Nuevas víctimas del cura Cesáreo Gabaráin, estrella de la música para misa, denuncian que abusó de menores durante 20 años

Las acusaciones al sacerdote se remontan ahora a 1959 y un testigo afirma que la archidiócesis de Madrid ya lo encubrió a comienzos de los años setenta. En 2001 un cómic relató sus prácticas en la revista ‘El Víbora’

Cesáreo Gabaráin toca el piano en una de las fotografías que acompañaban sus álbumenes de vinilo.
Cesáreo Gabaráin toca el piano en una de las fotografías que acompañaban sus álbumenes de vinilo.

A muchos antiguos alumnos del colegio marista de Chamberí, en Madrid, no les han cogido por sorpresa las acusaciones de pederastia contra el sacerdote Cesáreo Gabaráin, prelado personal de Juan Pablo II y conocido por ser el compositor de canciones de misa tan famosas como Pescador de hombres y Juntos como hermanos. Es más, a algunos les sigue pareciendo asombroso que no hubieran salido a la luz hace años. “Revisaba siempre las noticias sobre los casos de abusos en la Iglesia y me parecía extraño que nunca apareciera el nombre de Cesáreo. Era conocido, por alumnos y maristas, que tocaba a los niños en su despacho”, afirma Francisco Javier García, exalumno de Chamberí y presunta víctima de Gabaráin en 1973.

Cuando el pasado 8 de agosto leyó en EL PAÍS que otros compañeros denunciaban abusos de este sacerdote en los años setenta y que la orden lo expulsó del colegio en 1978 tras una queja de varios padres, se animó a dar un paso para sacar a relucir “la cara oscura” del padre Cesáreo. “En su día fue imposible denunciarlo. Ahora, 50 años después, se sabrá la verdad sobre este sinvergüenza”, anuncia. No es el único: otras cinco personas (tres víctimas y dos testigos) relatan a este diario que los abusos de este cura se remontan en realidad al menos a 20 años antes, al mismo inicio de su carrera sacerdotal. Comienzan ya en 1959, año en que fue ordenado sacerdote en San Sebastián, en su primer destino en el municipio guipuzcoano de Antzuola. Siguieron en el primer año que pisó el colegio de Chamberí, en 1966, y continuaron al menos hasta 1978, cuando Gabaráin abandonó este centro y fue recolocado en el colegio salesiano de San Fernando, en Madrid.

En total, son ya ocho víctimas y cuatro testigos los que acusan a este sacerdote de pederastia y tanto a la orden como a la archidiócesis de Madrid de haberle encubierto. El impacto de la noticia en muchos países católicos, de Polonia a Latinoamérica, donde las canciones de Gabaráin son muy conocidas, ha llevado a Oregon Catholic Press (OCP), la entidad estadounidense que dispone de las licencias de sus composiciones, a eliminar temporalmente de su sitio web la información sobre el sacerdote y destinar los beneficios de los derechos a una organización de apoyo a víctimas de pederastia.

Todos los testimonios coinciden en que los abusos de Gabaráin eran una cosa muy conocida en la época. Incluso en 2001 el dibujante de cómic Alvarez Rabo, amigo de uno de los afectados, publicó en la revista El Víbora unas viñetas sobre las prácticas de Cesáreo, con un nombre ficticio pero fácilmente reconocible. Los abusados exponen el mismo modus operandi: el sacerdote les convencía para que fueran a su despacho o a su casa y allí, sin hacer uso de la violencia, les desabrochaba la ropa para tocarles el torso y los genitales.

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Las nuevas acusaciones se remontan a 1959, el mismo año en el que Gabaráin fue ordenado sacerdote y destinado como capellán en la escuela y convento marista de Antzuola, un pueblo guipuzcoano de 2.000 habitantes. Iñaki Badiola, de 74 años, denuncia que Gabaráin tocaba constantemente a los niños que iban a misa o hacían deporte con él. “Montó un equipo y nos tocaba. Era evidente que todo el mundo lo sabía. Muchas veces nos invitaba a su casa a comer galletas y allí nos metía mano a todos”, detalla. Badiola comenta que, desde hace años, ha advertido a sus vecinos y al Ayuntamiento de la localidad para que eviten hacer homenajes a este sacerdote. “Un año anunciaron [en el pueblo] que iban a escribir un libro sobre él. Yo les envié una carta certificada para contarles que este tipo era un pederasta. Nadie me contestó, pero todo el mundo allí lo sabe”, asegura. En Antzuola estuvo hasta 1964, momento en el que fue trasladado como capellán a la residencia de mayores Zorroaga (San Sebastián). Allí pasó dos años antes de arribar en Madrid.

