Internet y movilidad propia: las barreras invisibles de los programas de vacunación en EE UU

Personas aptas para inmunizarse contra la covid-19 aseguran que el sistema deja fuera a los grupos más vulnerables

Una mujer es atendida por personal sanitario tras recibir la vacuna de Moderna en Los Ángeles, en febrero.
Una mujer es atendida por personal sanitario tras recibir la vacuna de Moderna en Los Ángeles, en febrero.Mario Tama (GETTY IMAGES)

Es un hecho que en Estados Unidos reunir los requisitos para una vacuna no significa que alguien puede obtenerla inmediatamente. Inclusive, el poder ocupar uno de los primeros lugares de la fila no es el mismo para todos. ProPublica ha descubierto que algunos programas de vacunación llevan desigualdades por diseño, y que, intencionalmente o no, crean barreras que perjudican a quienes corren un mayor riesgo de morir por la enfermedad.

En muchas de las zonas del país, es más difícil programar una cita para vacunarse si no se tiene acceso a internet. Algunas áreas únicamente ofrecen la opción de vacunarse en centros que solo atienden a personas en automóvil, lo cual excluye a personas que carecen de un vehículo o que no cuentan con alguien que los lleve. En otros lugares, quienes no hablan inglés tienen problemas para obtener información en las líneas de ayuda y los sitios web del Gobierno. Un Estado incluso se niega rotundamente a permitir que los trabajadores indocumentados con empleos de alto riesgo tengan prioridad para la vacunación. El suministro de vacunas es demasiado escaso para vacunar a todos los que cumplen los requisitos y la competencia resulta feroz.

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“Mi pesadilla es que tengamos un sistema de salud de dos niveles en el que hay personas ricas, privilegiadas o conectadas, y luego queden todos los demás,” dijo Jonathan Jackson, director del Centro de Investigación sobre Acceso, Reclutamiento y Participación Comunitaria del Hospital General de Massachusetts y de la Facultad de Medicina de Harvard. “Una vez que lleguemos a ese punto de saturación, en el que todos en el primer nivel hayan recibido sus vacunas, la narrativa cambiará a la culpabilidad. Se dirá ‘¿por qué no han resuelto esto aún?”

Desde el momento en que su padre de 69 años , José Balboa, cumplió los requisitos para vacunarse, Kristine Mathason ha pasado parte de cada día en el teléfono o en internet tratando de obtener una vacuna. Encontró citas disponibles varias veces, pero no pudo encontrar la forma de llevar a su padre al centro de vacunación. Balboa tiene parálisis del lado izquierdo a consecuencia de un accidente cerebrovascular y necesita una silla de ruedas para desplazarse. En Miami, donde vive, la mayoría de las vacunas únicamente se administran a personas en automóvil.

Mathason no tiene una camioneta a la que pueda subir la silla de ruedas de su padre, y ella no puede levantarlo por sí sola. Para moverlo de su cama a la silla, su auxiliar de atención médica en el hogar usa una grúa. Es imposible usar ese aparato para subir a Balboa a un coche, dijo Mathason, porque las puertas impiden alzarlo con una grúa o utilizar el apoyo de dos personas. Balboa incluso se ha caído anteriormente cuando sus familiares trataron de moverlo.

Mathason dice que ella está “dispuesta a pasar todos los aros” que sean necesarios para vacunar a su padre. “Es una persona con riesgos altísimos: es diabético, tuvo un accidente cerebrovascular hace 17 años,” dijo ella. “Tiene alta presión arterial. Mi medio hermano, que vive con él, trabaja en un restaurante, o sea un empleo de alto riesgo. Hacemos todo lo posible”.

Mathason investigó todas las vías que se le han ocurrido, pero cada una resultó ser un callejón sin salida. Trató de alquilar una camioneta, pero carece de empleo debido a la pandemia y no pudo costearla. Pensó en Uber, pero el acceso para la silla de ruedas y el costo de esperar en el sitio de vacunación eran prohibitivos. “Mi padre es una de esas personas que, desgraciadamente, se está quedando atrás”, comentó.

