Palomares, guerra atómica sobre el cielo español

Una serie documental recrea el accidente nuclear que el régimen franquista trató de esconder mediante la censura primero y el folclore después, con la inmersión de Fraga en las aguas mediterráneas

Una lancha de desembarco estadounidense parte de Palomares el 17 de enero de 1966, tras dejar en la orilla hallazgos de su búsqueda de los misiles nucleares caídos en zona. Vídeo: Tráiler de la serie documental.

El 16 de enero de 1966, un niño que estudiaba en el colegio La Salle de Almería fue corriendo al baño que estaba en el patio. No llegó a entrar; se quedó en la puerta con la boca abierta y la mano en la bragueta, mirando el cielo: allí, dos aviones estaban pegados el uno al otro durante el suficiente tiempo como para pensar que iban a estrellarse. “Yo tenía los ojos como platos”, recuerda ese niño más de 50 años después en el documental Palomares, el brutal repaso de cuatro capítulos al accidente de aviación que pudo cambiar la historia de España. Dirigido por Álvaro Ron y producido por 93 Metros y Movistar, lo estrena esta plataforma el jueves 22.

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Ese día, bajo la alucinada mirada del niño, los aviones se separaron y siguieron rumbos diferentes. El crío no sabía que los aviones hacían eso rutinariamente. Se trataba de una operación de repostaje por parte de un avión cisterna cargado con 110.000 litros de combustible y un bombardero B-52 que llevaba cuatro bombas nucleares con 75 veces la capacidad atómica de las que destruyeron Hiroshima. El punto de encuentro era sobre el cielo de Palomares, una pedanía almeriense de Cuevas de Almanzora, que entonces tenía unos mil vecinos viviendo en condiciones precarias, sin comunicaciones ni, en muchos hogares, luz eléctrica. Los vecinos estaban acostumbrados a ese momento en que los aviones se pegaban para que la manguera de uno repostase en el otro; era imposible no mirarlos. No tenían ni idea de a qué se debía: estaba prohibido saberlo.

Manuel Fraga, durante su célebre baño en Palomares en marzo de 1966.
Manuel Fraga, durante su célebre baño en Palomares en marzo de 1966.

William B. Jackson, teniente de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, explica el motivo a las cámaras en el documental. Estaba destinado en Morón de la Frontera, y su misión era dar soporte a la operación Chrome Dome, un programa mediante el cual Estados Unidos enviaba bombarderos B-52 hasta la Unión Soviética sobrevolando el Círculo Polar y España; lo hacían 24 horas durante siete días a la semana. Lo hacían siempre, sin descanso, porque en plena Guerra Fría el país norteamericano tenía constantemente bombas nucleares sobre el cielo en aviones que daban la vuelta al globo terráqueo para poder contraatacar rápidamente en caso de que el suelo estadounidense fuese atacado. Se llamaba a esto de una forma peculiar: Destrucción Mutua Asegurada. El lema de tan delicada operación (“estábamos entrenados para atacar en cuestión de segundos, de minutos, con todo”) no era menos peculiar: “La paz es nuestra profesión”.

El 17 de enero de 1967, un día después de que un niño del colegio La Salle de Almería descubriese por primera vez el baile acrobático de dos aviones sobre Palomares, un fallo estructural del B-52 (según Larry Messinger, piloto del bombardero, superviviente gracias a que salió eyectado en el último suspiro) lo abalanzó sobre el avión cisterna. Aquellos dos aviones que cada día repostaban pegados se fundieron en una gigantesca bola de fuego; sobrevivieron cuatro pilotos de los siete, y sobre Palomares cayeron cuatro bombas nucleares con tal capacidad de destrucción que su impacto, desde Almería, podría haberse sentido a 600 kilómetros.

Un instante de la grabación de la serie documental 'Palomares' en Washington, D. C.
Un instante de la grabación de la serie documental 'Palomares' en Washington, D. C.MOVISTAR

El documental aborda el destino de esas bombas y, sobre todo, su carga radiactiva, que permanece a día de hoy en Palomares. En la película habla John Jarvis, del departamento de Protección Radiológica de las fuerzas aéreas estadounidenses; cuenta que cada vez que tomaban mediciones de plutonio en el área de las bombas (se rompieron en la caída, sin activarse la carga atómica por un dispositivo de seguridad en caso de accidente que permanece en secreto), luego su equipo se iba con las ropas llenas de plutonio a meterse en el Mediterráneo tal cual estaban vestidos para poder limpiarse. Ese fue el primer baño de Palomares, el auténtico baño que demostraba la gravedad de un accidente que el régimen franquista trató de esconder mediante la censura primero y el folclore después, con la inmersión del ministro Manuel Fraga en las aguas mediterráneas para tratar de demostrar que no pasaba nada y que todo estaba bien después de que se rompiesen varias bombas nucleares en la zona.

Ganó lo segundo, el folclore y la risa, pues todavía hoy mencionar Palomares en el resto de España es recordar la foto de Fraga sonriendo y saliendo del agua mientras saluda como si fuese el primer baño del verano. A esto, a las intensas relaciones de los gobiernos español y estadounidense, y a las consecuencias de la radiación provocada por el accidente, contextualizado todo ello con una minuciosa reconstrucción que aporta imágenes y documentos inéditos, dedica el documental Palomares lo más enjundioso de uno de los relatos definitivos de un accidente que pudo cambiar la historia de España, destruyendo parte de ella.

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Sobre la firma

Manuel Jabois

Es de Sanxenxo (Pontevedra) y aprendió el oficio de escribir en el periodismo local gracias a Diario de Pontevedra. Ha trabajado en El Mundo y Onda Cero. Colabora a diario en la Cadena Ser. Sus dos últimos libros son las novelas Malaherba (2019) y Miss Marte (2021). En EL PAÍS firma reportajes, crónicas, entrevistas y columnas.

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