LA ANTIGÜEDAD EN CHANCLETAS 4

De veraneo con un etrusco, entre oscuros presagios

La lectura en la isla de la novela de Mika Waltari sobre el pueblo que precedió a los romanos tiñe las vacaciones de misterio y augurios

Ilustración de Javier Olivares.
Ilustración de Javier Olivares.

Tras una larga relación de años con los etruscos, ese notable pueblo de la antigüedad del que tanto heredaron los romanos (las fasces, sin ir más lejos, el emblema de la autoridad de los magistrados que portaban los lictores), siempre acabo volviendo irremediablemente a los tópicos acuñados sobre ellos. El misterio, la obsesión con la muerte y el mundo de ultratumba, la atmósfera de melancolía y grandeza perdida que les rodea, la adustez rayana en la crueldad, la manía adivinatoria... Es pensar en los etruscos (que se llamaban a sí mismos rasenos) y envolverme una ensoñación crepuscular de arúspices, guerreros ceñudos de rara panoplia y rostros tintados de rojo, terribles piratas marinos, tumbas pintadas con nadadores, leopardos, divinidades siniestras, demonios, grifos e hipocampos. Es que ya simplemente los nombres de sus ciudades, Tarquinia, Vulci, Vetulonia, Populonia, y de sus tumbas, la del Orcus, la de los Escudos, la de las Leonas, la de Tifón, me inducen un estado de alelada tristeza teñida de maravilla. Recuerdo que había en Barcelona un restaurante que se llamaba Los Inmortales (hoy Sagués) y estaba decorado con copias de pinturas de frescos de los sepulcros etruscos y yo apenas podía comer, transportado por las imágenes de los banquetes funerarios y el mundo de ultratumba, estado de ánimo del que trataba de sobreponerme bebiendo mucho Brunello di Montalcino en honor del dios Fufluns.

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Es, por supuesto, todo lo antedicho, el efecto del síndrome etrusco, la etruscomanía, ese romanticismo que viene ya de antiguo (afectó al mismísimo emperador Claudio) y que sublimó D. H. Lawrence en sus Atardeceres etruscos (Laertes, 1993). Pues bien, este verano en Formentera me está siendo muy etrusco. No solo por el ambiente general, que es así como de fin del mundo y negros augurios (cinco cormoranes negros por popa el otro día en barco, cortando la estela, tantos como camareros han dado positivo en El Pirata, al que le han echado el cierre), y porque en Italia se les esté dedicando oportunamente varias exposiciones (que de momento no vamos a visitar), sino porque me he leído por fin, de vacaciones, El etrusco, de Mika Waltari. De resultas, me he vuelto algo taciturno, observo el cielo y la tierra en busca de presagios -para determinar a qué playa ir, por ejemplo, si habrá mesa en Sa Platjeta, o en qué chiringuito está Kate Moss-, y me detengo en los caminos cuando encuentro algún animal atropellado para observarle las vísceras, a ver qué puedo leer en ellas. Es sabido que los etruscos eran los grandes cracks de la hepatoscopia, el examen del hígado de las víctimas rituales para descubrir la voluntad de los dioses. Por cierto, ¿alguien sabe dónde tienen el hígado una lagartija o un lirón chafado?

He leído la novela de Waltari en la edición de Edhasa de 2019, ya que no he encontrado en casa la que heredé de mi madre (Editorial Éxito, 1958), que estará enterrada en algún lugar de la sección de historia clásica de mi biblioteca, como una urna perdida en una tumba de Volterra. Mira que me gustaron Sinuhé el egipcio y El ángel sombrío, mis novelas favoritas de Waltari, pero con esta no conseguía decidirme. Es verdad que una novela que se llama El etrusco y tiene 640 páginas cuesta llevártela a la playa.