Existe un servicio en el condado que ofrece transporte para personas de tercera edad, pero únicamente da servicio a un destino en particular y no esperaría con Balboa en la fila del servicio de vacunación en automóvil. Existe un inconveniente adicional: los viajes programados requieren un aviso previo de 24 horas para la partida, pero el hospital local que ofrece atención sin cita previa, los programa con menos de 24 horas de antelación. El departamento de salud del condado de Miami-Dade indicó que nuestras preguntas debían hacerse al departamento de salud del Estado, el cual no respondió a solicitudes de comentarios para este reportaje.

De acuerdo con las estadísticas de los Centros para Control y Prevención de Enfermedades (Centers for Disease Control and Prevention, CDC), aproximadamente un 14 % de los adultos en Florida tiene discapacidades que afectan su movilidad, las mismas que los CDC definen como dificultades serias para caminar o subir escaleras. Mientras que algunas personas con limitaciones de movimiento pueden acceder a un coche con mayor facilidad que Balboa, él y su familia tuvieron muy pocas opciones.

“Solo quisiera que hubieran pensado en personas como mi papá”, dijo Mathason. “¿Qué pasa con la gente que no cuenta con alguien como yo que esté tratando de mover cielo y tierra para conseguirles una cita? ¿Qué pasa con las personas que no tienen un vehículo y no pueden trasladarse a ningún lado?”

Después de más de un mes de búsqueda, Balboa recibió una llamada del centro médico donde acude a sus consultas. Habían recibido una dotación de vacunas; entonces pasaron por él y lo llevaron a vacunarse en una de sus camionetas equipadas para sillas de ruedas. Obtuvo la primera inyección el 24 de febrero.

Sin una computadora, todo es más difícil

A Eneyda Morales, de 40 años y madre de tres hijos en East Hampton, Nueva York, le diagnosticaron un cáncer de mama hace dos años y todavía está en tratamiento. Trabaja cuatro días por semana en una panadería cerca de su casa. “Me gustaría vacunarme por el problema que tengo y porque trabajo también en un lugar donde me toca atender gente”, comentó. Sin embargo, realmente no está segura de cómo obtendrá la vacuna. Mientras que muchos estadounidenses buscan la información en línea, ella no tiene computadora y no sabe como utilizarlas. Ella tiene un smartphone, pero solo lo utiliza para cosas sencillas como buscar direcciones. La única computadora que tiene en su casa es la que recibió su hija de ocho años por parte de la escuela para hacer la tarea.

El Estado de Nueva York tiene una línea de información para programar citas por teléfono, pero solo para vacunas que se administran en lugares que dirige el Estado. En el caso de Morales, el lugar más cercano queda a unas 60 millas (más de 96 kilómetros) de distancia, hora y media en automóvil. Si quisiera una cita más cerca de su casa, tendrá que contactar directamente a los hospitales y las farmacias de su localidad. Cuando los interesados llaman a la línea de información, el mensaje grabado indica que la manera más rápida de obtener información acerca de los requisitos y la programación de citas es entrar a internet.

Morales piensa obtener ayuda de OLA of Eastern Long Island, una organización sin fines de lucro. La idea es programar una cita más cerca de su casa y en uno de sus días libres. Sin su ayuda, dijo que no sabría donde comenzar a buscar.

Algunos Estados que intentaron ofrecer opciones para programar citas de vacunación con métodos aparte de internet, han tenido problemas. La línea telefónica que se estableció en Maryland se vio inundada con llamadas de personas que se quejaron por haberse quedado esperando mucho tiempo para que luego se les cortara la llamada. En Tennessee, la decisión que se tomó en el condado de Shelby para permitir que los usuarios de internet se apuntaran antes de que se abrieran las citas por teléfono, significó que todos los turnos se agotaron en internet antes de que se abrieran las líneas telefónicas.

De acuerdo con el centro de investigación Pew Research Center, aproximadamente un 10 % de la población adulta no utiliza internet. En las investigaciones se ha encontrado que los estadounidenses de mayor edad, con menor ingreso y menos educación, y que no son de raza blanca, tienen menores probabilidades de utilizar internet.

Este reportaje fue producido por ProPublica, un medio independiente y sin fines de lucro, y ha sido copublicado en español por EL PAÍS.

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