Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Era pacifista y ahora es violenta

Al avalar las consecuencias de la violencia, el independentismo cruza la raya que deslinda la civilización de la criminalidad discursiva

La presidenta de la Asamblea Nacional Catalana, Elisenda Paluzi.
La presidenta de la Asamblea Nacional Catalana, Elisenda Paluzi.David Zorrakino (Europa Press)

Conocemos a Jordi Sánchez. Y sabemos, sin que nadie nos lo diga, que anoche durmió muy mal. No por residir en la cárcel de Lledoners, sino a cuenta de su sucesora en la presidencia de la ANC, Elisenda Paluzie. Jordi proclama desde siempre su religión pacifista y a fe que es deseable que pueda disfrutar de ella con la escudella i carn d’olla de Nadal macerada en casa. Como la disfrutarán la abrumadora mayoría de los bienintencionados socios de la entidad, que también proclaman “som gent de pau. Pero al alabar las consecuencias de la violencia, Elisenda, la actual presidenta de la asamblea, acaba de traspasar la raya que deslinda la civilización de la criminalidad discursiva.

Lo hace al modo cínico e inmoral de Quim Torra: apelando a la bondad de las movilizaciones “en clave no violenta”. Para, acto seguido y sin reparar en la contradicción, ensalzar los benéficos efectos de la violencia puesto que “hace visible el conflicto en el exterior”: siempre, claro, que a quien le rompan la cabeza sea un humilde mosso o un discreto militante de base de la Assemblea. Ni a ella, ni al presunto president.

Paluzie ensalza, jalea y aplaude la violencia en tanto que valida sus resultados según el teorema maquiavélico de que el fin justifica los medios. Aunque Nicolás de Maquiavelo fue anterior al Estado de derecho, desde el que nada de lo que viole la ley, y aún menos mediante el uso de la fuerza no legítima (toda, salvo la del Estado), es permisible.

Más información
La ANC defiende que los altercados violentos “hacen visible el conflicto” catalán en el exterior
ERC usará a Junqueras como reclamo electoral en la campaña para el 10-N pese a su inhabilitación
Buch no confía en que le ofrezcan repetir como consejero de Interior

La violencia política solo se despliega si los dirigentes sociales y los líderes políticos la propugnan, amparan o la “explican y entienden”, nos ha insistido el ensayista británico Nick Cohen; y si, además, las fuerzas del orden se debilitan. Como esto último no sucede y como ningún mosso temblará si debiere arrestar legalmente y esposar judicialmente a la ayatolá de la ANC, el único peligro para la sanidad mental de los catalanes es que ella y sus colegas subvencionados se dediquen a justificar hoy a violentos, mañana a su mentores y pasado mañana a lo peor de esa ralea.

Ella y Torra han rebasado toda decencia y todo límite de la flexibilidad política democrática. Han relajado un sindiós el umbral de intolerancia social con los violentos. Han normalizado la preeminencia protocolaria de figuras batasúnicas como la de Arnaldo Otegui en el pati dels tarongers del Palau de la Generalitat, qué blasfemia. Han salido en tromba contra la supuesta “criminalización” por el Estado de unos presuntos fabricantes de artefactos explosivos acogidos a las sulfurosas siglas CDR. Han alabado como ejemplar el modelo secesionista esloveno, que procuró casi un centenar de muertos. Hozan en la desgracia letal ajena para procurar ventaja propia. Por fortuna no exhiben el arrojo de colgar con esparadrapo en el pecho de cada discrepante una bomba explosiva con detonador, como frecuentaban aquellos terroristas del universo Terra Lliure que también hacían visible el conflicto en el exterior, el último escalón en la escala a los infiernos de la miseria moral. Contrarían al conjunto de los catalanes, también a sus seguidores bondadosos. Les ofenden. Les humillan. Les guían hacia un mundo mortuorio y fúnebre.

Inicia sesión para seguir leyendo

Sólo con tener una cuenta ya puedes leer este artículo, es gratis

Gracias por leer EL PAÍS
Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS