Columna
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Stephen King nos visita de nuevo

‘El visitante’ sigue el concepto del autor: crímenes en un pueblo, investigaciones policiales, personajes secundarios normales... hasta que la historia se adentra en lo paranormal

Imagen de la serie 'El visitante', adaptación de la novela de Stephen King. En vídeo, el tráiler.

Cuando se escribe sobre Stephen King las cifras son apabullantes: sus libros han vendido más de 350 millones de ejemplares, ha publicado 62 novelas y alrededor de doscientos relatos y novelas cortas. Cuando se habla de las adaptaciones de sus obras al cine y a la televisión solo cabe decir que una cadena podría emitir las 24 horas del día durante semanas o meses una programación exclusivamente suya. Tal es su poderío cuantitativo.

La última aportación es El visitante (HBO), diez episodios coherentes con el concepto narrativo del autor: crímenes y desapariciones en un pequeño pueblo, investigaciones policiales con agentes locales, personajes secundarios normales... hasta que la historia se adentra en terrenos de lo paranormal. Es un desarrollo lineal en el que la habilidad del escritor y del magnífico guionista, Richard Price, que lo fue también de la extraordinaria The Wire, integran lo sobrenatural en lo cotidiano. El resultado no es otro que lo que anhelan todos los productores de series: seducir al espectador y asegurarse su fidelidad, algo en lo que King es un caballo ganador desde que en 1974 publicó su primera novela, Carrie, y Brian de Palma la adaptó al cine dos años después.

El racionalista y melancólico inspector Ralph Anderson tendrá que superar sus reticencias a colaborar con la peculiar investigadora Holly Gibney ante el extraño giro de los acontecimientos en los que lo extraordinario se hace el dueño de la situación. No todo resulta explicable y Anderson acabará aceptándolo, y es esa dualidad, razón-sinrazón, lo que permite a King emparentar, por ejemplo, a Raymond Carver con Howard Phillips Lovecraft. Los críticos literarios más exigentes le ningunean. Los lectores hace tiempo que le consagraron. ¡Es la cultura popular, estúpidos!

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