El regreso a clase desigual en el sur de Asia

El cierre de escuelas por la pandemia en esta región interrumpió el aprendizaje de 434 millones de niños, según Unicef. El acceso limitado a tablets y móviles, la baja conectividad y el reducido contacto con los maestros limitó su educación. Así han lidiado con ello estudiantes y profesorado y así es el retorno

Una niña estudia en su casa en el estado de Assam, en la India.
Una niña estudia en su casa en el estado de Assam, en la India.Prashanth Vishwanathan

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Abdur Razzaque esboza una sonrisa a través de la cámara. Es su segundo día de vuelta al instituto, de 900 alumnos, que dirige después de más de 18 meses sin clases presenciales en el centro KIK UCEP Hisham Uddin de Mohammadpur, en Dacca, la capital de Bangladés. “De momento, hemos abierto de nuevo y los alumnos tienen dos horas de estudio aquí. Poco a poco iremos ampliando el horario”, responde el profesor. En la videollamada por WhatsApp se cuelan las charlas de los estudiantes en los pasillos, entremezclado con las bocinas y el ruido del tráfico en la calle. “La falta de un teléfono inteligente o de internet han sido dos de los problemas para educar. A esto se le une que muchos niños han visto como sus padres han perdido su trabajo, y vivir un confinamiento tan largo en esas condiciones ha sido un gran reto a nivel físico y mental para ellos”, añade el académico, que explica cómo durante el periodo más duro del confinamiento daban apoyo psicológico y seguimiento a pequeños y jóvenes.

A diferencia de Europa y algunos países de Latinoamérica, que comienzan el curso en septiembre, el calendario escolar en el sur de Asia se inicia en distintas fechas: la India arranca su año académico en junio, mientras que Bangladés, Nepal o Sri Lanka lo hacen en julio. Sin embargo, la pandemia ha provocado que sea ahora, y al mismo tiempo que muchos otros escolares en el resto del mundo cuando realmente los estudiantes de estos países se han incorporado a su educación de manera presencial. Muchos, después de un año y medio, sienten que han vuelto a la escuela, porque en casa les era imposible estudiar. El cierre de los centros educativos por la pandemia en esta región ha interrumpido el aprendizaje de 434 millones de niños y niñas, según Unicef.

Este parón educativo para una gran mayoría, aunque las clases hayan seguido online y desde casa, viene motivado por el acceso limitado a tablets y móviles, la baja conectividad y el escaso contacto de los alumnos con sus profesores. “Incluso cuando una familia tiene acceso a la tecnología, los más pequeños no siempre pueden acceder a ella. Como resultado, han sufrido enormes reveses en su aprendizaje”, explica George Laryea-Adjei, director regional de Unicef.

Estudiantes en el centro Hisham Uddin de Mohammadpur, Dacca (Bangladés).
Estudiantes en el centro Hisham Uddin de Mohammadpur, Dacca (Bangladés).Abdur Razzaque

Una proporción sustancial de estudiantes, padres y madres informaron de que sus hijos aprendieron “significativamente menos” en comparación con los niveles anteriores a la crisis sanitaria, según una investigación de Unicef. En la India, por ejemplo, el 80% de los adolescentes de entre 14 y 18 años aseguran que han vivido niveles más bajos de aprendizaje que cuando estaban físicamente en la escuela. De manera similar, en Sri Lanka el 69% de los progenitores de alumnos de primaria indicaron que sus hijos estaban aprendiendo “menos” o “mucho menos”.

En la India, el 42% de los niños y niñas de entre 6 y 13 años informaron de que no utilizaron ningún tipo de educación a distancia durante el cierre de las escuelas

Pero, ¿qué se puede hacer para que la educación llegue a donde no llega la wifi? “Hay que buscar métodos alternativos para poder educar, ya que erróneamente se piensa que si un niño no puede conectarse, no puede aprender. Hemos de incentivar métodos alternativos e implementarlos, como estamos haciendo ya en algunos lugares con la radio, las llamadas telefónicas de sus profesores, las guías impresas o los programas educativos en televisión”, explica al teléfono Frank Van Cappelle, especialista regional en Educación de la Oficina Regional de UNICEF para Asia Meridional.

Alternativas para salvar la brecha digital

Sijarul, un joven de 14 o 15 años ―no lo sabe con certeza― que vive en el barrio de Sigra, Varanasi, es uno de los estudiantes que está colaborando en el slum, donde vive, a las afueras de la ciudad india como ayudante de la profesora Harshita, una docente de la ONG Semilla para el Cambio que da clases de refuerzo a los niños de la zona. Él es alumno de 10º grado (el equivalente a 2º de la ESO en España), y durante estos meses de pandemia, y especialmente durante la segunda ola que ha sufrido el país, ha estado colaborando con la educación de los más pequeños. “Es fundamental para mejorar nuestros conocimientos, nuestra forma de vida, así como nuestro estatus social y económico”, asegura.

Entre las tareas de Sijarul estaban las de preparar la habitación de su casa para las clases, enseñar a leer y escribir, contar historias y ayudar en los deberes a todos los vecinos que tiene cerca y que son alumnos de cursos inferiores al suyo. El refuerzo educativo a los más pequeños ha hecho posible que durante estos meses de pandemia los estudiantes de los barrios chabolistas de Varanasi puedan continuar con sus estudios. En la India, el 42% de los niños de entre 6 y 13 años informaron de que no utilizaron ningún tipo de educación a distancia durante el cierre de las escuelas.

La brecha, además de digital, también se da entre los alumnos de la educación pública y la privada. En Sri Lanka, según el mismo estudio de Unicef, en los centros privados el 52% de los maestros aseguran que se comunicaban con sus estudiantes cinco días a la semana, pero esta cifra se reduce a solo el 8% para los docentes de las escuelas públicas. “Sabemos que muchos institutos y escuelas están abriendo en Dacca, pero la situación en los pueblos y las zonas más alejadas es distinta”, explica Razzaque, al hablar del otro abismo que encuentra la educación entre lo rural y lo urbano.

Razzaque, que está involucrado en los programas de Educo contra el matrimonio infantil en Bangladés, entre otros, es consciente de la situación crítica que sus alumnos y las familias han sufrido, y sabe de la importancia de la educación para las futuras generaciones y las consecuencias que acarrea el abandono escolar: “Tenemos que continuar con el seguimiento y el apoyo psicosocial que empezamos en el confinamiento, sobre todo para que los padres sean conscientes de que la mayor fuente de riqueza y la mejor inversión es la educación de sus hijos”.

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Sobre la firma

Belén Hernández

Redactora de Planeta Futuro, escribe sobre infancia, educación, cultura, medio ambiente y pobreza en países en desarrollo. Ha desarrollado la mayor parte de su carrera en EL PAÍS. Antes trabajó en la delegación de Andalucía en El Mundo y en Granada Hoy. Es licenciada en Periodismo por la Universidad de Málaga y Máster de Periodismo de EL PAÍS.

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