Migrados
Coordinado por Lola Hierro

La cara B de Europa

Un improvisado campamento de refugiados en pleno París simboliza la incapacidad de los países europeos de dar una respuesta efectiva y solidaria a la crisis migratoria

Una mujer con un niño y otras personas migrantes son desalojados por la policía de un asentamiento informal en La Porte d'Aubervilliers en Paris, Francia, en enero de 2020.
Una mujer con un niño y otras personas migrantes son desalojados por la policía de un asentamiento informal en La Porte d'Aubervilliers en Paris, Francia, en enero de 2020.GONZALO FUENTES (Reuters)

En enero de 1998 se inauguraba al norte de París el Stade de France. Aquella gélida noche de marzo se enfrentaba la selección francesa a la española y, meses más tarde, el combinado tricolor ganó allí mismo su primera Copa del Mundo. Desde entonces se han celebrado infinidad de grandes conciertos y numerosos eventos deportivos, desde partidos de rugby a finales de la Champions League, convirtiéndose así en un lugar emblemático para el deporte mundial. Curiosamente, a escasos metros de este santuario deportivo se encuentra un campo de refugiados con más de 750 tiendas de campaña. Las dos caras de un mismo símbolo en pleno corazón de Europa.

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El improvisado campamento, que se monta y desmonta en función de las intervenciones de la policía, concentra en torno a dos millares de personas a la espera de un refugio seguro que los proteja en los fríos meses que están por llegar. Algunos consiguen resguardarse debajo de la autopista A-1, otros junto al cauce del canal. Al otro lado de la avenida comienza Saint Denis, la comuna con la población más joven del país galo, también la más pobre. Allí convergen centenares de nacionalidades y tan solo el 50% de la población permanece más de diez años. La leyenda y la realidad estigmatizan el municipio en cuya basílica están enterrados ni más ni menos que los reyes de Francia. Otra vez la cara y la cruz en un mismo lugar.

No son como los campos de Moria, Siria o Kenia; aquí las tiendas son donadas por asociaciones, hechas por ellos o compradas en un Decathlon a pocos metros del lugar. A la entrada, un grupo juega al fútbol y otros revisan su cuenta de Facebook e Instagram, al fin y al cabo son jóvenes con ganas de comerse el mundo. Llevan meses, e incluso años, vagando de país en país por culpa de las armas y de las leyes que no les permiten quedarse en tierra segura. Un ejemplo de cómo un sueño se puede convertir en una auténtica pesadilla. No hay grupos de mujeres, aunque sí hay familias con niños, que dentro de no tantos años explicarán a sus descendientes cómo les acogieron en la Europa de la libertad y del estado de bienestar. París no es tan romántico cuando no tienes un mísero euro en el bolsillo.

Alguno chapurrea francés, casi todos hablan inglés e incluso alemán, porque son gente bien educada que en su día tuvo una vida estable y la guerra y el hambre les hicieron huir de su casa. Vienen principalmente de Afganistán, seguidos de países de África como Somalia o Eritrea. Cada día salen a intentar batirse en duelo con la interminable burocracia o a buscarse la vida en la gran ciudad. Comer caliente, poder ducharse o cargar el móvil en una biblioteca pública es ya de por sí una victoria. Desgraciadamente, en el campamento no todos portan mascarilla, porque o bien no la tienen o sencillamente el frío y el hambre convierten al coronavirus en un problema menor. Un joven se acerca amigablemente después del reparto de comida, no quiere decir su nombre, sin embargo cuenta cómo ha sido su particular Interrail por Grecia, Italia y Alemania, donde incluso dejó una novia que piensa recuperar.

Alguno chapurrea francés, casi todos hablan inglés e incluso alemán, porque son gente bien educada que en su día tuvo una vida estable y la guerra y el hambre les hicieron huir de su casa

Entre las tiendas de campaña se puede ver todavía el cartel de bienvenida de la Euro 2016. Se acerca el invierno y las hogueras para calentarse se multiplican, no así los recursos, pues tan solo se dispone de un punto de agua para todo el campamento. Por no hablar de los compañeros que están dispersos por toda la ciudad y de los que se quedaron en el camino. Las autoridades se pasan la pelota sin asumir más responsabilidades que la recogida de basuras. El problema de las competencias entre administraciones no es algo solo de España. Quizás lo más dramático no es solo la ignominia de los poderes públicos; pocos medios se hacen eco de un gran problema humanitario a la puerta de casa. No conviene dar una mala imagen cuando los ansiados Juegos Olímpicos de 2024 están a la vuelta de la esquina.

No todo es desolación. La sociedad civil también es capaz de reaccionar cuando parece que las autoridades se quedan paralizadas. Un ejemplo es el colectivo Solidarité Migrants Wilson, un grupo asambleario formado por vecinos de comunas cercanas. Cada jueves se reúnen en torno a 30 personas. Reparten comida, mascarillas, información y esperanza. Quizás la única cara amable que muchos encuentran en una sociedad que parece mirar para otro lado. En este proyecto caben todos: jóvenes, mayores, estudiantes, profesionales, musulmanes, ateos, sacerdotes e incluso algún chaleco amarillo. Como por ejemplo Marie, madre de dos hijas que harta de ver la miseria cerca de su casa decidió actuar y cada semana cocina en su casa para cien personas. O Juliette, estudiante que vive en el Cinquième, pero viene en bicicleta todos los jueves por la noche. Y así una larga lista de ciudadanos dispuestos a unirse para reaccionar contra el silencio y mostrar así la cara más acogedora de la vieja Europa.

La covid-19 nos ha demostrado que nuestra vida puede empaparse de incertidumbre en cuestión de horas, algo así viven los casi 80 millones de refugiados durante una buena parte de su vida. Para ellos, este segundo confinamiento supondrá una vuelta de tuerca que les complica aún más conseguir comida y agilizar la burocracia. Cuando no tienes casa, un confinamiento parece una broma pesada.

No obstante, conviene no engañarse, este campo de la vergüenza ―como así lo llaman algunos― no es solo un problema de Francia que suele ser generosa en cuanto a recursos sociales se refiere, es una cuestión de toda la Unión Europea que no logra dar una respuesta migratoria conjunta a la altura de sus valores y de sus expectativas. Según el Eurostat ―Oficina Europea de Estadística―, solo en 2019 hubo 612.700 nuevos solicitudes de asilo en la Europa de los 27, excluyendo por tanto a los que ya lo han solicitado antes. De ellos solo el 38% de las decisiones sobre asilo en primera instancia en la EU-27 tuvieron resultados positivos, siendo los sirios, los afganos y los venezolanos los principales demandantes. El resto quedan condenados a esperar en un extraño purgatorio o a huir de país en país.

Son las grietas de un sistema capaz de lograr grandes proyectos pero que no consigue defender la dignidad del vecino que le ruega ayuda, otra vez la cara B. Probablemente falte entendimiento, visión de conjunto y, sobre todo, voluntad en cuanto a la política migratoria se refiere. Es cierto que tenemos casos de fracasos migratorios donde poder aprender y también políticos que tratan de sacar provecho de esta triste situación, sin embargo cada país de la Unión Europea tiene multitud de ejemplos donde la integración ha sido posible y se han hecho bien las cosas. No solo es una cuestión legal, es una cuestión humanitaria. El problema no solo está en las costas del Mediterráneo, en África o en América como mucha gente cree, el drama de los refugiados sigue latente, incluso en el mismo corazón de Europa.

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