La crisis del coronavirus
Tribuna
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Ya se han perdido dos años de escuela. Ni uno más

Es demasiado tarde para evitar la peor crisis de aprendizaje en la historia de América Latina y el Caribe. Pero no lo es para mitigar su impacto en los niños, niñas, adolescentes, los padres y nuestras comunidades

Martín Vernaza, de ocho años, estudia en casa después del cierre de la escuela durante el aislamiento obligatorio en Colombia, el pasado 2 de abril de 2020.
Martín Vernaza, de ocho años, estudia en casa después del cierre de la escuela durante el aislamiento obligatorio en Colombia, el pasado 2 de abril de 2020.LUISA GONZALEZ (Reuters)

Melany Verano esperó 19 meses para volver a su escuela en las afueras de Lima, Perú. “No tenía internet, ni computadora. Solo el celular de mi mamá. No podía aprender”, cuenta la niña de 10 años. “Cuando volví a mi clase en octubre, me sentí alegre de estar con mi profesor y mis compañeros. No los había visto desde que cerraron los colegios”.

Cuando escucho a Melany, me veo a mí misma años atrás. Una niña que crecía en una zona remota de Honduras, pero afortunada de estar empoderada por la educación.

A pesar de haber perdido gran parte de sus clases presenciales, Melany se considera ahora una de las afortunadas. Casi dos de cada cinco estudiantes en América Latina y el Caribe seguían fuera de las aulas a finales de 2021, según estimaciones de Unicef. La buena noticia es que 12 países de la región habían reabierto completamente los centros escolares en todo el país a finales del año pasado y otros, como Panamá y Perú, están a punto de unirse a ellos cuando el año lectivo comience en marzo.

Ómicron amenaza con invertir esta tendencia positiva. A medida que la variante de la covid-19 se extiende por América Latina y el Caribe, algunos gobiernos están considerando prolongar el cierre. Una cosa que sabemos con certeza es que los riesgos que corren los niños, niñas y adolescentes al no asistir a la escuela son mayores que los de volver a ella.

La pandemia ha demostrado que la enseñanza a distancia debe ser accesible a todos los niños, niñas y adolescentes, pero no puede sustituir a la enseñanza presencial. Los datos de América Latina y el Caribe sugieren que, a pesar de los esfuerzos realizados por los gobiernos, maestros y padres, los menores de edad han aprendido mucho menos durante la pandemia, y en particular los más vulnerables. Por ejemplo, en varios estados brasileños, casi tres de cada cuatro en el segundo grado han visto disminuido su nivel promedio para la lectura, frente a uno de cada dos antes de la pandemia.

El impacto negativo del cierre de colegios va más allá de la pérdida de aprendizaje. Confinados en casa y aislados de sus amigos y de los maestros que les apoyan, la infancia se ha enfrentado a grandes riesgos para su seguridad y su salud mental, y ha perdido el acceso a las comidas y a los servicios sanitarios que se ofrecen en las instalaciones educativas.

Se calcula que 2,1 millones de alumnos de América Latina y el Caribe corren el riesgo de abandonar sus estudios. En una de las regiones más desiguales y violentas del mundo, un niño, una niña o adolescente alejado de las aulas suele correr el riesgo de convertirse en un potencial recluta para las bandas o de verse obligado a emigrar. Las niñas corren el riesgo de ser obligadas a casarse o a quedarse embarazadas, lo que en muchos casos significa ser víctimas de abusos sexuales.

Los costos a largo plazo son elevados para ellos y para la sociedad. Estimaciones recientes, sugieren que el cierre de las escuelas en todo el mundo podría costar a esta generación de estudiantes un total de 17 billones de dólares en ganancias potenciales a lo largo de su vida.

En una de las regiones más desiguales y violentas del mundo, un niño, una niña o adolescente alejado de las aulas suele correr el riesgo de convertirse en un potencial recluta para las bandas o de verse obligado a emigrar

Mientras los gobiernos responden a las nuevas variantes de la covid-19, las escuelas deben permanecer abiertas para todos ellos. Es esperanzador ver que las tasas de vacunación contra la covid-19 aumentan en toda América Latina y el Caribe. Unicef anima encarecidamente a los países a que se aseguren de que los grupos prioritarios, incluidos los maestros y maestras, estén totalmente protegidos, y solo entonces consideren los posibles beneficios de vacunar a niños, niñas y adolescentes.

La vacunación contra la covid-19 no debe ser un requisito previo para el aprendizaje presencial. Ningún estudiante debe enfrentarse a barreras para volver a la escuela. La experiencia demuestra que las medidas de prevención de la infección en ellas -como las mascarillas, el distanciamiento físico y el lavado de manos– pueden ayudar a mantenerlas abiertas y proteger a los estudiantes y al personal.

En la crisis actual, la reapertura de los centros requiere esfuerzos adicionales por parte de todos nosotros. Ahora más que nunca, debemos invertir más en educación para recuperar el aprendizaje de los niños, niñas y adolescentes. Volver al aula de manera presencial es crítico, pero no es suficiente para que los alumnos y alumnas sigan aprendiendo. En tiempos de covid-19, la clave es aumentar la calidad de la educación, incluido el acceso a herramientas digitales para desarrollar nuevas habilidades y prepararse para un futuro mejor.

Ahora más que nunca, debemos invertir más en educación para recuperar el aprendizaje de los niños, niñas y adolescentes

Sin embargo, el gasto en educación representó menos del 1% del gasto de estímulo ante la crisis de la covid-19 en América Latina y el Caribe, la segunda tasa más baja solo por detrás de Asia y el Pacífico. Se necesita mucha más financiación para ayudar a los niños, niñas y adolescentes a regresar, ponerse al día y prosperar, especialmente a los que han abandonado sus estudios.

Es demasiado tarde para evitar la peor crisis de aprendizaje en la historia de América Latina y el Caribe. Pero no es demasiado tarde para mitigar su impacto en los niños, niñas, adolescentes, los padres y nuestras comunidades. La evidencia nos dice que podemos y debemos mantener las escuelas abiertas. Las historias de alumnos como Melany y yo misma nos demuestran que nada puede sustituir las experiencias compartidas en persona con maestros, maestras, amigos y amigas.

Muchos de los niños, niñas y adolescentes de América Latina y el Caribe ya han perdido dos años de escolarización presencial, y no pueden permitirse perder un tercero.

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