El periodista que siempre aprendía

Manuel Erice era de esos a los que no les importa preguntar y argumentaba con convicción, basándose en datos y sin levantar la voz

Manuel Erice, en una imagen de 2017.
Manuel Erice, en una imagen de 2017.Archivo Abc (Maya Balanya)

Manuel Erice (Pamplona 1965-2018) ha demostrado que se puede ser periodista, pero no sectario, frívolo ni maleducado. No es que haya sido un caso aislado, ni mucho menos, pero en su vida profesional fue el ejemplo opuesto a ese creciente periodismo de todólogos, vociferante, militante e insultón que triunfa en las tertulias. Manolo falleció el domingo por un cáncer que truncó su periodo informativo más fructífero como corresponsal de Abc en Washington, ese en el que más estaba aprendiendo, como le gustaba repetir.

Aprender es lo que siempre se propuso Erice como periodista. Por eso, le gustaba escuchar a los que sabían más que él, como atestiguan quienes estuvieron a sus órdenes cuando fue delegado en Castilla y León, redactor jefe o subdirector. Y por eso también callaba cuando surgían asuntos que desconocía en las tertulias en las que participó en TVE, Radio Nacional de España, Telemadrid o Tele 5. O en el club de periodistas navarros en Madrid, a cuyas convocatorias faltó a menudo por sus interminables horarios laborales.

Y porque quería aprender para contarlo mejor, Erice era de esos periodistas a los que no les importa preguntar y preguntar, aunque ello suponga dejar claras sus lagunas, un hecho que los informadores soberbios se lo tienen prohibido para perjuicio de sus lectores.

Lo recuerdan algunos de sus colegas cuando, en el frío febrero de 2016 en Iowa, Manolo, que llevaba pocos meses como corresponsal en EE UU, acudió a cubrir los caucus que abrían la carrera electoral y planteaba sin rubor las cuestiones más elementales a colegas a los que doblaba en edad y también en experiencia por haber sido siete años subdirector del periódico.

Gracias a esa consciencia de sus limitaciones —algunos le llaman humildad—, tan beneficiosa para su formación, Manolo se convirtió en un profundo conocedor de la mecánica electoral norteamericana y en las claves del éxito de Donald Trump, que plasmó en el premiado libro Trump, el triunfo del showman (Ediciones Encuentro). Transcurridos tres años en Washington, arrancaba ahora para Erice su época más explosiva como corresponsal, pero la enfermedad no le ha dado oportunidad de demostrarlo.

“Periodista de Abc, siempre”, como se definía quien trabajó en ese diario desde 1992 hasta su muerte, Erice era conservador y exponía sus argumentos con convicción, pero basándose en datos y sin levantar la voz. Por eso, quienes discreparon públicamente con él aseguran ahora no guardar ningún resquemor ni malos recuerdos de aquellos debates televisivos.

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Por el contrario, los comentarios de estas horas en las redes confirman el respeto y la simpatía hacia Manolo de sus competidores profesionales o ideológicos. Normal ante quien siempre estuvo dispuesto a ayudar a los de su periódico y a los del resto. Lo demostró en 2009, cuando colegas de otros medios le pidieron consejos y sugerencias por sus conocimientos como responsable de la web de Abc.

Por todo ello, Manolo Erice no solo ha muerto demasiado joven a sus 52 años, sino también cuando en el periodismo español hacen más falta profesionales como él que informen de lo que saben, con datos, y además sin gritar ni insultar, desde la modestia de quien tiene mucho que aprender.

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Sobre la firma

Carlos Yárnoz

Es Defensor del Lector, llegó a EL PAÍS en 1983 y ha sido jefe de Política, subdirector o corresponsal en Bruselas y París. El periodismo y Europa son sus prioridades. Como es periodista, siempre ha defendido a los lectores. Ahora, oficialmente.

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