Pocas películas

La mala suerte histórica de los etruscos, ninguneados por sus sucesores romanos y una posteridad poco amante de la diversidad que los ha convertido en paradigma de pueblo raro, ha afectado incluso a su plasmación en la ficción. Novelas a mí solo me salen la de Mika Waltari y Quimera, de Valerio Manfredi (Grijalbo, 2002), un estupendo thriller arqueológico con monstruo etrusco. Y, a ver, ¿cuántas películas recuerdan de etruscos? Yo la verdad solo una, en la que eran los malos. El filme, carne de sesión continua en cine de barrio, es Brazo de hierro (Il colosso di Roma, 1964), de Giorgio Ferroni. Cuenta, con muchas licencias de peplum, la historia del legendario Mucio Escévola (el zurzo), el héroe romano que decide convertirse en terrorista suicida avant la lettre y penetrar en el campamento de los etruscos -que tienen sitiada la pequeñita Roma de entonces- para asesinar a su monarca, el famoso Lars Porsena, valedor del último rey de Roma, Tarquinio el Soberbio. Es curioso que en el caso de muchos de mi generación la primera vez que oímos hablar de Porsena, Tarquinio y los etruscos, aparte de en los cromos de Vida y Color 2, fue en una tarde de sábado en el cine comiendo palomitas y bebiendo Mirinda. Fracasado en su empeño y capturado, el valiente Mucio, a la sazón Gordon Scott, metía la mano culpable del fracaso (la derecha, a partir de entonces se volvió zurdo forzoso) en un brasero y la dejaba arder estoicamente mientras advertía al monarca etrusco de que en Roma había docenas de hombres como él dispuestos a cumplir la misión, lo que hacía que Porsena, al que debía desagradar la barbacoa, levantara el sitio.

Leo en la indispensable El peplum, la antigüedad en el cine, de Rafael De España (de la estupenda Biblioteca del Doctor Vértigo de Glénat, 1998), que hay alguna otra película con etruscos, notablemente Las vírgenes de Roma (1960), que muestra no a las vestales sino a ¡amazonas romanas! luchando contra ellos y en la que también aparece ese otro héroe mutilado, Horacio Cocles (tuerto), que afrontó él solo en el puente al enemigo, luchando por las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses (“for the ashes of his fathers/ and the temples of his gods”), como estableció Macaulay y parafraseó sorprendentemente Tom Cruise en Oblivion. Del poco glamour que se daba a los etruscos en mi niñez da fe el que, cuando jugábamos a guerreros antiguos, mi hermano mayor siempre encarnaba él a los romanos, a mí me correspondían los cartagineses (al menos tenía conmigo a Aníbal) y a mi primo pequeño Eudoro -al que en propiedad, con ese nombre, le tenían que haber tocado los griegos- le endosábamos los etruscos, como excusa para currarle.

Pues bien, la novela de Mika Waltari no solo me ha gustado, sino que me ha entusiasmado. Es cierto que me ha sorprendido un punto, a la luz de la trama, el título en castellano, pues parte de la intriga del libro consiste en averiguar quién es en realidad el protagonista, Turmo, y cuáles son sus raíces y su pueblo. Vamos, que de que es etrusco no nos enteramos, en teoría, hasta que pasa más de un centenar de páginas (el título original es Turmo, el inmortal). El etrusco, puro Waltari, guarda muchos parecidos con Sinuhé, el egipcio y El ángel sombrío. También aquí tenemos un protagonista que guarda un misterio de nacimiento, que anda a tientas en busca de un destino, que viaja, que vive grandes episodios de la historia de su tiempo y es incluso decisivo en ellos, y que traba relación con personajes históricos de la mayor importancia. El arco temporal en que se mueve Lario Turmo es el de las Guerras Médicas (las de los persas contra los griegos), el principio del ascenso de Roma y el inicio del declive etrusco. La novela, que arranca en Delfos, donde nuestro etrusco consulta el oráculo, y nos lleva por Asia Menor, Chipre, Sicilia (inmersa en las luchas entre las colonias griegas y los cartagineses), Roma y las ciudades etruscas, está llena de aventuras. Turmo pelea como hoplita griego, se embarca como pirata en una nave focense, ayuda a conquistar un reino a su amigo espartano, combate con el contingente etrusco en la decisiva batalla de Himera (480 a. de C.), es sentenciado a muerte por los romanos y acaba teniendo una revelación en la necrópolis de Clusio. En el camino consulta a la pitonisa délfica y a la sibila de Cumas, conoce a la superiora de las vestales, a Coriolano, al general cartaginés Amílcar Magón, a un agente del Gran Rey persa Jerjes, a varios lucumones (gobernantes sagrados de los etruscos), a un pintor de tumbas…

