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Señora de Cuenca

Muchos de ustedes estarán sorprendidos, pero los que hayan trabajado en televisión o radio asentirán. Para un guionista esta provincia es decir “palabra de Dios”

Una imagen de 'La escopeta nacional', con José Sazatornil y Mónica Randal.
Una imagen de 'La escopeta nacional', con José Sazatornil y Mónica Randal.

Para la televisión, Cuenca es la provincia más influyente de España. No hay oficinas de grandes medios de comunicación, y sus directivos ―que se sepa― ni son de allí ni viven allí, pero Cuenca es como el cura de La escopeta nacional, que lo que él une en la Tierra no lo separa ni Dios. La población de Cuenca no llega a ser el 0,45% del total del país, pero los siete habitantes del municipio de Arandilla del Arroyo tienen más poder que todos los diseñadores de Barcelona juntos (que ya es decir).

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Muchos de ustedes estarán sorprendidos, pero los que hayan trabajado en televisión o radio asentirán. Para un guionista decir “Cuenca” es decir “palabra de Dios”.

¿Se deberá la importancia de Cuenca a una extrapolación matemática de los datos de audiencia? ¿Son los conquenses los marcadores de tendencias definitivos? Pues mira, no. Cuenca es la clave porque quienes toman las decisiones consideran que lo que no se entiende en Cuenca no se entiende en ningún lado. Ante la disyuntiva de usar o no según qué nombres y palabras (ejemplos reales: péplum, Akira Kurosawa, y adjetivos de más de cuatro sílabas) los puestos más altos de la cadena o del programa siempre se remitían a la señora de Cuenca, que a veces es un señor, e incluso un dentista en Cuenca ciudad. “Esto no lo entendería la señora de Cuenca”. Para una raza de puestos intermedios, en Cuenca hay dos tipos de personas: los tontos y los analfabetos funcionales. El instinto y la experiencia me hacen pensar que aquí los tontos y analfabetos no viven necesariamente en Cuenca.

La televisión y la radio no son solo entretenimiento. Son también ventanas al mundo. Y si alguien las cierra por fuera no habrá más mundo que el que quede dentro de casa. Y esa casa esté en Cuenca, en Madrid o en Formentera se convertirá en una casa sin libros, sin pensamientos y sin horizontes. Estaría bien plantearse que el ignorante a veces es uno mismo, por mucho sueldo y mucho poder de mando que tenga. Y antes de que se me olvide: un saludo a los siete de Arandilla del Arroyo.

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