la reducción de impuestos y la vuelta al conservadurismo fiscal clásico le permita sortear el “invierno del descontento” que se avecina. Si no lo hace, tanto su partido como el Reino Unido estarán en serios problemas

Boris Johnson se despide de su ministro para Escocia, Alister Jack, al abandonar el 10 de Downing Street, este martes.
Boris Johnson se despide de su ministro para Escocia, Alister Jack, al abandonar el 10 de Downing Street, este martes.ISABEL INFANTES (AFP)

Liz Truss ha sido elegida líder del Partido Conservador británico y se convierte así en la última primera ministra de Gran Bretaña. Después de David Cameron, Theresa May y Boris Johnson, Truss es la cuarta primera ministra conservadora consecutiva de Gran Bretaña y la tercera mujer conservadora, después de su heroína Margaret Thatcher y Theresa May. Y ahora se enfrenta al conjunto de retos más desalentadores desde que Thatcher llegó al poder por primera vez, en 1979.

En las encuestas —en medio de una crisis energética y del coste de la vida que se intensifica rápidamente— el Partido Conservador se encuentra en la vía rápida hacia una completa desaparición. Esta semana, en los sondeos, el partido obtuvo una media de apoyos de solo el 31%, que es lo que obtuvo John Major en 1997, cuando los conservadores fueron casi completamente eliminados por Tony Blair y el Nuevo Laborismo. Está claro que los votantes están castigando al partido en el poder por haber decidido lanzarse a un concurso de liderazgo al mismo tiempo que sus facturas de energía, la inflación y la exasperación con la política se disparan.

En gran medida, esto refleja que muchos votantes ya no consideran que el Partido Conservador en el poder gestione de forma competente los principales problemas de la política británica. En cuanto a la economía, la sanidad, el coste de la vida, la vivienda, la educación, el desempleo e incluso los impuestos, los conservadores se sitúan sistemáticamente por detrás del Partido Laborista en la oposición, que apenas ha dicho nada. Esto subraya el viejo dicho: los partidos de la oposición no ganan elecciones, los gobiernos las pierden.

Cuando un tema da mucho que hablar, lee todo lo que haya que decir.
Suscríbete aquí

Los conservadores tampoco inspiran mucha confianza en los otros temas principales que ayudaron a impulsar a Boris Johnson al poder hace menos de tres años, con el mayor respaldo conservador en más de 30 años. Sobre el Brexit, cerca del 80% de los británicos dicen que se está gestionando “mal”. Y en cuanto a la inmigración, que se ha convertido en algo mucho más importante para la gente a medida que el número de pequeñas embarcaciones que transportan inmigrantes ilegales a través del canal de la Mancha va en aumento, la mayoría de los votantes dicen que no confían en ninguno de los grandes partidos para hacer frente al problema.

Uno de los chistes que circulan por Westminster es que Boris Johnson es el tercer primer ministro que ha sido derribado por Boris Johnson. Después de ayudar a derribar a su antiguo rival de Oxford, David Cameron, haciendo campaña a favor del Brexit, y de ayudar a derribar a Theresa May haciendo campaña en contra de un Brexit “blando”, Johnson ha conseguido ahora derribarse a sí mismo al no aportar disciplina y liderazgo al Número 10 de Downing Street.

La promesa de renovar y reformar el Reino Unido tras el Brexit se ha convertido en un escándalo tras otro en el Número 10. Y esto ha tenido profundas consecuencias. El realineamiento político de la política británica que encontró su expresión tras el referéndum del Brexit se está desmoronando. Los tres grupos que fueron fundamentales para la rotunda victoria de Boris Johnson en 2019 —votantes de clase trabajadora, personas sin título universitario y pensionistas— están abandonando el partido. De hecho, los conservadores han perdido ya cerca de la mitad del apoyo de los que le votaron hace menos de tres años. Ha sido una clase magistral de cómo perder amigos y alejar a tus principales votantes.

Al no sacar el máximo rédito político del Brexit, al aplicar una política de inmigración mucho más liberal de lo que muchos votantes del Brexit querían, y al no respetar el principio del “juego limpio” y la decencia —durante mucho tiempo centrales en la cultura británica—, Boris Johnson ha perdido masas de apoyo en las zonas del norte, de clase trabajadora y pro-Brexit que su partido arrebató a los laboristas en las últimas elecciones.

Y ahora parece que las cosas van a empeorar. Con la previsión de que la inflación alcance el 22% a principios de 2023, la recesión económica que se avecina y los comentarios generalizados sobre un “invierno del descontento” —caracterizado por el malestar industrial, el lento crecimiento, el aumento de los precios y el mal funcionamiento de los servicios públicos— hay buenas razones para preguntarse si Liz Truss disfrutará del habitual período de luna de miel de los nuevos primeros ministros. Apuesta por que la reducción de impuestos y la vuelta al conservadurismo fiscal clásico ayudarán a Gran Bretaña a salir de la crisis, a frenar la inflación y a cambiar la suerte de su partido. Pero los principales economistas siguen siendo muy escépticos y sostienen que sus planes no harán más que alimentar la inflación. Truss espera que estén equivocados y que gane su apuesta. Porque si no lo hace, tanto su partido como el país estarán en serios problemas.


Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites
Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS