El caso del cadáver descuartizado que llegó en tren a “Madryz”

Hace 90 años un cuerpo sin cabeza fue hallado dentro de un cajón enviado desde Barcelona a la estación madrileña de Atocha

Ricardito sale de la Jefatura de Policía de Barcelona, en mayo de 1929.
Ricardito sale de la Jefatura de Policía de Barcelona, en mayo de 1929.Biblioteca Nacional de España

Habían pasado meses y nadie reclamaba un cajón pesado que cogía polvo en el almacén de la estación madrileña de Mediodía, en Atocha. En el envío alguien ha escrito mal el nombre de la ciudad: “Madryz” y aparece facturado, a portes debidos, en la Estación de Francia de Barcelona, el 10 de diciembre de 1928. El 1 de mayo de 1929 se decide abrirla. El mozo encargado de sacar los clavos de la madera se topa, entre restos de papel de periódico, con una sorpresa macabra: el cuerpo de un hombre con una pierna cortada. Al cadáver, además, le falta la cabeza.

Al día siguiente, los diarios publican que varios familiares se han interesado por un pariente desaparecido desde hace meses. Preguntan por Pablo Casado, tiene 30 años y se dedica a fabricar cajas de lujo para bombones que vende por toda España, recogen las hemerotecas. Dicen que desde Madrid había marchado a Barcelona en los últimos días de noviembre o principios de diciembre. Le pierden el rastro en torno al 6 u 8 de diciembre.

Lo describen los parientes como “moreno, extraordinariamente velludo, refinado hasta la exageración en el aseo personal”. Más adelante, alguno de sus clientes recordarán de él que le gustan las joyas y que luce varias sortijas en sus dedos. Añaden que tiene fama de buen muchacho, pero que es demasiado aficionado a divertirse. Un dato de la descripción resultará crucial para conocer el destino de Pablo: los parientes afirman que ha sido operado de hidrocele (una inflamación en el escroto) y ese detalle lleva a identificar antes de lo previsto el cadáver, que presenta una cicatriz que el cirujano que lo operó reconoce en la morgue.

El mozo que abrió el cajón, junto a él, en la Estación de Mediodía (actual Atocha) de Madrid, en 1929.
El mozo que abrió el cajón, junto a él, en la Estación de Mediodía (actual Atocha) de Madrid, en 1929.BNE

¿Quién era Pablo Casado? Oriundo de Porcuna (Jaén), había llegado de joven con su madre a Madrid tras agotárseles el dinero de la herencia paterna. Para subsistir, él se coloca como mozo de una fábrica de cajas de cartón y su madre cose ropa de muñecas. Hábil con el dibujo, se aficiona a pintar cajas de bombones y de ahí saca un sobresueldo. Muchos años más tarde, ya en Barcelona, decide vender los olivares que aún le quedaban en Jaén para comprar maquinaria que instalar en los bajos de su casa en el barrio de Sant Gervasi, donde regenta su pequeña fábrica de cajas de cartón.

Las pesquisas se inician de inmediato en Barcelona. En el domicilio de Casado la policía encuentra el resto de unas manchas que han sido lavadas. Varias operarias de su fábrica se habían extrañado, y así lo declaran a la policía, de que la casa estuviera tan limpia tras un fin de semana, el último del que se tuvo noticias de su patrón. No era algo frecuente.

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Pasan decenas de testigos por la comisaría. Sobre un puñado de ellos se cierne la sospecha. Entre ellos, el criado de la víctima, Ricardo Fernández Sánchez-Seco, Ricardito, de 26 años, originario de Pastrana (Guadalajara). Es un hombre pequeño y contrahecho que ha venido trabajando como sirviente de Pablo Casado desde que lo conoció, cinco años atrás, en una tertulia en Madrid. También un amigo cercano, José María Figueras, y un antiguo socio, Antonio Aragón, quedan detenidos. En una carta de agosto, Casado se lamentaba de algunos disgustos con él. Al cabo de unos días, la policía lo deja en libertad. En otro punto también se arresta a otro socio, Luis Moret, con el que Casado había compartido vivienda, pero la policía lo libera. Sánchez y Figueras son ya los principales sospechosos.

En los interrogatorios se insinúa de manera más o menos velada la homosexualidad de Casado. Como era habitual en la época, el fabricante de cajas la ocultaba. Unos clientes suyos en Salamanca aseguran que solía mostrarles fotos de muchachas, a las que llamaba sus novias, pero que en realidad solo quería a una de verdad, Sara Cristelli. También en Santander, Zamora o Madrid ha cortejado a jóvenes, a las que regala cajas de bombones. Al dueño de una confitería le confiesa que quiere ser rico para construir una magnífica sepultura donde guardar los restos de su madre y reposar él cuando muera. En una de sus últimas cartas invitaba a un representante a visitar la Exposición de Barcelona, que se inauguraría pocos días después de la aparición de su cuerpo mutilado. Pero en esas cartas no hay nada que sugiera que se sintiera amenazado.

Una plancha y una sierra

Ante las preguntas de los policías,  Figueras, un joven de la clase alta burguesa de la ciudad, se muestra firme y tranquilo. Ricardito, en cambio, parece más nervioso. Pero los largos días de interrogatorios hacen mella en el ánimo de Figueras, y, aunque siempre niega la autoría del crimen, a ratos se viene abajo.

