Columna
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Mi bistec de primera calidad

El eurodiputado alemán Markus Ferber reclamó los 323 euros de dietas que sus señorías han dejado de percibir por las restricciones de la pandemia. La realidad política, una vez más, adelanta a la sátira

El Parlamento Europeo, en una imagen del pasado 8 de julio.
El Parlamento Europeo, en una imagen del pasado 8 de julio.Thierry Monasse / GTRES

En el álbum de Astérix La hoz de oro hay una persecución donde el perseguido se lleva sin pagar un bistec de primera calidad de un puesto de mercado. El carnicero se une a la carrera, que acaba frente al centurión romano. Ante él, el carnicero enloquecido grita quién le paga su bistec, su bistec de primera calidad. Harto, el centurión le espeta: “Os mostraré lo que voy a hacer con respecto a vuestro bistec de primera calidad”, y le suelta uno de esos sopapos que solo se ven en viñeta.

El chiste juega con un cliché tan arraigado como injusto: la mezquindad de los tenderos, indiferentes a lo que sucede más allá de su mostrador. Justo la actitud contraria que se espera de los autodenominados servidores públicos. Por eso fue muy de agradecer la bronca que el eurodiputado alemán Markus Ferber montó este miércoles en la cámara, interrumpiendo una sesión plenaria para reclamar a gritos y coces que le abonasen su bistec, su bistec de primera calidad. En su caso, los 323 euros de dietas que sus señorías han dejado de percibir por las restricciones de la pandemia. Hay que agradecerle, sobre todo, que tire por tierra con dos berridos toda la farsa de los servidores públicos. En un continente lleno de tenderos que encaran estoicos su ruina, mientras los bistecs de primera calidad se pudren sin venderse, Markus Ferber protagonizó un espectáculo revelador que podría consignarse en un guion de Parlément, la serie francesa que satiriza con mucha corrosión y gracia la vida interior del Europarlamento, pero allí nos parecería burdo y exagerado. La realidad política, una vez más, adelanta a la sátira.

Si yo me cruzara con Ferber, haría de centurión: le arrojaría los 323 euros de mi propio bolsillo, pero en monedas de céntimo, y contemplaría largamente cómo se agacha a recogerlas.

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