José Luis Álvarez, exalumno de Chamberí, detalla que Gabaráin comenzó a abusar de menores desde el primer momento que puso un pie en el colegio, en 1966. Cesáreo, cuenta, lo llevaba a su despacho cuando tenía 12 años y le entregaba libros de temática sexual para que los leyese. “Cuando volvía, me abrazaba e introducía su mano por la cinturilla del pantalón para manosearme tanto por delante como por detrás. Una vez me llamó estando en clase y aún recuerdo cuando, al salir del aula, el hermano Julio, que nos estaba dando clase, me miró con cara de saber lo que me iba a pasar”, describe. Un verano, añade, Gabaráin intentó que él y otros cuatro alumnos fueran de camping con él, pero sus padres se negaron. A lo largo de los años, Álvarez contó lo sucedido a su gente más cercana, pero afirma que siempre tenía la sensación de que nadie lo creía. “Era una época oscura. Los curas tenían mucho poder”, subraya.

Un cómic en la revista ‘El Víbora’

Este secreto a voces sobre los abusos llegó, años después, a oídos del conocido autor de cómics Alvarez Rabo a través de su amigo Carlos, un antiguo alumno de Chamberí y víctima del sacerdote. “Vi a un grupo de monjas y chicas jóvenes cantando canciones de misa junto a unos grandes almacenes y me sorprendió. Poco después le comenté esa curiosidad a mi amigo y me contó que el autor fue profesor suyo en los setenta y que se dedicaba a tocar a todos los niños del colegio marista. Y decidí hacer unas viñetas”, relata. Con seudónimos —el padre Cesáreo pasó a ser el padre Tesáleo y los maristas, los “malosos de Chamberí”—, Alvarez Rabo describió en dos páginas publicadas en 2001 en la revista El Víbora cómo el cura se acercaba a los menores. “Joder. Parece la serpiente Ka de El libro de la selva”, dice un niño en una de las viñetas ante el cura, representado con forma de serpiente en un árbol mientras acecha a dos alumnos.

Alvarez rabo

Carlos, la víctima en la que se basa la historia del cómic, ha narrado a EL PAÍS los tres episodios que sufrió a manos de Cesáreo durante el curso de 1968-1969. En los tres, de una forma u otra, consiguió “escaparse” de él. “La tercera vez, me llevó a su despacho para enseñarme los instrumentos musicales y me sentó encima de él. Comenzó a tocarme y noté que tenía una erección. Yo sabía que ese tío era un peligro y me fui corriendo. Fue una experiencia extraterrestre”. Otro antiguo alumno, Emilio G. F., que estudió en el centro entre 1972 y 1974, expone que estos episodios eran conocidos por todos, incluso por aquellos que “tuvieron la suerte” de no ser citados por Cesáreo. “Corrían bromas pesadas entre los compañeros cada vez que algún alumno, durante la hora de clase, era llamado por Cesáreo para ir a su despacho”, dice. Estos rumores también llegaron a oídos de algunos padres.

Francisco Javier García cuenta que Cesáreo comenzó a “mostrar interés“ por él cuando jugaba en el equipo de baloncesto durante el curso de 1973. Tenía 12 años. Con frecuencia, bajaba a saludarle a los vestuarios para felicitarle después de los partidos. En ocasiones Gabaráin invitaba a varios de los jugadores a merendar en una cafetería de la calle de Santa Engracia para, dice García, estudiar quiénes podían ser sus víctimas. Un día, este alumno le pidió ayuda con un trabajo sobre historia de la música. “Me citó en su despacho un sábado por la tarde, cuando el colegio estaba prácticamente vacío. Al entrar, me sentí extraño. Me mostró un disco de los románticos rusos y me explicó quién era el autor mientras me pidió que me sentará en sus rodillas. Me resistí, pero al final me agarró. Mientras me hablaba sobre música, me sobó la espalda y bajó la mano hasta culo. Con la otra mano me desabrocho el pantalón y me lo bajó”, narra.

