Bienvenidos al Welcome

Diversas ONG tienen un convenio con un hostal madrileño para alojar a demandantes de asilo

Jamal Ibrahim y Abshir Wayleq en una habitación del hostal Welcome de Vallecas.
Jamal Ibrahim y Abshir Wayleq en una habitación del hostal Welcome de Vallecas.CRISTÓBAL MANUEL

Jamal Ibrahim hunde su dedo índice en la ingle derecha y señala la parte trasera del muslo. El lugar por donde entró y salió la bala que le hizo abandonar definitivamente su pueblo en Somalia y pedir refugio en España. Hasta entonces había sido torturado varias veces por las milicias rebeldes de su país que también mataron a dos de sus hermanos. “Si no te vas, te matarán”, le insistían los familiares que dejó atrás. Ahora se ducha con agua caliente y tiene una dieta Mediterránea, la que le dan en el comedor del Hostal Welcome y que comparte con demandantes de asilo procedentes de todos los rincones del mundo. En este albergue del periférico barrio madrileño de Vallecas coinciden estudiantes, mochileros y trotamundos en busca de una cama barata con inmigrantes huidos de sus países.

Después de hacerlo en inglés con su nombre en la fachada, el Welcome da la bienvenida a sus huéspedes en varios idiomas más desde las paredes de la recepción. Abrió sus puertas en 2007 y pertenece a la empresa Hospedajes Welcome S.L. que, con la llegada masiva de inmigrantes a las costas españolas, observó la necesidad de camas económicas y las ofreció a 13€ la noche. En varios carteles de la recepción, el albergue explica a sus clientes que tiene convenios con organizaciones como la Cruz Roja o la Comisión Española de Ayuda al Refugiado que alojan extranjeros de manera temporal mientras se gestiona una solución permanente.

En el albergue conviven turistas mochileros

“Es mucho más que un hostal”, cuenta la encargada de recepción Eva Andrés Peñalba, “nunca te planteas que pueda existir un sitio así”. La relación entre los empleados y estos particulares huéspedes comienza con gestos porque muchos de ellos no hablan más que el dialecto de su región. Meses después, cuando la ONG ya les ha instalado en un lugar definitivo, vuelven a saludar, en un aceptable castellano, a las personas que conocieron en su primera casa en España. La estancia media suele durar días o semanas.

Jamal Ibrahim, de 38 años, mantiene constante una media sonrisa, incluso mientras cuenta su periplo en autobús por el desierto del Sáhara hasta llegar a Marruecos. Allí conoció a un compatriota, Abshir Wayleq, de 31 años, que también había huido de la región somalí de Kissmayo. Juntos cruzaron el estrecho en la barca de un pescador y ahora lo cuentan sentados en una cama del Hostal Welcome. Son los únicos huéspedes que han aceptado hablar aunque el trasiego de extranjeros en los pasillos es constante. Son rusos, palestinos, sirios, subsaharianos. La mayoría hombres, pero también hay familias con niños. Para los más pequeños hay una zona de juegos al lado de un futbolín.

Cruz Roja tiene un despacho en el albergue donde varias personas ofrecen lo que llaman primera acogida y que consiste en suplir las necesidades básicas de comida y techo y hacer un chequeo médico. “Cuando alguien emite una solicitud de protección internacional, la administración se pone en contacto con nosotros para que nos hagamos cargo de ella mientras se estudia su caso”, explica Milagros Nuñez, responsable de ayuda humanitaria para inmigrantes de la Cruz Roja, “y la primera parada en este camino es el Welcome”.

Si no estás de acuerdo con ellos se llevan a tus hijos y los convierten en soldados

Wayleq permenece callado mientras su amigo cuenta el día a día de la guerra de Somalia, pero cuando menciona las milicias que operan en su país no puede evitar añadir: “Si no estás de acuerdo con ellos se llevan a tus hijos y los convierten en soldados”. Él tiene cinco y tuvo que dejarlos atrás. Entre los huéspedes, un hombre con gabardina y sombrero de ala de color verde se mueve con soltura. Se llama Ibrahim Tahir y cree que tiene 25 años. Llegó a Madrid hace un año procedente de Libia, donde fue soldado, aunque es originario de El Chad y hoy está en el hostal visitando a un amigo recién llegado. “Mi jefe me decía que matara gente”, cuenta y poco más se puede saber de lo que le ocurrió antes de acabar en el Welcome.

El albergue tiene 180 camas de las que un 40% suelen estar ocupadas por inmigrantes de todas las partes del mundo. El menú del comedor está escrito en castellano, francés, inglés y, a lápiz, alguien también lo ha traducido al árabe. La jefa de recepción explica que para respetar a los huéspedes musulmanes no se sirve ningún plato con carne de cerdo y, durante el mes de Ramadán, se deja abundante comida preparada para la noche.

En el comedor no se sirve cerdo y durante el Ramadán se deja comida para los musulmanes

En el albergue hay también clientes clásicos: turistas, grupos de estudiantes, equipos de que practican algún deporte y viajan a Madrid para competir y que buscan un alojamiento básicamente económico, a pesar de que esté alejado del centro. Precisamente su ubicación fue una de las características que motivó su elección como primer hogar de los inmigrantes al considerar que proporciona protección e intimidad.

El 3 de mayo de 2007 tres autobuses llenos de solicitantes de asilo subsaharianos aparcaron frente al Welcome, así comenzó la andadura de este centro de acogida donde la estancia empieza con un check in al uso. La de Jamal Ibrahim y Abshir Wayleq está a punto de terminar. Se marchan a un centro de la Cruz Roja a esperar la tramitación de sus papeles. Algún día esperan volver a trabajar, reunirse con sus familias, empezar una nueva vida, sentarse a ver un buen Barça-Madrid como hacían en Somalia.

Normas

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS