Un colegio keniano permite estudiar junto a sus bebés a chicas que quedaron embarazadas en la pandemia

Antes de la irrupción del nuevo coronavirus había 948 embarazos adolescentes diarios en el país africano y, cada año, unas 13.000 chicas abandonaban sus estudios debido al estigma, la incompatibilidad horaria o la falta de recursos. Los confinamientos han incrementado estas cifras

Una madre adolescente keniana almuerza con su bebé en brazos durante su pausa para el almuerzo en la Escuela Secundaria de Niñas Serene Haven, en Kiawara en Kieni, Nyeri, Kenia, el 10 de febrero de 2021.
Una madre adolescente keniana almuerza con su bebé en brazos durante su pausa para el almuerzo en la Escuela Secundaria de Niñas Serene Haven, en Kiawara en Kieni, Nyeri, Kenia, el 10 de febrero de 2021.DANIEL IRUNGU / EFE

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El sonido de una campanilla anuncia un breve recreo. Un grupo de chicas sale de clase camino a los dormitorios, donde entre literas, las que están embarazadas descansan mientras otras amamantan a sus hijos. Desde enero, el internado keniano Serene Haven se ha convertido en un oasis educativo para las madres adolescentes de la generación covid. “La mayoría de las chicas que acogemos se quedaron embarazadas durante la pandemia, incluso los bebés pequeños fueron concebidos durante el confinamiento”, explica Kelvin Ndegwa, cofundador junto a su mujer, Elizabeth Muriuki ―hace más de una década también madre adolescente―, de este novedoso centro que incluye servicio de guardería, apoyo psicológico y revisiones médicas semanales.

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Solo en los primeros cinco meses de 2020 casi 152.000 jóvenes menores de 19 años se quedaron embarazadas en Kenia, de acuerdo con una encuesta realizada por el Sistema de Información de Salud nacional; cifra que podría haberse duplicado desde entonces dado el periodo prolongado de cierre colegios o la dificultad de costearse anticonceptivos, entre otros factores. “Las madres adolescentes ven negadas su educación, que un derecho básico. Ese es el vacío que queremos llenar”, resume Ndegwa sobre la urgencia de abrir esta especie de internado híbrido en el condado de Nyeri (centro). “Nos consideramos defensores de los derechos humanos”, añade con entusiasmo.

Según sus cálculos, tan solo a finales de este año, el colegio dará refugio a un centenar de alumnas, “lo que se traduce en 200 personas con los bebés”, aclara. Si bien las directrices del Ministerio de Educación estipulan que cualquier niña embarazada debe “permanecer en la escuela el mayor tiempo (posible)” y firmar “una carta de compromiso” para retornar al colegio seis meses después de dar a luz, son pocas las que consiguen hacerlo.

Ya antes de la irrupción del coronavirus había 948 embarazos adolescentes diarios en Kenia y, cada año, unas 13.000 chicas abandonaban sus estudios debido al estigma, la incompatibilidad horaria o la falta de recursos, según datos del Gobierno. “Cuando estás embarazada los compañeros te marginan. Igual tenías un grupo de cinco amigas y te encuentras caminando sola, sin nadie con quien hablar o que pueda comprenderte. Puedes hasta terminar con depresión”, confiesa Stacie, de 17 años y embarazada de cinco meses, sobre el fuerte estigma social que hace que muchas no quieran pisar un instituto.

Por el contrario, en Serene Haven (refugio sereno) sienten que se encuentran entre iguales, que nadie está allí para juzgarlas o recordarles lo que hicieron o dejaron de hacer mal y que, con esfuerzo, podrán terminar sus estudios año por año al tiempo que ven crecer a sus hijos. “A diferencia de un colegio diurno, aquí puedo dar de mamar a mi bebé hasta la edad que quiera. Además, sé cuando está enfermo, le tengo cerca y nuestro vínculo se fortalece”, reflexiona Rose, de 17 años y madre de un bebé de casi cinco meses. Si bien su caso parece ser el más común ―se quedó embarazada tras mantener relaciones sexuales de riesgo con su novio―, unas pocas chicas del centro fueron violadas o vendidas por sus padres para conseguir la dote.

Sexo por necesidad

El hecho de que los embarazos no deseados aumenten cuando se cierran los colegios no es algo nuevo, y como recuerda Lisa Bos, directora de relaciones gubernamentales de la ONG World Vision, ya sucedió durante la epidemia de ébola que sacudió África occidental en 2014, donde solo en Sierra Leona se estima que se duplicó su número en los ocho meses que no hubo enseñanza. “Los maestros generalmente vigilan a las niñas y pueden intervenir si detectan signos de abuso”, apuntó Bos en un informe reciente de la Organización Mundial de la Salud (OMS). “Cuando las escuelas cierran, las niñas se quedan sin supervisión y, en el peor de los casos, expuestas a familiares y vecinos depredadores”.

A su vez, en el caso del coronavirus y según una encuesta realizada por la organización keniana White Ribbon Alliance de abril a mayo de 2020, se ha producido un remarcado incremento de las relaciones sexuales consensuales, siendo “la ociosidad y el aburrimiento” los principales motivos señalados por las jóvenes. “No creo que esto me hubiese pasado si hubiera tenido colegio”, reconoce Stacie, quien asegura que antes de la covid-19 ni siquiera tenía tiempo para interactuar con los chicos de su zona. En septiembre tuvo una falta, se hizo un test de embarazo que dio positivo y, poco después, pidió cita para practicar un aborto clandestino. Nunca llegó a presentarse a causa del miedo.

Sin embargo, para Susan Nyawira, trabajadora social de este centro, existe una delgada línea entre las supuestas relaciones tácitas y aquellas nacidas de la necesidad. “Durante la covid-19 incluso tener comida ha sido un problema, así que muchos de estos embarazos son fruto de la pobreza: el novio te da dinero para comprar compresas, mandazis (dulce keniano típico), etcétera. Pero espera que tú también te des a cambio”, explica.

Muchos de estos embarazos son fruto de la pobreza: el novio te da dinero para comprar compresas, mandazis (dulce keniano típico), etcétera. Pero espera que tú también te des a cambio
Susan Nyawira, trabajadora social

En el dormitorio a medio amueblar, llantos de bebés se mezclan con las nanas suaves de Susan y Lydia Wairimu, matrona y cuidadora, quienes caminan de un lado a otro cargando entre telas a un par de bebés cada una. No se ven juguetes ni libros infantiles, tan solo mantas coloridas sobre las camas, tazas de plástico y algunas maletas entreabiertas con ropa de adolescente y de niño. “(Estos bebés) son inocentes”, confiesa con cariño Wairimu, originaria de Nyeri y quien en enero decidió dedicar su tiempo de forma altruista ―de domingo a domingo― a cuidar de estas criaturas. “Me emociona ver a las madres asistir a clase: es una segunda oportunidad”, añade. “Puede que ahora no se den cuenta, pero si estudian y terminan su educación pronto serán conscientes (de lo que lograron) y se acordarán de quien fue su matrona”, se complace contenta.

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