EUROCOPA
Columna
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Europa en el brazalete de Neuer

Que figuras del fútbol planten cara a la homofobia es muy relevante y deja en mal lugar a la UEFA. El viejo continente no puede permitir que se intente señalar como apestados a un colectivo

El portero alemán Manuel Neuer, con el brazalete arcoíris, celebraba con sus compañeros la victoria ante Portugal, el pasado sábado en el Allianz Arena de Múnich.
El portero alemán Manuel Neuer, con el brazalete arcoíris, celebraba con sus compañeros la victoria ante Portugal, el pasado sábado en el Allianz Arena de Múnich.MATTHIAS SCHRADER (Reuters)

El estadio Allianz Arena de Múnich que acoge este miércoles el partido de la Eurocopa entre Alemania y Hungría iba a ser iluminado con los colores del arcoíris, pero la UEFA no lo ha permitido, porque considera que es un mensaje político contra el país visitante. Hungría acaba de aprobar una ley que prohíbe cualquier contenido dirigido a menores que pueda entenderse como defensa de la homosexualidad, sea en los colegios o en la televisión. Sin embargo, el rector del fútbol europeo ha cerrado el expediente contra el portero y capitán del equipo germano, Manuel Neuer, que podrá lucir, como ha hecho en los partidos anteriores, un brazalete con el mismo símbolo del movimiento LGTBI, es decir, del respeto a las distintas orientaciones e identidades sexuales. Una bandera inédita en el fútbol masculino, en el que se grita todavía “maricón” a los jugadores mejor peinados, y donde se sigue esperando alguna salida del armario entre figuras de primera fila. En un alarde de incoherencia, la UEFA considera que el brazalete sí, porque celebra la diversidad, pero la iluminación no, porque eso es política.

La derecha nacionalista húngara pone todo su empeño en declarar apestados a homosexuales, bisexuales y transexuales. Las nuevas normas justifican la represión de esta minoría en la prevención de la pederastia, una ofensa que indigna a un colectivo muy marginado en la Europa oriental. En Polonia se extienden los municipios y regiones, en torno a un centenar, que se declaran “zonas libres de ideología LGTB”. La Unión Europea ha tomado cartas en el asunto, sin la contundencia debida, y prepara una reforma para condicionar el maná de los fondos de recuperación al respeto al Estado de derecho y la independencia judicial, lo que se dice apuntando a Budapest y Varsovia pero no será tan fácil de aplicar. La ira homófoba ya azotaba a Rusia, que cuenta desde 2013 con leyes muy duras contra la “propaganda homosexual”.

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La reacción se enfrenta a una revolución. En Occidente se ha vivido recientemente una oleada histórica de avances del movimiento LGTBI. Por supuesto que siguen existiendo la discriminación y las agresiones homófobas, pero las conquistas han sido notables. Hace más de medio siglo de Stonewall, los disturbios por el asalto policial a un bar gay de Nueva York. Casi más relevante fue lo que ocurrió en el primer aniversario de aquella revuelta: las marchas en Nueva York, Los Ángeles y San Francisco abrieron un camino sin vuelta atrás que llega hasta hoy con el día del Orgullo. Desde entonces, nada fue fácil: los ochenta fueron años de estigmatización por el sida, pero la peste sirvió también para concienciar a la sociedad. Y no fue hasta el siglo XXI cuando fueron reconocidos en buena parte de Europa y América derechos como el matrimonio, la adopción o el cambio de sexo. Una consecuencia palpable es que las nuevas generaciones se caracterizan por una aceptación de las diferencias sexuales que parece irreversible. Como lo es la nueva mirada a las distintas formas de vivir lo afectivo en la industria cultural anglosajona, la hegemónica.

Como la derecha populista es una reacción global a todas las causas progresistas, los nuevos reaccionarios ponen en la diana al feminismo, a los migrantes y a los LGTBI. Usan contra estos las mismas armas a las que se recurre en el antisemitismo: las teorías de la conspiración, presentarlos como un poderoso lobby, asociarlos a la corrupción de menores, señalar tramas ocultas para destruir la familia tradicional.

La reacción no va a ganar, pero siempre cabe el temor a dar pasos atrás: es inquietante que el Gobierno madrileño de Isabel Díaz Ayuso acepte revisar la ley LGTBI bajo la presión de Vox. Las conquistas alcanzadas ni son definitivas ni están blindadas. Que algunas estrellas del mundo del fútbol planten cara a la homofobia —alguno tan valiente como el portero de Hungría Péter Gulácsi— es relevante y deja en mal lugar a la UEFA. La gran pregunta es si Europa, conocedora de adónde llevan los discursos de odio, va a permitir que se apunte a un colectivo como los nuevos judíos.

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Sobre la firma

Ricardo de Querol

Es subdirector de EL PAÍS. Licenciado en Ciencias de la Información, ejerce el periodismo desde 1988. Inició su carrera en Ya y trabajó una década para Diario 16. Ha sido director de Cinco Días y de Tribuna de Salamanca. En EL PAÍS ha sido redactor jefe de Sociedad, de Babelia y de la mesa digital, además de columnista.

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