En ese momento, añade García, saltó de su regazo y salió corriendo del despacho. “Estaba acojonado. En mi carrera veloz por las escaleras me choqué con el hermano Isidro, el responsable de la sección de baloncesto. Me preguntó qué pasaba y por qué corría. Yo le empujé y seguí mi descenso veloz. Justo en ese momento, Isidro vio que Cesáreo venía detrás de mí mientras gritaba: ‘No es lo que parece, no es lo que parece’”, cuenta. García recuerda que, tras esquivar al hermano Isidro, escuchó que este, mientras se acercaba enfadado hacia el cura, gritó: “¿Qué es lo que no parece?”. García no contó nada en casa, pero tampoco el hermano Isidro ni nadie del colegio se acercó para preguntarle por lo sucedido. “Dejé de creer en la iglesia y en los curas. Los consideraba cómplices de esta situación”, admite.

Fachada del colegio marista de Chamberí (Madrid), donde el sacerdote Cesáreo Garabáin abusó de al menos siete menores desde 1966 hasta 1978.
Fachada del colegio marista de Chamberí (Madrid), donde el sacerdote Cesáreo Garabáin abusó de al menos siete menores desde 1966 hasta 1978.Olmo Calvo

“Una madre presentó una queja en el arzobispado”

Hacer llamar a los alumnos para ir a su despacho para tocarles era una cosa conocida por la mayoría de los alumnos. Episodios que, entre ellos, eran motivo de mofa y bromas. “Un día, mientras esperábamos a un compañero en la puerta del colegio, nos burlábamos de su retraso porque se estaba confesando con Cesáreo. Todos sabíamos que era una de las sesiones de sobeteo y empezamos a hablar sobre eso. La madre de este chico estaba detrás de nosotros, se giró y nos preguntó de qué nos reíamos. Todos miramos hacia el suelo y ella entendió que pasaba algo. Subió al despacho de Cesáreo y le pilló en la faena. Estaba muy relacionada con el obispado y presentó su queja. Tampoco se supo nada después”, sostiene García.

Por aquel entonces, el arzobispo de Madrid era el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, presidente también de la Conferencia Episcopal Española. El obispado madrileño aseguró la semana pasada a este diario que no tiene constancia en sus archivos de ningún episodio de pederastia relacionado con Gabaráin, solo que en 1979 fue nombrado vicario de la parroquia de Nuestra Señora de las Nieves, en el barrio madrileño de Mirasierra, hasta 1991, año de su muerte con 54 años. No obstante, la diócesis sostiene que será firme en abrir una investigación si le llega una denuncia. Afirma que está al lado de las víctimas y les anima a escribir a su correo electrónico inforepara@archimadrid.es. Por otro lado, la orden marista, responsable de haber comunicado a Tarancón la presunta queja de esta madre a comienzos de los años setenta y las razones de la expulsión de Gabaráin en 1978, ha abierto ya una investigación.

Cesáreo Gabarain, en una foto de archivo.
Cesáreo Gabarain, en una foto de archivo.OCP

Estas acusaciones han caído como un jarro de agua fría para miles de creyentes en muchos países del mundo católico, que durante años han cantado las letras de Gabaráin. Sus canciones entusiasmaron también a Juan Pablo II, que en 1979, tres meses después de la salida de Gabaráin de Chamberí, lo nombró prelado de Su Santidad, un título honorífico concedido a personas de especial relevancia. La Oregon Catholic Press (OCP), organización dedicada a proporcionar recursos musicales y servicio a las parroquias Católicas de todo el mundo y entidad que dispone de las licencias de los composiciones de Gabaráin, ha informado este miércoles en un comunicado que “con prudencia” ha eliminado temporalmente de su sitio web “las páginas con información del perfil del compositor, así como sus cantos y productos, incluidos cancioneros, discos y partituras”, hasta que la investigación de los maristas aclare lo sucedido. “Las regalías que le corresponden a OCP como editor de sus canciones serán donadas a una organización de apoyo a las víctimas de abuso”, señala la nota.

Para muchos, la convivencia con este sacerdote y la posibilidad de sufrir abusos se convirtieron en un miedo constante con el que tenían que aprender a vivir. “Esa situación te pesaba muchísimo. Los alumnos lo veíamos como una amenaza que no sabíamos describir”, explica un antiguo estudiante del centro marista. En su caso, el paso de Gabaráin por el colegio “rompió su continuidad espiritual con la religión católica”. Desde los tocamientos hasta su forma de vida, el comportamiento de este sacerdote descuadraba a los alumnos sobre qué era ser un buen cristiano. “Este tío manejaba y hacía cosas que a nosotros nos enseñaban que, para ser buen cristiano, no había que hacer. Utilizaba el apoyo espiritual como una máscara para abusar de los menores”, especifica.

Si conoce algún caso de abusos sexuales que no haya visto la luz, escríbanos con su denuncia a abusos@elpais.es

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