Los niños enganchados al ‘sticker’, la droga que arrasa las calles de Lusaka

Unos cien mil niños viven en las calles de las ciudades zambianas. En la capital, lejos de sus casas por violencia familiar o pobreza, inhalar queroseno se convierte en uno de sus pasatiempos más frecuentes

Dos chavales de la calle preparan el 'sticker' para inhalarlo.
Dos chavales de la calle preparan el 'sticker' para inhalarlo.José Ignacio Martínez Rodríguez

Desde los aledaños de las vías del tren que atraviesan el centro de Lusaka, la capital de Zambia, bajo un puente que sostiene una de las nuevas carreteras de la ciudad, Mapalo puede ver todos los negocios que se han instalado en la metrópoli durante los últimos años. Ve el poste que indica el camino hacia el Shoprite, un supermercado gigante con un continuo trajín de vehículos y de personas. Ve el gran escaparate del restaurante Hungry Lion, la cadena de comida rápida que inunda los centros comerciales del país. Y ve decenas de carteles que anuncian coches, electrodomésticos o suelos de parqué para el hogar. Pero a Mapalo le dan igual todos esos productos. El chico, de 16 años, inhala por enésima vez su botella de sticker, la droga que inunda las calles desde hace años, elaborada a base de combustible para aviones y con un fuerte olor a pegamento. Entonces, dice: “Cuando me coloco, me dejo llevar, me olvido del pasado, me adormilo…”.

Mapalo es un niño de la calle. Pasa los días ahí, junto a otra treintena de chavales, en unos bancos de madera que han colocado debajo del puente. Por las noches se trasladan a muy pocos metros, bajo los soportales cubiertos de las taquillas de la estación de tren. Hoy viste una raída camisa vaquera, unos pantalones que sujeta con el cordón de un zapato a modo de cinturón y unas chanclas por las que asoman unos dedos sucios y llenos de polvo. “Algunas veces paro de tomar sticker durante unas horas. Quizás un par de días… Pero siempre vuelvo. El mono es demasiado grande”, cuenta Mapalo, que no suelta la botella de plástico en toda la charla. “Mira: llenar un tapón hasta arriba cuesta 1 kwacha –alrededor de cinco céntimos de euro– y te da para 20 minutos o media hora. Yo suelo gastar al día unos ocho kwachas. Vas, lo compras, metes el líquido en la botella y lo inhalas”, prosigue.

Empujado por el sector servicios y la construcción, Lusaka ha protagonizado un significativo despegue económico y sobre todo demográfico en las últimas dos décadas. Si el censo del año 2000 le otorgaba apenas un millón cien mil habitantes, en 2022 la población de la capital zambiana se ha aupado hasta sobrepasar los tres millones de personas. Más aún, las estimaciones apuntan a que, para el año 2100, esta cifra podría superar los 10 millones. La creciente natalidad y la migración desde los pueblos en busca de las oportunidades que escasean en zonas rurales explican este crecimiento. No en vano, la pobreza sigue siendo uno de los enemigos más poderosos del país. Naciones Unidas calcula que algo más del 57% de los zambianos debe vivir con menos de 1,9 dólares (1,7 euros) al día. Chavales como Mapalo son la expresión más viva de esta estadística.

“Para ganar dinero intento limpiar algunas casas. Me dan una limosna. O compro huevos, los cuezo y después los vendo en los semáforos. O transporto los cubos de agua que necesitan algunos restaurantes”, cuenta. El queroseno que aspira le hace hablar con lentitud, dejando largas pausas entre frase y frase. Tras una nueva inhalación, levanta la vista y añade. “Al día puedo conseguir 20 kwachas (1,1 euros). O hasta 50 kwachas (2,75 euros), si se me ha dado bien”.

—¿Qué te dicen tus amigos?.

—Los amigos que tengo están aquí también, conmigo—, afirma. Y señala al puñado de chicos que merodea a su alrededor. Algunos juegan con una pelota, pero la mayoría de ellos inhalan el queroseno, sentados en los bancos.

—¿Y novia? Tienes 16 años, una buena edad…

—Antes salía con una chica, pero ya no. Hace tiempo de eso. Era de Kabwe, una ciudad que está muy cerca de aquí, como yo—, responde tras la enésima pausa. Y, al contestar, suelta una risa nerviosa con la que deja ver un hueco en la dentadura donde debería estar su paleta derecha.

Escapar de casa, huir o rebelarse

Chileshe, 13 años, uñas negras, sudadera con capucha, pantalones largos, chanclas y un fuerte olor corporal que denota muchos días sin lavarse, explica que no sabe por qué aspira sticker. “Entiendo que no está bien, que no es bueno para mí, pero soy un adicto. Simplemente, no puedo parar de hacerlo”, dice. Y habla de las razones que le llevaron a hacer de la calle su hogar y de esa droga inhalada su fiel compañera de vida. “Me fui de casa hace algo más de dos años. Mi madre me pegaba, mi padre algunas veces también. No me quedó más remedio que marcharme. Desde entonces no he ido al colegio”, sostiene. “Me gustaría volver, pero no sé si voy a poder hacerlo. La vida que llevo ahora tiene muy pocas cosas buenas”.

