Los obispos dibujan un panorama catastrófico de la política española

Un informe de la Conferencia Episcopal asegura que existe un intento deliberado de desmontar la herencia cristiana en el país

El secretario general de la Conferencia Episcopal Española, el obispo auxiliar de Valladolid, Luis Argüello (izquierda), el presidente de la CEE, cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella (centro), y el vicepresidente, cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro (derecha), en una audiencia al papa Francisco en septiembre de 2020.
El secretario general de la Conferencia Episcopal Española, el obispo auxiliar de Valladolid, Luis Argüello (izquierda), el presidente de la CEE, cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella (centro), y el vicepresidente, cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro (derecha), en una audiencia al papa Francisco en septiembre de 2020.Laura Serrano-Conde (EFE)

La Iglesia católica se siente sitiada de manera doble: percibe enemistades o indiferencia extramuros y tiene enemigos en el sótano. Las denuncias por abusos sexuales a menores, además del escándalo de las inmatriculaciones de bienes ajenos y la idea de que la organización disfruta de privilegios abusivos contribuyen al desprestigio eclesiástico y lastran la eficacia evangelizadora de una confesión que se considera mayoritaria. Los obispos creen, incluso, que existe un intento deliberado de derribar la herencia cristiana en España. Lo dicen en un documento de 95 páginas que la Conferencia Episcopal Española (CEE) ha hecho público con “las líneas de acción para los cursos pastorales entre 2021 a 2025”. La jerarquía católica también tiene un concepto catastrófico de la política. “Los enfrentamientos crecen y pareciera que asistimos a un resurgir artificial de las dos Españas, de tan dramático recuerdo”, afirman.

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El documento se titula ‘Fieles al envío misionero’ y ha sido elaborado no solo por los órganos colegiados de la CEE, sino también por colaboradores externos. Contiene una decena de claves y otras tantas propuestas de solución para un país en el que, dicen, “se ha dado un gran cambio social que ha generado una sociedad desvinculada, desordenada e insegura”. Añaden: “Asistimos a una profunda crisis institucional, en la que algunos grupos políticos quisieran abrir una segunda fase constituyente. No se trata de sacralizar el régimen del 78, pero sí de afirmar que este marco político constitucional ha devuelto a España una estabilidad grande, no lograda durante siglos. La puesta en cuestión de la Constitución, la monarquía, el poder judicial, junto a las fuertes tensiones independentistas en medio de una inédita crisis económica, llenan de preocupación e incertidumbre a la sociedad española. Los enfrentamientos crecen y pareciera que asistimos a un resurgir artificial de las dos Españas, de tan dramático recuerdo”.

Entre los motivos que abonan lo que llaman un “proyecto de deconstrucción”, la CEE incluye las iniciativas legislativas del Gobierno de coalición sobre la educación, la eutanasia, el aborto, la memoria democrática y el Consejo General del Poder Judicial.

Los líderes del catolicismo español sostienen, además, que la galopante secularización y las trasformaciones sociales cada día más alejadas del modelo cristiano tradicional no ocurren de manera automática, como consecuencia de transformaciones tecnológicas y económicas, sino que son impulsadas por un intento deliberado de desmontaje de la cosmovisión cristiana. “Pareciera que hay un guion bien trazado con calendario y finalidades tremendas. Emerge, teledirigida, una propuesta neopagana que pretende construir una sociedad nueva, para lo cual es preciso deconstruir. Todo ello ocurre de manera indolora, pues la cultura de masas, basada en emociones y sensaciones, está logrando que este proceso de derribo se viva de manera casi indiferente, más aún como un logro de la libertad”.

En contra de la costumbre, la CEE no ha presentado en conferencia de prensa este documento, como si quemara la enormidad de sus afirmaciones, nada benévolas ni siquiera para la propia institución. “Los graves casos de abusos u otros comportamientos inadecuados, así como la insistencia en asuntos patrimoniales como inmatriculaciones, IBI, etc., contribuyen a la pérdida de confianza en muchas personas”, dice. Sobre las dificultades internas, el documento subraya la división entre las jerarquías, además de “la mundanidad y la debilidad” de los testimonios que llegan a los fieles. “Para que la evangelización sea posible tiene que haber confianza del receptor en la persona que transmite el mensaje. La fe ya no constituye un supuesto obvio de la vida en común; de hecho, frecuentemente es incluso negada, burlada, marginada, ridiculizada”, sostienen.

La CEE también emite propósitos de enmienda. Entre las dificultades propias que han de ser objeto de conversión personal y pastoral, señala “la secularización interna y la falta de comunión o de audacia misionera”. He aquí tres defectos: La mundanidad, que les hace estar más preocupados por los asuntos eclesiásticos que por la misión; la confusión que provocan en los fieles “algunas expresiones de falta de comunión en la manera de vivir la unidad de la fe de la Iglesia”, y la debilidad del testimonio misionero en la plaza pública y en los ambientes e instituciones de los que los católicos forman parte.

La misión de convertir a los bautizados

Antes, sacerdotes y obispos se ufanaban de bautizar a los convertidos; ahora tienen que convertir a los bautizados. Cinco décadas atrás, España se consideraba en el orbe católico la reserva espiritual de Occidente. Hoy es un país de misión, con miles de sacerdotes extranjeros atendiendo parroquias que se habían quedado sin cura. La cosecha de la asignatura de religión y moral católica en las escuelas, impartida por más de 34.000 profesores seleccionados por los obispos y pagados por el Estado, es muy escasa, a jugar por el analfabetismo religioso de los más jóvenes. Dice la CEE: “Ya son muchos los bautizados que dicen creer sin pertenecer. Reivindican su pertenencia a la hora de solicitar servicios religiosos, pero organizan su vida como si Dios no existiera y manifiestan implícitamente su agnosticismo o ateísmo”.

En las series históricas del CIS sobre las prácticas religiosas se comprueba que en los últimos 40 años el porcentaje de creyentes ha caído 25 puntos. Calcula Ignacio Varela que, sobre el censo, cada punto porcentual son alrededor de 350.000 católicos practicantes menos. Son cifras mareantes, que empeoran cada año, sobre todo en los apartados de las personas que se declaran creyentes (60,8% en el CIS de marzo pasado), católicos no practicantes (42%) y católicos practicantes (18,8%). De estos, apenas el 14,5% dice acudir a misa “casi todos los domingos y festivos”.

 

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