A Ricardito le muestran una plancha con una mancha de sangre y una sierra que había aparecido en el lugar. Se desvanece, pero se mantiene firme en su inocencia. Eso sí, asegura que su amo le debía 400 pesetas y le adeudaba también otras 150 pesetas por un préstamo pendiente de cobro. La situación económica de Casado era apurada: llega a pedir a sus obreras pequeñas cantidades de dinero para atender necesidades básicas. Ricardo carga contra el otro sospechoso: lo acusa de dormir a menudo en casa de su patrón. Las pesquisas policiales cercan al joven burgués: tiene un laboratorio de química y el cadáver había aparecido tratado con un producto con idea de ralentizar la descomposición.

En un renuncio, Ricardito dice que a su patrón lo mataron unos asaltantes. Ese desliz y los indicios acumulados llevan al juez a ordenar una reconstrucción de los hechos. La noche del 22 de mayo, en el trayecto desde la cárcel a la que había sido su casa, pregunta a los agentes qué pena le correspondería; ellos lo animan a confesar para que vea reducido el castigo. Cuando llega al domicilio de la calle Orteu y ve un cajón de madera usado para la reconstrucción, se viene abajo: solo él, a pesar de su corta estatura y debilidad física, fue autor del crimen y el descuartizamiento.

La víctima del crimen, Pablo Casado.
La víctima del crimen, Pablo Casado.BNE

Y así confiesa que lo hizo: la noche del sábado 8 de diciembre de 1928 estaba solo en la casa. Su amo había ido a cenar a casa de unos amigos. Él se acostó, pero cuando llegó Pablo Casado, sobre la medianoche, lo despertó para pedirle que le preparara una sopa y un huevo. Le contestó que no eran horas de cenar y que le debía cuatro mensualidades. Entonces su amo le arrojó un objeto, mientras lo insultaba. Y él cogió una plancha eléctrica y le atizó con fuerza. Casado se asió de su pelo y le arrancó pelos, que aún conservaba el cadáver cuando fue descubierto en la estación de Atocha. Con el cuerpo yaciente, al cabo de un rato, Ricardito cogió cuchillo y sierra, y lo descuartizó para que cupiese en la caja. Guardó la cabeza entre algodones y papeles. El cuerpo lo metió en el cajón y lo arrastró por las escaleras, hasta el portal.

Al día siguiente envolvió la cabeza y con ella bajo el abrigo se dirigió en tranvía hasta el puerto de Barcelona, donde arrojó el bulto junto a un barco. De vuelta a casa, limpió las huellas y recogió el piso. Llegado el lunes, Ricardito les dijo a las muchachas de la fábrica que su patrón estaba ausente. Ellas pasaron confiadas junto al cajón que contenía el cuerpo. El asesino, con un carretón que había pedido prestado al casero, lo llevó a la Estación de Francia y lo facturó para Madrid.

Tras la reconstrucción, el juez le pidió al asesino confeso que escribiera el nombre de la capital de España. Ricardo Fernández Sánchez escribió “Madryz”. Solo quedaba pendiente encontrar la cabeza perdida de Pablo Casado. Días pasaron los buzos sumergiéndose en el muelle de Sant Bertran de Barcelona para hallarla. Nunca apareció.

La noticia de la resolución del caso resonó en toda España. El juez instructor rechazó un banquete popular que se le prepara en homenaje a su labor. Tendrán que pasar unos meses, hasta el 3 de febrero de 1930, para que empiece el juicio, pero el interés que ha suscitado el asesinato no ha decrecido. Frente al palacio de Justicia, desde la madrugada, se forman colas de público que quiere ver a Ricardito y el famoso cajón de madera. El relato de los hechos desvela que amo y criado mantenían una relación más allá de la laboral. Ricardito lo niega. Su defensa arguye que reconoció la culpa solo por el agobio de la incomunicación y los constantes interrogatorios. La condena llega el día 18 de febrero de 1930: 16 años de prisión por homicidio y una indemnización de 30.000 pesetas a los familiares de su amo, Pablo Casado.

El honor dañado por 'La huella del crimen'

El caso del cadáver descuartizado protagonizó el último capítulo de la famosa serie de televisión La huella del crimen, producida por Pedro Olea, que TVE emitió el 24 de mayo de 1985. Pero aquella noche los telespectadores se encontraron con un extra: la cadena emitía una declaración de Olea "con el fin de dar una reparación al posible deterioro del honor" de José María Figueras. Ya con 78 años, uno de los amigos y detenidos por la muerte de Casado, como recogen las hemerotecas. En declaraciones a EL PAÍS, Figueras se lamentaba de cómo toda su vida se había sentido perseguido por la calumnia: "al cabo de casi 60 años de aquello, un programa de televisión resucita de nuevo la mentira". En el programa se le llamaba Fàbregas, y se mostraba que había mantenido una relación sentimental con Casado. El protagonista de la película Arrebato, Joaquín Navascués, más conocido como Will More, daba cuerpo al personaje.

Las disculpas de Pedro Costa no bastaron y José María Figueras interpuso una demanda contra el productor y TVE, a los que reclamaba 50 millones de pesetas (300.000 euros). El juez absolvió a ambos al entender que Figueras había dado el consentimiento para la emisión del programa.

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Sobre la firma

José Manuel Abad Liñán

Es redactor de la sección de España de EL PAÍS. Antes formó parte del Equipo de Datos y de la sección de Ciencia y Tecnología. Estudió periodismo en las universidades de Sevilla y Roskilde (Dinamarca), periodismo científico en el CSIC y humanidades en la Universidad Lumière Lyon-2 (Francia).

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