En realidad, las historias que cuentan Chileshe, Mapalo y sus amigos no difieren mucho de lo que sucede en otras naciones africanas. Chavales que abandonan sus hogares por la violencia familiar, por la pobreza extrema o por rebelión en busca de una libertad que en realidad no es tal. Críos que convierten la mendicidad en su forma de vida e improvisan camastros con las tablas abandonadas en los mercados. Según algunos medios locales, la cifra de niños que viven en la calle en Zambia podría superar los 100.000, con Lusaka como principal foco del problema. En el resto del continente, las estadísticas no resultan mucho más esperanzadoras. Unicef calculaba en febrero de 2019 que en África había entonces unos 13,5 millones de menores desarraigados, incluidos los desplazados por los conflictos, la miseria y el cambio climático. La pandemia de covid-19, que mantuvo las escuelas cerradas durante largos periodos de tiempo en diversos países, ha podido dejar muy atrás este número.

Entiendo que no está bien, que el ‘sticker’ no es bueno para mí, pero soy un adicto. Simplemente, no puedo parar de inhalarlo”.
Chileshe Bupe, 13 años

Moses dice que él consume porque todos sus amigos lo hacen. Afirma tener 12 años, aunque lo cierto es que parecen algunos menos. Su caso difiere en cierta manera del de los demás. Él proviene de una familia pobre, una que no puede permitirse pagar las tasas escolares, darle un plato de comida todos los días o satisfacer sus necesidades básicas. Pero nadie lo ha echado de allí. “Mi madre vende verduras en un pequeño puesto, en la calle. Lo que saca no es suficiente para todos”, dice. Y prosigue: “Yo no voy al colegio, así que los días los paso aquí. Pero las noches son diferentes; algunas veces duermo en los soportales de la estación y otras veces me voy a mi casa, con mi madre”. Después habla del combustible, de cómo entró en él y de la adicción que crea. “La primera mañana que me acerqué aquí ya me enseñaron a inhalarlo. Poco a poco te va gustando más. No cuento cuántas veces lo hago al día. Solo sé que muchas”.

La policía, desbordada

“Esto nos sobrepasa. Son demasiados niños y en muchos y diferentes lugares de la ciudad; la capacidad de las autoridades no da para tanto”, señala un agente de la policía local de Lusaka que prefiere no decir su nombre. Los diferentes gobiernos locales han intentado llevar a cabo planes para paliar esta situación. En 2006, el Gobierno inició un programa piloto para enseñar a los menores que viven en la calle algunos oficios, como carpintería o sastrería, pero falló en la posterior planificación y, sin oportunidades laborales reales, los beneficiarios volvían a su vida anterior tras pasar por los talleres. En 2018 se puso en marcha otro proyecto, Salvar a los niños y adolescentes vulnerables de manera eficaz y suficiente (SEEVUCA por sus siglas en inglés), esta vez con el apoyo de organismos internacionales como Unicef, con el que asegura haber alcanzado hasta 50.000 jóvenes. Sin embargo, no ha conseguido impedir que las calles de Lusaka y de otras grandes ciudades zambianas sigan siendo el destino de cientos de chavales.

“A menudo dependemos de las ONG y de sus programas para controlar a los niños o intentar sacarlos de esa vida”, explica el agente, afirmación que corroboran estas organizaciones. “Es una realidad compleja; la mayoría de los muchachos no se fía de la gente o de las autoridades porque no hay una implicación real con ellos, lo que dificulta su regreso a casa o su rehabilitación. Además, el sticker lo complica todo; cuando se convierten en adictos es muy difícil que vuelvan a la realidad”, dice John Chanda, trabajador de la ONG local Barefeet Theatre, una de las que desarrolla programas en terreno con infantes como estos, en situación de extrema vulnerabilidad. Y añade: “Esta droga es muy perjudicial para el cerebro. Diría que hoy en día es el principal problema para los chavales de la calle en Zambia”.

Nicolas Chinyonga, un hombre de 35 años, fue uno de esos niños que no logró escapar de esa espiral de calle, sticker y pobreza, y hoy se acerca con cierta asiduidad al banco que ocupan los chicos. “La mayoría de mi vida la he pasado en la calle”, dice. Cuenta que, por problemas familiares, escapó de su casa a los 10 años y pasó por diferentes orfanatos y colegios de ONG, pero no terminó de adaptarse a ninguno y las traseras de una iglesia, donde estableció su hogar, seguían siendo año tras año su destino obligado. “Ahora me dedico a hacer manualidades. Con las que vendo pago mi comida y el alquiler de una casa en un pequeño campamento cerca de aquí. También me ayudan algunos amigos”, afirma. Y, mientras habla, Mapalo, Moses y los demás lo observan con la mirada caída, los ojos cerrados y con una botella de queroseno fuertemente asida a sus manos.

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