Seres Urbanos
Coordinado por Fernando Casado

Las ciudades nocturnas obligan a gestionar la otra mitad del día

Ya son más de 60 urbes en el mundo las que cuentan con un “alcalde para la noche” o una oficina especializada en la gestión de la convivencia, productividad y cultura que se desarrolla cuando el sol se apaga

Luces nocturnas en Taipéi, la capital de Taiwán, en octubre de 2021.
Luces nocturnas en Taipéi, la capital de Taiwán, en octubre de 2021.Roland Nagy (alamy)

El tiempo, al igual que el espacio, es una variable clave en la gestión de las ciudades. Las calles y espacios públicos no tienen el mismo uso a las diez de la mañana que a las diez de la noche. Sin embargo, el ciclo de las 24 horas no siempre es tomado en cuenta a la hora de diseñar políticas urbanas.

Como concepto, la ciudad 24 horas no es un modelo nuevo. En los años ochenta, el sociólogo estadounidense Murray Melbin trazó una analogía entre la escasez de suelo y la escasez del tiempo, convirtiendo a este último en la “nueva frontera” en el proceso de urbanización. Pocos años más tarde, el término “ciudad 24 horas” surgió casi de manera simultánea en distintas partes del mundo como una plataforma para mejorar la seguridad nocturna de los centros urbanos y un catalizador de procesos de regeneración. Sin embargo, desde sus orígenes, el concepto estuvo cargado de desconfianza por parte de aquellos que temían que activar las ciudades durante la noche no dejaría lugar para el descanso, el ocio y la salud mental de los ciudadanos.

30 años más tarde, la ciudad 24 horas adquiere un sentido más amplio: aquella que emplea el tiempo como un recurso estratégico. En otras palabras, una ciudad que entiende que el tiempo, al igual que el espacio, es un recurso escaso que es necesario administrar. Esto implica tener un conocimiento minucioso sobre sus activos nocturnos —el amplio espectro de actividades productivas, sociales y culturales que se desarrollan durante la noche— y distribuirlos geográficamente en función de sus costos y beneficios. Esta tarea no solo supone contar con elementos físicos tales como iluminación y transporte nocturno (el hardware), sino que también requiere de normas y principios que sirvan para programar la actividad nocturna de la ciudad de una manera consciente, inclusiva y sostenible (el software).

El concepto de ciudad 24 horas estuvo cargado de desconfianza por parte de aquellos que temían que activar las ciudades durante la noche no dejaría lugar para el descanso, el ocio y la salud mental de los ciudadanos

La pregunta es, ¿quién debe hacerse cargo de esta tarea? El término gobernanza nocturna hace alusión a la red creciente de instituciones públicas y privadas involucradas en la gestión de la nocturnidad. Ya son más de 60 ciudades a nivel mundial que cuentan con un “alcalde nocturno” o una oficina especializada en monitorear y dimensionar problemáticas, y proponer soluciones innovadoras para potenciar la otra mitad del día. Sin embargo, estos nuevos gestores nocturnos se han encontrado con el reto de mediar entre quienes quieren trabajar o socializar de noche, y aquellos que solo quieren dormir.

La pandemia supuso un impacto sin precedentes en los ritmos temporales de la ciudad. Las medidas más populares para contener la propagación del virus fueron los toques de queda y la interrupción de los servicios de transporte nocturno, como es el caso del metro de Nueva York, que por primera vez dejó de operar las 24 horas desde su inauguración en 1904. Estas disrupciones, aunque temporales, exacerbaron las diferencias ya existentes en la percepción de la vida nocturna en la ciudad. Por un lado, los vecinos se acostumbraron a vivir con menos ruido. Por otro, los dueños y trabajadores de bares y restaurantes vivieron una disrupción histórica de sus actividades. Los jóvenes, por su parte, exploraron nuevas oportunidades de socialización y se volcaron a espacios virtuales para satisfacer necesidades de ocio y esparcimiento. Estas diferencias —aunadas a cambios de hábitos sociales, a un mayor uso de los espacios públicos, a la vuelta del turismo y las aglomeraciones, y a una crisis energética en aumento— suponen repensar la distribución más eficiente de las actividades que tienen lugar en la ciudad.

La noche brinda un espacio único para poner a prueba nuevos modelos de gobernanza y de colaboración

Algunas ciudades están innovando en este sentido. Desde el punto de vista del hardware, cada vez son más comunes las alianzas entre entes públicos y privados para mejorar la oferta de transporte nocturno, tales como un piloto entre Uber y Lyft para mejorar la movilidad nocturna en el centro de Orlando, Florida. Desde el punto de vista del software, metrópolis como Londres buscan crear zonas especiales de actividad nocturna prolongada a fin de generar nuevas fuentes de ingresos y de socialización. Sin embargo, las innovaciones más interesantes están ocurriendo a nivel institucional, ya que la noche brinda un espacio único para poner a prueba nuevos modelos de gobernanza y de colaboración.

Durante mi paso por la Universidad de Harvard tuve la oportunidad de desarrollar una metodología participativa que busca construir una visión nocturna a partir de espacios de diálogo y cocreación entre los distintos grupos de interés de una ciudad. Hasta la fecha, he tenido oportunidad de ponerla a prueba en dos ciudades latinoamericanas —Valparaíso, en Chile, y Tegucigalpa, en Honduras— y recientemente en Barcelona, a través de talleres con representantes del sector del ocio nocturno, turismo y restauración; representantes de asociaciones vecinales; representantes de asociaciones juveniles, y representantes de la administración pública. El resultado de estos ejercicios es un plan de acción a largo plazo que toma en cuenta las necesidades de todos los ciudadanos y sirve de base para construir un modelo de gobernanza para gestionar de manera proactiva la convivencia, la productividad y la cultura urbana, tanto de día, como de noche.

La gestión nocturna no solo está al alcance de las grandes ciudades como Madrid y Barcelona. Urbes con vocación y patrimonio cultural como Sevilla y San Sebastián, aquellas con actividad portuaria y distribución nocturna de mercancías como Málaga y Valencia, y ciudades universitarias como Pamplona o Zaragoza, también son grandes beneficiarias de una visión estratégica de su actividad nocturna.

¿Cuál será la siguiente ciudad de España en sumarse a esta tendencia?

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