Paz a trompicones en Irlanda del Norte

La ambigüedad sobre el desarme del IRA lastró los acuerdos de Viernes Santo El anuncio llegó demasiado tarde para impulsar la reconciliación

De izquierda a derecha, Gerry Adams, Mitchel McLaughlin y Martin McGuinness en 2003.
De izquierda a derecha, Gerry Adams, Mitchel McLaughlin y Martin McGuinness en 2003.PETER MORRISON (AP)

Poco antes de las cinco de la tarde del 23 de octubre de 2001, un escueto comunicado del IRA (siglas en inglés del Ejército Republicano Irlandés) anunció al mundo que había empezado la destrucción de sus arsenales. Ese histórico acontecimiento, esperado desde hacía años, fue confirmado pocas horas después por la Comisión Internacional Independiente para el Decomiso, presidida por el general canadiense John de Chastelain. “Hemos sido testigos de un acontecimiento que nos parece significativo, en el que el IRA ha puesto cierta cantidad de armas fuera de uso. El material en cuestión incluye armas, munición y explosivos”.

Los observadores internacionales no dijeron ni cuándo, ni dónde ni cómo había ocurrido eso ni cuánto material de guerra había sido inutilizado. Lo importante no era eso: lo importante era el gesto simbólico, tantas veces reclamado por los unionistas protestantes, de que el IRA empezara a destruir sus arsenales.

Los observadores no dijeron dónde había comenzado la destrucción de armas

Ese fue un momento formalmente clave del proceso de paz. Sin embargo, había llegado demasiado tarde para constituir un verdadero impulso para la paz y, sobre todo, para la reconciliación. El desarme había sido siempre el elefante blanco del proceso de paz de Irlanda del Norte. En los Acuerdos de Viernes Santo de 1998, el proceso de desarme tuvo que quedar deliberadamente difuso para forzar el acuerdo final. Esa falta de detalle en el desarme, un asunto más simbólico que real pero quizás por eso mismo de gran importancia, acabó envenenando las relaciones entre los dos bandos y seguramente eso retrasó la disolución del IRA, que no llegó hasta 2005, y sobre todo una reconciliación que está muy lejos de alcanzarse. Aún hoy hay disturbios esporádicos y enfrentamientos políticos.

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La posibilidad de un final dialogado del conflicto empezó a vislumbrarse a finales de los años ochenta. El líder de los nacionalistas moderados del SLDP, John Hume, y el del Sinn Féin, Gerry Adams, se vieron por primera vez en secreto en 1988. Adams se refirió públicamente en marzo de 1989 a su deseo de ver “un movimiento político no armado que trabaje por la autodeterminación”. Y el ministro británico para Irlanda del Norte, Peter Brooke, declaró en noviembre de ese mismo año que Reino Unido no se oponía a la unificación de Irlanda sino a su búsqueda por medios violentos.

En 1993, los primeros ministros británico e irlandés, John Major y Albert Reynolds, aceptaron el principio de autodeterminación sobre la base de que tuviera el respaldo mayoritario de la población de Irlanda del Norte. En 1994, el IRA declaró el primer alto el fuego. Tras dramáticos avances y retrocesos, el 10 de abril de 1998 se firmaron los Acuerdos de Viernes Santo. La paz quedó sellada y se pusieron en marcha las instituciones de autogobierno, pero el desarme quedó en el aire: era un requisito, pero no quedaba claro cómo se iba a conseguir.

Tampoco precisaron cuánto material de guerra había sido inutilizado

La fragilidad congénita del acuerdo se refleja en la concepción misma de las instituciones de autogobierno, completamente segregadas: para funcionar necesitan tener la mayoría de cada uno de los dos bandos del conflicto, unionistas protestantes por un lado y nacionalistas católicos por el otro.

El terrorismo se ha acabado y las instituciones funcionan, aunque a menudo a trompicones. Belfast es una capital transformada que no tiene nada que ver con la ciudad de los años setenta y ochenta, pero el conflicto civil sigue latente, la población está más segregada que nunca y el odio no ha desaparecido.

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