Salud mental
Tribuna
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Odiar es malo para la salud

A nivel físico, el odio genera un estado de excitación que puede producir tensión muscular, malestar gastrointestinal, hipertensión y sentimientos de sobrecarga

El odio es un sentimiento negativo que solo hace daño a quien lo siente y padece; a las personas odiadas no les llega nada de ese odio.
El odio es un sentimiento negativo que solo hace daño a quien lo siente y padece; a las personas odiadas no les llega nada de ese odio.UNSPLASH

A una persona puede caerle mal alguien, entre otras razones, por el tipo de conductas que adopta, por su forma de pensar o por sus valores en la vida. Esta actitud negativa, que se genera a un nivel cognitivo, lleva a una conducta de alejamiento o de evitación de esa persona, pero no entraña habitualmente una emoción brusca contra ella y mucho menos el desarrollo de un deseo de venganza.

Odiar, sin embargo, supone mostrar o, al menos, sentir una profunda animadversión contra alguien, a quien se atribuye alguna humillación u ofensa, y desearle algún tipo de mal. El odio no necesariamente se encamina a acciones directas de maldad, como agresiones o insultos, porque la persona puede conservar el sentido de la realidad (el temor a sanciones o reproches) o contar con inhibiciones morales que le impidan transformar un sentimiento de antipatía visceral en una conducta de destrucción de la persona odiada. Más frecuentemente, el rencor se manifiesta en forma de calumnias o, de un modo más sutil, en forma de difamaciones malévolas y constantes.

La humillación, más aún si es pública, es el motor principal del odio, sobre todo en personas inseguras. El efecto del rencor se ha hecho más visible actualmente porque algunas redes sociales se han convertido en un lugar en el que escupir odio (en forma de racismo y xenofobia, homofobia o descalificación personal de los adversarios políticos), burlarse del dolor ajeno, quebrantar la intimidad o insultar a diestro y siniestro. No todo es odio en las redes sociales, pero el grado de anonimato y el sentido de impunidad que esas redes pueden proporcionar hace que mucha gente, alentada por el carácter viral que el odio suele adquirir, pierda la inhibición a la descalificación, el insulto o la amenaza.

El rencor se manifiesta en forma de pensamientos de desprecio, de sentimientos de ira intensa y mantenida en el tiempo y de conductas de alejamiento o de enfrentamiento con el ofensor. Hay veces en que el odio se vive de una forma tosca e intensa, como una auténtica pasión, y otras de modo menos absorbente, como un resentimiento crónico que se perpetúa en el tiempo y que incluso se transmite generacionalmente. El odio, que puede llegar a ser algo obsesivo, suele venir acompañado de una descalificación moral e incluso de una deshumanización de la persona rechazada y, por ello, anula la compasión, que es inherente al ser humano.

Los odios pueden ser individuales (como el que se puede mostrar a la expareja porque, en este caso, es fácil transformar una emoción intensa positiva en una negativa si se frustran las expectativas fijadas en la relación y se culpa a la otra persona por ello), colectivos (contra los homosexuales, los musulmanes o los inmigrantes, por citar algunos ejemplos,) o mutuos (unos extremistas políticos o unos fanáticos religiosos contra otros de signo diferente). Los rencores colectivos o mutuos están basados en prejuicios que pueden transmitirse generacionalmente y que dan cohesión al grupo que los comparte. Las personas pueden reconocer los odios colectivos, pero no los individuales porque estos pueden generar malestar emocional, como desasosiego o sentimientos de culpa, y no cuentan necesariamente con un apoyo social.

Desde el punto de vista de la salud, el odio es un sentimiento negativo que solo hace daño a quien lo siente y padece; a las personas odiadas no les llega nada de ese odio. Es algo así como beberse un veneno y esperar a que muera la otra persona. A nivel físico, se genera un estado de excitación que puede producir tensión muscular, malestar gastrointestinal, hipertensión y sentimientos de sobrecarga. Y, a nivel psíquico, el odio supone un reconocimiento doloroso de la impotencia o inferioridad ante la persona odiada. Vivir con rencor o con deseos de venganza es malo para la salud porque genera más odio y no le deja a la persona seguir adelante sin esa pesada carga, paralizando su proyecto de vida. Porque el rencor es como una vaca metida en un charco: cuanto más patalea, más se atasca.

El odio, que es la vivencia del agravio padecido, es una respuesta primaria y moviliza grandes emociones, pero el rencor enquistado hacia otra persona absorbe la atención, encadena al pasado, impide cicatrizar la herida y, en último término, dificulta la alegría de vivir. Es difícil implicarse en proyectos positivos cuando una persona está atrapada por el odio, respira por la herida sufrida y mantiene centrada su atención en la afrenta pasada.

En algunas personas el rencor puede llegar a crear sentimientos de culpa, como también ocurre en el caso de la envidia, porque no pueden evitar desear el mal de la persona odiada y ello va en contra de su conciencia moral y del sistema de valores asumido, lo que puede llevar a mantener el rencor en la intimidad, sin confesarlo a nadie. En estos casos odiar puede convertirse en un desprecio de sí mismo.

Con frecuencia, el odio no termina nunca de extinguirse y crea una excitación emocional negativa en la persona que lo padece, por lo que es un mecanismo de adaptación negativo. Es más, hay quienes, por un fenómeno de generalización, llegan a transformar el odio a alguien concreto en un resentimiento contra el mundo entero.

Hay personas predispuestas al odio, como las desconfiadas, las inseguras y las carentes de empatía. El resentimiento enfermizo está ligado a una especial hipersensibilidad para sentirse herido o maltratado, lo que lleva a una deformación de la realidad. Los mecanismos del olvido podrían neutralizar el odio, pero en estas personas hipersensibles la memoria de la humillación vivida o percibida como tal impide el olvido.

El odio es muy resistente a la extinción, pero a veces se atenúa durante algún tiempo o pierde intensidad cuando la persona tiene algún éxito personal o profesional o se aleja física y emocionalmente de la persona odiada. Prevenir el odio supone potenciar la estabilidad emocional, la empatía, el perdón y la capacidad de admiración por los logros de los demás.

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Sobre la firma

Enrique Echeburúa

Es catedrático emérito de Psicología Clínica en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), académico de número de Jakiunde (Academia Vasca de las Ciencias, Artes y Letras) y de la Academia de Psicología de España. Ha sido galardonado con el Premio Euskadi de Investigación en Ciencias Sociales 2017 por su trayectoria científica e investigadora.

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