Promiscua sacerdotisa de Afrodita

En la novela tienen una presencia decisiva las mujeres características de Waltari: las que ayudan al protagonista en su trayecto vital y las que le perjudican. De las dos hay en El etrusco, pero destaca, robándole parte de la función a Turmo, la inolvidable sacerdotisa de Afrodita en el templo de la diosa en Eryx, Arsinoe (de verdadeo nombre Istafra). Es ella, una femme fatale al estilo de la Nefernefernefer de Sinuhé (y también tiene un gato), mala como ella y un verdadero pendón (por no decir un auténtico putón verbenero) pero a diferencia de la egipcia definitivamente encantadora, la responsable de que la novela tenga a ratos un tono de humor ligero y frívolo, casi de vodevil, que contrasta deliciosamente con la seriedad esencial, de rigor, del etrusco protagonista. La aparición de Arsinoe en el libro me supuso un reencuentro de alta carga emocional, pues yo también, como Turmo, visite hace años (algunos menos que él) el templo de la diosa en Eryx (Erice) y caí bajo el poder de la Venus Ericina. No es por comparar, pero le pasó lo mismo a Lawrence Durrell, que en Carrusel siciliano (Noguer, 1990) dedica unas hermosas páginas a Erice y el santuario, hoy bajo el castillo normando. Curiosamente, Turmo va a ver a la Afrodita de Eryx para que le ayude en un mal de amores. Pero lo que ocurre es que el etrusco se enamora perdidamente de la sacerdotisa que encarna a la divinidad, una hetaira de cuidado, y, tras un encuentro de alto voltaje (Waltari es muy bueno describiendo escenas eróticas), la convence para huir juntos. Lo que sigue es digno de una película de Cukor: Arsinoe, educada en las espumosas artes de Afrodita, es tan caprichosa, inconstante, voluble y promiscua que Turmo va de cráneo a su lado. La ex sacerdotisa lo engaña y lo vuelve del revés como un calcetín mientras el etrusco llega a olvidar la búsqueda de sus orígenes.

El etrusco está lleno de cosas sensacionales: Turmo conjurando tormentas (un poco a la manera de los mutantes superhéroes de Marvel no es consciente de sus poderes y los descubre poco a poco), Arsinoe recibiendo de un admirador los pendientes de oro de un jerarca naval cartaginés con los lóbulos de las orejas desgarrado aun sujetos a las joyas, una carga de carros de guerra, el perro sagrado de Segesta, que tiene novia humana…

Probablemente lo mejor de El etrusco es la manera en que a través de las andanzas novelescas y de la mirada de Turmo resucita y reivindica, adelantándose años a la historiografía, a un pueblo bastante maltratado. Solo por eso hay que quitarse el sombrero ante Waltari. Como Gore Vidal en Creación, que aborda el mismo periodo desde la perspectiva persa y desde Oriente, el autor finés nos permite adoptar una mirada distinta a la habitual. En este caso, colocándose en el otro extremo, señalando cómo los romanos, parvenues de la historia, codicioso y vulgares, se limitan a saquear, copiar y deformar de manera tosca, en sus “bastas costumbres”, la cultura etrusca, mucho más refinada y en la que la mujer, por ejemplo, tenía una categoría muy superior a la que disfrutaban romanas y griegas… Otro punto para los etruscos.

He salido a bucear pensando en ellos. El mar se impregna de su serenidad melancólica y todo bajo las olas revela una profunda belleza cargada de presagios. La posidonia -que parece un nombre de ciudad etrusca- agita sus cabellos verdes de diosa de las profundidades. Los exraños peces golondrina o chicharra (Dactylopterus volitans, xoric en catalán), con fisonomía de quimeras, despliegan sus grandes aletas semejantes a alas de ribetes azules mientras las pastinacas (ferrassa) vuelan sobre la arena pura del fondo con una gracia divina y una premeditación que harían las delicias de cualquier arúspice submarinista. He buscado, zambulléndome una y otra, vez él caballito de mar negro que es el símbolo de la espiritualidad y el misterio etruscos en la novela de Waltari. No lo he visto pero he cubierto mi viejo coche de adhesivos formenterenses con su silueta y a él me encomiendo al igual que Turmo para que la vida y el destino no nos pasen por encima como a los etruscos y nos conviertan como a ellos en fantasmas, arqueología y olvido.

Próxima entrega: Serpientes clásicas y de hoy en las vacaciones

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Sobre la firma

Jacinto Antón

Redactor de Cultura, colabora con la Cadena Ser y es autor de dos libros que reúnen sus crónicas. Licenciado en Periodismo por la Autónoma de Barcelona y en Interpretación por el Institut del Teatre, trabajó en el Teatre Lliure. Primer Premio Nacional de Periodismo Cultural, protagonizó la serie de documentales de TVE 'El reportero de la historia'.

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