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Coordinado por Fernando Casado

Cómo viviremos juntos

Venecia aprovecha su 17ª Bienal de Arquitectura para replantear modelos de convivencia urbana post covid-19

Cartel promocional de la Bienal de Venecia en la parada de Arsenale del 'vaporetto'.
Cartel promocional de la Bienal de Venecia en la parada de Arsenale del 'vaporetto'.Paula García

Venecia está irreconocible. Las calles despobladas. Sus monumentos históricos sin colas en la entrada. Es posible lograr una mesa en la terraza de sus restaurantes sin reserva y los pocos gondoleros que se ven, están sentados, ociosos, esperando que algún turista se anime a dar una vuelta por sus canales. “Vienen pocos turistas y los que vienen no tienen dinero”, cuenta Roberto, en la profesión desde hace 40 años. Él se ha adaptado a varias crisis, aunque confiesa que esta es la vez que ha visto la ciudad más vacía.

El Centro Internacional de Estudios de la Economía Turística (CISET) señala que si antes de la pandemia Venecia recibía alrededor de 25 millones de turistas, en el cierre de 2020 apenas llegaron 11 millones y según el SISTAR, sistema estadístico de la región del Véneto, el cierre de 2021 tendrá todavía menos. En este contexto de crisis y reflexión sobre modelos de convivencia urbana pospandémica, llegó la 17ª Bienal de Arquitectura de Venecia 2021 con una pregunta que aunque parece fruto de la pandemia, fue realizada previa al fatídico marzo 2020: ¿Cómo viviremos juntos?

La 17ª Exposición Internacional de Arquitectura de la Biennale di Venezia cuenta con 112 participantes procedentes de 46 países que se despliegan entre los pabellones de los Giardini, en el Arsenale y en el centro histórico de la ciudad. La exposición está abierta al público entre el 22 de mayo y el 21 de noviembre; y cuenta con un amplio programa de jornadas y eventos colaterales que puede ser seguido a través de su página web.

Tal y como explican sus directores, la incógnita plantea muchos de los enigmas que ha dejado la covid-19: “La intensificación de la crisis climática, los desplazamientos masivos de población, las inestabilidades políticas en todo el mundo y las crecientes desigualdades raciales, sociales y económicas, entre otras nos han llevado a esta pandemia y se han vuelto aún más relevantes”.

El comisario del evento, el arquitecto nacido en Líbano Hashim Sarkis, fue decano del colegio de Arquitectura y Planificación del MIT en Boston y con amplia experiencia trabajando con las bienales (diseñó el pabellón de Albania en la de 2010; el de Estados Unidos en la de 2014; y fue jurado internacional de la de 2016). Y parece que ha aprovechado su experiencia para recuperar el papel que tienen los arquitectos diseñando ciudades más sostenibles y humanas con una crítica al sistema político que las gestiona: “Ya no podemos esperar a que los políticos propongan un camino hacia un futuro mejor. A medida que la política continúa dividiendo y aislando, podemos ofrecer formas alternativas de vivir juntos a través de la arquitectura”.

Ya no podemos esperar a que los políticos propongan un camino hacia un futuro mejor. Podemos ofrecer formas alternativas de vivir juntos a través de la arquitectura

Sarkis confiesa que formula esta pregunta, cómo viviremos juntos, a los arquitectos, porque cree que tienen la capacidad de presentar respuestas más inspiradoras que las que la política ha ofrecido hasta ahora: “Como expertos, estamos preocupados por dar forma a los espacios en los que las personas viven juntas porque con frecuencia imaginamos estos entornos de manera diferente a las normas sociales que los dictan”.

Una de las propuestas conceptuales más sugerentes que formula Sarkis es un nuevo contrato del espacio físico, que trascienda incluso el contrato social. “Buscamos un nuevo contrato espacial, del espacio físico, que sea a la vez universal e inclusivo, ampliado para que los pueblos y las especies coexistan y prosperen en su pluralidad”, comenta. “En el contexto de las crecientes divisiones políticas y desigualdades económicas, pedimos a los arquitectos que imaginen espacios en los que podamos vivir juntos generosamente”.

Si un contrato social determina las libertades perdidas y ganadas para que las personas ingresen a la sociedad, un contrato espacial determina los métodos por los cuales las personas negocian estas libertades a través de sus interacciones en el espacio físico.

Una de las obras que más llama la atención es Tu baño es un campo de batalla. Los baños suelen percibirse como instalaciones neutrales, que satisfacen las necesidades universales de las personas. Pero el proyecto de Matilde Cassani, Ignacio Galán, Iván Munuera, y Joel Sanders los presenta como espacios en disputa con aspectos como el género, la religión, la raza o las preocupaciones ambientales. La obra presenta baños en conflicto en Colombia, Estados Unidos, Haití, las favelas de Khayelitsa en Sudáfrica o en Guangzhou, China. Cada uno es narrado de forma particular, reflejando que los baños no son un problema de diseño aislado, sino síntomas de disputas más grandes que pueden ser solucionadas a través de un diseño más inclusivo o empático.

La obra que corona la entrada del Arsenale es Alasir:i Puertas para el ocultamiento o la revelación, una instalación escultórica compuesta por 40 puertas y 13 esculturas figurativas. Su autora, la Nigeriana Peju Alatise, sugiere que en ciudades inclusivas, uno ha de vencer el miedo de aquellos que son diferentes a uno mismo por cultura, credo y color e invita a los visitantes a explorar el entendimiento mutuo o el malentendido. Alatise comenta la pertinencia de la frase en yoruba: “Oni yara rebete gba ogun omo okurin ti wan ba fera denu” (La habitación más pequeña puede acomodar a 20 hombres si se conocen profundamente).

Tal y como recuerda Sarkis, las ciudades se han expandido más allá del modelo centralizado, pero seguimos pensando en la buena ciudad como una ciudad con centro, jerarquías sociales organizadas espacialmente y que da la espalda a lo rural y a la naturaleza. Para responder a la pregunta que formula la Bienal de este año, se ha de reconocer que aunque nos hemos vuelto más conscientes de los peligros globales de nuestras prácticas espaciales, incluido el transporte y los controles ambientales, seguimos viviendo como si estuviéramos solos en un planeta pasivo de recursos infinitos.

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