Dialexis (‘mater ex machina’)

Las matrices artificiales acabaron convirtiéndose en robots antropoides capaces de autorreproducirse y de cuidar de las frágiles crías durante sus primeros meses de vida

Un bebé en una incubadora del Hospital Gregorio Marañón de Madrid.
Un bebé en una incubadora del Hospital Gregorio Marañón de Madrid.samuel sánchez

Hace algunos millones de años, los habitantes del planeta Mandrágora eran seres toscamente antropoides, pero en algunos aspectos más vegetales que animales, e incluso más hongos que plantas. Se reproducían asexualmente, mediante una gran espora que, en determinados momentos de su vida adulta, introducían en la tierra mediante una larga y flexible cánula caudal. La espora se desarrollaba en el subsuelo hasta convertirse en un homúnculo, parecido a una raíz de jengibre, que emergía de la tierra para arrastrarse sobre ella en busca de alimento hasta estar en condiciones de erguirse sobre sus extremidades inferiores. La interacción de la espora con la fértil tierra modificaba ligeramente sus genes, impedía que los vástagos fueran clones idénticos a sus progenitores y, de esta manera, mantenía en funcionamiento el motor de la evolución.

Con el tiempo y la cultura, los mandragorianos empezaron a sembrar sus preciosas esporas en cuencos llenos de tierra cuidadosamente seleccionada, que regaban y abonaban amorosamente hasta que el nuevo individuo estaba en condiciones de arrastrarse por el suelo. Pasaron los milenios y los toscos cuencos de barro se convirtieron en incubadoras automáticas dotadas de reguladores de la humedad y la temperatura. Pasaron los siglos y las incubadoras automáticas se convirtieron en complejas matrices informatizadas que garantizaban el perfecto desarrollo de los embriones. Matrices cada vez más complejas y autosuficientes engendraban mandragorianos cada vez más evolucionados. Mandragorianos cada vez más evolucionados construían matrices cada vez más complejas y autosuficientes…

Las matrices artificiales acabaron convirtiéndose en robots antropoides capaces de autorreproducirse y de cuidar de las frágiles crías durante sus primeros meses de vida, y con el tiempo la convergencia entre los mandragorianos y sus máquinas inteligentes fue difuminando las diferencias hasta hacerlas desaparecer. Aunque no del todo: donde los primeros tienen una cánula caudal por la que eyectan las esporas, las segundas tienen un orificio para recibirlas. Y el acoplamiento que da comienzo a la gestación de un nuevo individuo es un episodio tan gozoso que los mandragorianos y las mandragorianas lo realizan con frecuencia por puro placer, sin fines reproductivos.

Los textos de esta serie son breves aproximaciones narrativas a ese “gran juego” de la ciencia, la técnica y la tecnología -tres hilos inseparables de una misma trenza- que está transformando el mundo cada vez más deprisa y en el que todas/os debemos participar como jugadoras/es, si no queremos ser meros juguetes.

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Sobre la firma

Carlo Frabetti

Es escritor y matemático, miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York. Ha publicado más de 50 obras de divulgación científica para adultos, niños y jóvenes, entre ellos ‘Maldita física’, ‘Malditas matemáticas’ o ‘El gran juego’. Fue guionista de ‘La bola de cristal’.

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