El viernes 13 de Igualada

La localidad lucha por mantener una falsa normalidad, con tiendas abiertas y no siempre respetando las distancias

Controles de acceso y salida de las Brigada Mobil de los Mossos d'Esquadra  en las inmediaciones de Igualada, Vilanova del Cami y Santa Maragrida de Montbui despues de que ayer estos municipios se declararan zonas confinadas por la epidemia de Coronavirus.
Controles de acceso y salida de las Brigada Mobil de los Mossos d'Esquadra en las inmediaciones de Igualada, Vilanova del Cami y Santa Maragrida de Montbui despues de que ayer estos municipios se declararan zonas confinadas por la epidemia de Coronavirus.MASSIMILIANO MINOCRI
Diego Fonseca
Igualada -

Es posible que el cine nos haya hecho mucho mal. ¿Han visto esas películas donde una ciudad es sellada a cal y canto por policías vestidos como robots inapelables? ¿Cómo revientan a los que protestan? ¿Cómo la gente se escuece y se mete en casa antes de que un ejército oscuro se la cargue?

Pues nada de eso pasa en Igualada. El primer día en que fue convertida en la Lombardía italiana, la ciudad —40.000 habitantes que capitanean La Anoia catalana— no había súperpolicías en la puerta de casa. Los Mossos que vigilaban las salidas parecían policías de tránsito apenas protegidos por un tapabocas y guantes de látex. Igualada no es, tampoco, Wuhan. La Generalitat dista de ser el Estado chino y los igualadinos no albergan el mismo espíritu colectivista, obligado o cultivado, de los hijos del Oriente.

Y he aquí el punto: aquí, señores, un confinamiento no es tan confinamiento. Ni Wuhan, ni Robocops, ni un futuro distópico. Más bien, lo que hubo es un lockdown mediterráneo. Y no creo que sea demasiado bueno. El viernes 13 —tiene su épica tener esta sensación de fin del mundo justo ese día— empezó a desperezarse a media mañana. Más de la mitad de las tiendas del centro de Igualada —electrónica, ropa, juguetes, zapatos, utensilios de cocina: el corazón de un pueblo— estaban cerradas y había poca gente por las calles, mirándose unos a otros en la duda entre la solidaridad y la sospecha. La explanada que suele reunir a los castellers catalanes, lucía vacía. Las peatonales, resecas. El municipio, fantasmal. Lo único vivo por buena parte de la mañana era el movimiento lánguido de las senyeras catalanas en los balcones y ventanas.

Pero algo cambiaba al salir del corazón de la ciudad. Media docena de bares hacia la salida de Barcelona, otro tanto hacia el sur, tenían ocupados la mitad —o más— de los salones. En alguno, mesas llenas unas junto a otras. Gente fumando y riendo en las terrazas, burlándose de la perra suerte o acojonados porque les tocase el virus cerca de la Pascua. Todo eso ocurría antes de que se ordenase por la tarde el cierre de comercios no esenciales.

En los supermercados, la gente fluía sin césar. Los pasillos tenían público, pero no gentío. Todos igual: civilizados y civiles. Civilizados: nadie se agitaba. Civiles: excluido un señor muy preocupado ante una fila de panes —“¡Esto es como una guerra!”—, nadie se pertrechaba para la guerra bacteriológica. Y eso quiere decir: casi ningún tapabocas y pocos, poquísimos, guantes.

Es complejo estar en modo encierro pero con permiso para andar en público y, parece, poca práctica para encajar las medidas de higiene de una pandemia virósica. “Esto es como estar dentro de una cápsula, chico”, decía una empleada de Caprabo en un café del polígono industrial de la ciudad, entretenida con su chocolate, un croissant y un cigarrillo inagotable en una charla de mesa a mesa —un metro de distancia— con una mamá y sus dos niños. “Hay que hacer la vida tan normal como sea posible”.

Puede ser, o tal vez, mejor, no. Porque un confinamiento, para funcionar, debiera mantener la distancia social de manera estricta. Nadie entra, nadie sale y todo mundo en casa. Pero pasado el mediodía del primer día de encierro más comercios abrieron y la gente se movía por los supermercados y las tiendas sin atender demasiado al metro de distancia sugerido. Decenas y decenas de consumidores se renovaban en los supermercados, desde Mercadona a Consum, del Spar al Sebastián, sin mascarillas (que no hay) ni guantes desechables (que sí hay). En una verdulería, el dueño tomaba el dinero con las mismas manos descubiertas con las que despachaba tomates, calabazas y zanahorias para los niños.

Seamos claros: una gran cantidad de habitantes de Igualada está aprendiendo a tomar distancia después de ser sorpresivamente señalados por el dedo negro del virus. Hay decenas de comercios con mesas frente a los mostradores para garantizar distancia sanitaria con los clientes y cientos de dependientes usan guantes o tapabocas. Pero basta que pocos se lancen a los bares a chapotear en la socialización conocida para que el propósito de una aislación controlada vaya al traste. “La gente se lo toma en serio”, me dijo un vecino en una terraza cerca del municipio. “Pero tomará un tiempo”.

Cierto, pero, ¿hay? En apenas dos días, Igualada pasó de 20 a 58 casos confirmados y habrá peores noticias. La ciudad se revolvía en la duda sobre los siguientes pasos al mediodía del viernes 13. Entonces, poco antes de comer, el alcalde, la policía y varias fuerzas sociales discutían si ordenaban el cierre compulsivo de los locales privados. A unos pasos del viejo edificio municipal, el dueño de un bar exponía la posible razón de esas dudas: quién paga los salarios e ingresos caídos. El debate es un buen reflejo de época: salud pública versus mercado; la vida sana de los vecinos versus la subsistencia económica de esos mismos vecinos.

La balanza debiera ir por la salud de las personas, claro. Pero también las personas debieran asumir que esto demanda más que una decisión del Estado. Es difícil abandonar costumbres, pero quizás sea hora de que el gregarismo sureño se contagie de alguna frialdad nórdica. Nada de manos, nada de besos. Nada de bares, el café de la mañana, la caña de las siete. A casa, que la vida debe seguir.

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