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Coordinado por Gonzalo Fanjul
Inmigración irregular
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Masacres en Melilla y Libia: nada nuevo en las fronteras europeas

Las organizaciones de derechos humanos, los medios de comunicación, los políticos e incluso el Tribunal Europeo de Derechos Humanos han documentado las expulsiones ilegales de inmigrantes y el peligro creciente de las rutas que se ven obligados a tomar

Varias personas migrantes corren en suelo español tras cruzar las vallas que separan Melilla de Marruecos el viernes 24 de junio de 2022.
Varias personas migrantes corren en suelo español tras cruzar las vallas que separan Melilla de Marruecos el viernes 24 de junio de 2022.Javier Bernardo (AP)

Por sorprendente que parezca, la evidencia creciente de que los Estados europeos violan el derecho internacional y emplean la violencia contra las personas migrantes no ha frenado las políticas de externalización y securitización de las fronteras; en cambio, se ha convertido en una razón para expandir las restricciones.

Las organizaciones de derechos humanos, los medios de comunicación internacionales, algunos políticos y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos han documentado las expulsiones ilegales de inmigrantes y el peligro creciente de las rutas que se ven obligados a tomar. Nosotros, el público, al igual que nuestros líderes, hemos visto estas imágenes y, sin embargo, la situación no ha hecho más que empeorar.

¿Cambiará algo la cobertura de las recientes muertes en Melilla y Libia, o la revelación de que el atleta británico Mo Farah fue víctima de la trata de personas en el Reino Unido cuando era un niño, el acuerdo entre el Reino Unido y Ruanda? ¿Empujarán estos hechos a la opinión pública europea y a nuestros líderes a reexaminar la violencia incrustada en nuestras políticas de migración? ¿O seguiremos sentados contemplando las masacres de migrantes?

Masacre en Melilla y sed en el desierto de Libia

Una valla de alambre de espino de seis metros de altura, equipada con cámaras de vídeo y torres de vigilancia, separa Marruecos de Melilla. En la madrugada del viernes 24 de junio, hasta 2.000 personas intentaron entrar en España escalando estas vallas, con el resultado de al menos 23 africanos muertos y un número indeterminado de heridos, según cifras oficiales. La mayoría eran sudaneses y sursudaneses que pretendían escapar del conflicto armado en sus regiones.

En una infame declaración inicial que luego matizó, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, culpó de la tragedia a las “mafias” y felicitó a Marruecos por un episodio “bien resuelto”. Unos días más tarde, admitió no haber visto las imágenes de vídeo.

Solo cuatro días después de la masacre de Melilla, fueron hallados los cuerpos de 20 migrantes fallecidos en el desierto libio

Solo cuatro días después de la masacre de Melilla, fueron hallados los cuerpos de 20 migrantes –dos libios y el resto chadianos– fallecidos en el desierto libio. Su última llamada telefónica se realizó dos semanas antes del descubrimiento de sus cuerpos. Estas muertes eran trágicamente evitables. Murieron simplemente de sed. Kidane, de Eritrea, describió su propio viaje de Sudán a Libia:

“Viajamos durante tres días por el Sahara para llegar a Libia. Nuestros hermanos se caen y mueren de sed. Se les deja allí. Hay veces en las que ni siquiera se les entierra adecuadamente... El Sahara es difícil. Se pierde a un hermano por la sed, pero no se puede hacer nada por él cuando pide agua. Incluso cuando les dices que alguien se está muriendo de sed, no te escuchan... Y habiendo pasado por todo esto, ¿viste el miedo que teníamos al mar? Sin embargo, estábamos ansiosos por tocar el mar, porque eso significaba que estábamos saliendo de esa vida.”

Externalización y securitización: violencia y riqueza

Dos tragedias en el norte de África, con menos de una semana de diferencia. Por desgracia, no se trata de una coincidencia, sino de un ejemplo del creciente peligro y violencia que enfrentan los migrantes en sus viajes a Europa. A lo largo de los años, la UE ha impuesto un modelo de “fronteras verticales” que opera en los países de origen, tránsito y destino. Ambos casos son una manifestación extrema de un sistema concebido para disuadir a toda costa a las personas que intentan el viaje. Las fronteras de Ceuta y Melilla se encuentran entre las más peligrosas y fuertemente fortificadas de Europa. A pesar del riesgo que entraña el intento de cruzar estos confines –los riesgos del desierto y la explotación a manos de los traficantes–, los migrantes siguen considerándolos preferibles ante las sombrías circunstancias de su país.

Ambas masacres son la consecuencia de una política arraigada en la creación de caos y violencia en la frontera, mediante medidas de securitización y externalización. Y el desorden resultante se utiliza para cavar más hondo en el mismo agujero, en un ciclo de violencia interminable. Las redes de tráfico de personas, así como una industria legal bien orquestada, generan beneficios masivos para quienes saben aprovecharlos. Los líderes de la UE y las empresas privadas invierten recursos considerables para garantizar que esta narrativa permanezca incontestada.

Los Estados de la UE pagan a terceros países –como Libia, Níger y Turquía– para que se hagan cargo de los migrantes y de sus rutas

Los Estados de la UE pagan a terceros países –como Libia, Níger y Turquía– para que se hagan cargo de los migrantes y de sus rutas. Al parecer, funcionarios de Níger enviaron a la UE “listas de la compra” que incluían coches y helicópteros, a cambio de políticas de migración más estrictas. El reciente acuerdo del Reino Unido con Ruanda, y su dote inicial de 120 millones de libras (141 millones de euros), es otro ejemplo de ello.

La UE e Italia han proporcionado una generosa financiación y apoyo a la Guardia Costera libia para que pueda interceptar y devolver las embarcaciones con migrantes. Cerca de 32.425 refugiados y migrantes fueron capturados en el mar y devueltos a Libia en 2021, a pesar de que el Secretario General de la ONU declaró que “Libia no es un puerto seguro de desembarco para refugiados y migrantes”.

El acuerdo UE-Turquía de 2016 estableció que los migrantes que cruzan desde este país a las islas griegas debían ser devueltos, a pesar de que Turquía niega el estatus de refugiado a no europeos que tienen el derecho a ello. Este es otro ejemplo de cómo la UE orquesta comportamientos que violan el derecho internacional. Hace años que se aplican políticas de este corte, pero la violencia que propugnan hoy los Estados europeos es nueva.

Devoluciones ilegales: violencia patrocinada por el Estado

Las expulsiones ilegales de migrantes son algo habitual en Europa. Amnistía Internacional ha declarado que “las expulsiones violentas se han convertido en la política griega de facto para el control fronterizo en la región de Evros”. Estas devoluciones violan a menudo la prohibición internacional de trato inhumano o degradante, y algunas equivalen a tortura. La Comisión Europea describió estas expulsiones como “deportaciones violentas e ilegales de migrantes” y declaró que debían terminar. Las operaciones son organizadas por las fuerzas de seguridad griegas y por hombres no identificados –se cree que son algunos de los propios migrantes–, obligados por los agentes de seguridad a empujar a las personas de vuelta a Turquía.

El Parlamento Europeo y varias organizaciones de derechos humanos han constatado que Frontex (Agencia Europea de Fronteras) ha ignorado los informes sobre devoluciones de migrantes desde Grecia. Frontex es fundamental en la securitización de la política migratoria de la UE. Su personal actúa a menudo sin transparencia y asume funciones ejecutivas de los Estados miembros. El periodismo de investigación –como el realizado por Lighthouse Reports– ha desempeñado un papel esencial a la hora de desenmascarar a esta agencia y forzar la dimisión de su responsable en abril de este año.

Una embarcación de Frontex patrulla en aguas griegas el 28 de febrero de 2020.
Una embarcación de Frontex patrulla en aguas griegas el 28 de febrero de 2020.Michael Varaklas (AP)

No hay nada nuevo en este modus operandi. España ya lo puso en práctica entre 2004 y 2006, durante la crisis de los cayucos, en la ruta de Canarias. Luego fue ampliado por otros países de la UE en la llamada “crisis de los refugiados” (2014-2016).

Ucrania nos ha enseñado un camino mejor

Los gobiernos, las instituciones, las ONG y gran parte del público ven la migración como una amenaza o como una tragedia humanitaria. Esta narrativa binaria perpetúa la idea de que la migración es un problema que hay que resolver, un problema que ignora la agencia económica y política de los migrantes y ahoga la generación de alternativas.

La salida de este agujero no es imposible. La respuesta que se ha visto en toda Europa al acoger a los refugiados ucranios es un faro de esperanza que debería guiar la creación de nuevas políticas migratorias en beneficio de todos los migrantes. Es cierto que no todos los que huyen de Ucrania recibieron la misma acogida, como atestiguan los estudiantes africanos atrapados en la frontera. Pero este periodo nos ha demostrado que es posible la cooperación y la creación de vías de migración seguras y legales en un tiempo muy corto y a gran escala. Los líderes europeos pueden unirse en lugar de recurrir a acuerdos bilaterales, que son lucrativos para una pequeña élite y devastadores para los derechos humanos internacionales. Se ha demostrado que el caos y la violencia que las fronteras europeas imponen a los que no son ucranios son innecesarios y pueden ser resueltos.

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